El verano que me destruyo

La isla

Antes, la isla era simple.

Yo solía decir que el mar tenia distintos colores según el humor del día. Lucas se reía y decía que eso no existía. Apolo nos miraba desde la orilla, fingiendo que no le importaba, pero entrando siempre último al agua, por si alguno necesitaba ayuda.

Éramos tres.

Eso era todo lo que importaba.

Pasábamos las tardes corriendo por las calles blancas, con la sal pegada a la piel y las risas llegando antes que nosotros. Lucas siempre iba adelante. Yo hablaba sin parar. Y Apolo se aseguraba de que nadie se quedara atrás.

El verano parecía infinito.

Y nosotros también.

La isla siguió ahí , pero ya no fue la misma.

Y con ella, nosotros tampoco.

Después de eso, nada volvió a encajar.

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Lucas dejo de estar. Y su ausencia ocupó demasiado espacio.

La isla se llenó de silencios incomodos, de miradas que evitaban preguntar, de pasos que ya no sabían a donde ir. El mar siguió sonando igual, pero ya no invitaba.

Yo me fui primero.

No me despedí.

No mire atrás.

La ciudad me trago como si nunca hubiera pertenecido a la isla .

Apolo se quedo un poco más.

Demasiado.

Suficiente para entender que quedarse también podía doler.

Un día, hizo la valija y se fue sin explicaciones,

La isla no lo detuvo.

Desde entonces, ya no fuimos tres.

Ni dos.

Ni siquiera uno.

Solo recuerdos repartidos en distintos lugares.




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