El agua del estanque permanecía inmóvil, reflejando el cielo gris como si fuera un espejo perfecto sentado en la orilla, Crein observaba su propio reflejo con expresión ausente. Su espada descansaba a su lado, clavada ligeramente en la tierra húmeda. Una suave brisa agitaba su largo cabello negro, tan oscuro como la noche misma estaba aburrido y por siglos llevaba siglos atrapado entre aquellas paredes de piedra, escuchando una y otra vez las mismas discusiones, los mismos argumentos y los mismos líderes creyendo tener la razón.
Nada cambiaba.
Nada avanzaba.
—Crein.
Una voz femenina rompió el silencio el joven giró ligeramente el rostro y encontró a una muchacha de larga cabellera roja acercándose por el sendero de piedra. Su ajustado traje negro resaltaba su figura atlética, mientras sus ojos color ámbar brillaban con diversión.
—Todos te están esperando —anunció.
Crein soltó un suspiro pesado antes de ponerse de pie.
—Qué emoción.
La chica rodó los ojos.
—Hoy pareces estar de buen humor.
Él emitió un pequeño ruido con los labios.
—Eso hasta que entre a esa sala.
La joven sonrió.
—Sabes que tu sola presencia los hace enfadar.
Sin responder, Crein comenzó a caminar Estafani se colocó a su lado mientras ambos avanzaban por los extensos jardines del castillo aquel lugar era tan hermoso como antiguo miles de rosas blancas y rosadas cubrían los senderos y los arcos de piedra. Sin embargo, cada vez que Crein pasaba junto a algunas de ellas, los pétalos parecían marchitarse ligeramente, perdiendo parte de su color era algo que ocurría desde hacía mucho tiempo.
—Debes tener paciencia —dijo Estafani.
—La tengo.
—No lo parece.
Crein apartó la vista hacia el horizonte.
—Ellos no perdieron a nadie.
El rostro de Estafani se endureció.
—Vamos, Crein.
Él guardó silencio.
—Todos la perdimos.
El joven la observó de reojo.
—Todos la perdimos —repitió ella, apretando los labios.
Durante unos segundos ninguno habló finalmente Crein soltó un largo suspiro.
—Está bien, Estafani. Tú ganas.
La muchacha sonrió levemente subieron las enormes escaleras de mármol que conducían al interior del castillo. Mientras avanzaban, Crein pudo sentir las miradas de los sirvientes y guardias siguiendo cada uno de sus movimientos era imposible no notarlo su piel pálida contrastaba con su larga cabellera negra. Sus ojos oscuros parecían absorber la luz a su alrededor, otorgándole una presencia tan imponente como inquietante antes de llegar a las puertas del gran salón, Estafani volvió a hablar.
—Recuerda... paciencia.
Crein soltó una breve carcajada.
—Ella no era ella.
La joven se detuvo de golpe.
—¿Qué dijiste?
Él continuó caminando unos pasos más.
—Lucrecia no era ella.
—¿Cómo puedes decir eso?
Crein giró ligeramente el rostro.
—Esa viejita solo era quien cuidaba su llegada.
La sorpresa apareció de inmediato en los ojos de Estafani.
—¿Y cómo estás tan seguro?
Por primera vez en toda la conversación, Crein se detuvo lentamente se volvió hacia ella luego dio un paso al frente y otro hasta quedar muy cerca Estafani sintió que su corazón se aceleraba cuando él se inclinó para quedar a su altura sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros ella se sonrojó al instante, pero se negó a apartar la mirada una pequeña sonrisa apareció en los labios de Crein.
—¿Y tú por qué crees?
La joven abrió ligeramente los ojos antes de que pudiera responder, Crein se apartó con total tranquilidad giró sobre sus talones y empujó las enormes puertas del salón las hojas de madera se abrieron lentamente mientras él entraba, Estafani permaneció inmóvil en el pasillo con las mejillas completamente rojas y el corazón latiendo mucho más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir.
Al cruzar las enormes puertas, una ola de voces inundó el salón la discusión ya había comenzado sentada alrededor de una mesa circular se encontraban los tres líderes del reino de Mun, el reino de la luz la primera era estela, reina de las hadas y de todas las criaturas del bosque. Su estatura era promedio, pero su presencia era imposible de ignorar Su larga cabellera dorada parecía moverse con vida propia, brillando como los rayos del sol.
A su lado estaba Esteban, rey principal y guardián de todo el reino. Era el líder de los tres soberanos. Su barba y cabello blancos delataban su edad, pero su enorme cuerpo musculoso demostraba que seguía siendo un guerrero temible. Como siempre, portaba su impecable uniforme militar.
Finalmente estaba Rosa, reina de las criaturas marinas. Su largo cabello rojo caía sobre sus hombros como una cascada de fuego, haciendo resaltar aún más sus intensos ojos azules, profundos como el océano.