El verano que me destruyo

El regreso

¡¡¡AVISO!!!

Leanlo con esta musica, para tener mas contexto y armonia: Taylor Swift – my tears ricochet

Que disfruten con la lectura

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La isla siempre creyó que los veranos eran eternos. Las cosas blancas guardaban risas en sus paredes, el mar devolvía sal y promesas, y nadie pensaba en el final de nada. Mucho menos nosotros. La isla siempre fue mía antes de ser de nadie más, No por que yo nací acá, sino por que fue el único lugar donde sentí que todo estaba en su lugar.

Cuando llegaba desde la cuidad, el aire cambiaba. Olía a sal, a verano, a algo que no sabia explicar, pero que mi cuerpo reconocia antes que mi cabeza. Era como si la isla me respiraba primero, como si me digiera: "Decís que te fuiste, pero nunca te fuiste del todo."

Ahí el tiempo no corría igual. Los días eran largos, desordenados, llenos de silencio cómodos y risas que no pedían permisos. Todo parecía simple: despertarse tarde, caminar descalzos, dejar que el sol marcara las horas sobre la piel. No necesitábamos planes, ni promesas, Solo estar. Éramos invisibles por que no sabíamos que se podía perder lo que parecía eterno. No entendíamos que incluso los lugares que nos salvan pueden romperse, que el verano también se cansa, que el mar devuelve lo que da...pero nunca de la misma forma.

Ese fue el último verano en el que creí que nada iba a cambiar. El último en el que la isla era solo refugio y no recuerdo. El último antes de entender que hay estaciones que no terminan cuando llega el invierno, sino cuando algo adentro se quiebra.

Y nosotros todavía no lo sabíamos, pero ya estábamos empezando a rompernos.

El ferry avanzaba lento, cortando el mar como si no tuviera apuro. Me apoyé en la baranda y miré cómo la costa se iba quedando atrás. El agua golpeaba suave, y con cada movimiento me llegaban recuerdos que no sabía que seguían ahí: veranos pasados, risas mezcladas con sal, voces que el tiempo no había logrado borrar.
El mar tenía esa forma cruel de devolverlo todo. No lo hacía de golpe, sino en pedazos. Un olor, una imagen, una sensación en el pecho. Cerré los ojos un segundo y dejé que pasara.
Cuando la isla empezó a verse a lo lejos, algo en mí se acomodó. Mis padres hablaban detrás, como si el viaje fuera solo un traslado más, pero para mí era distinto. Siempre lo era. Sabía que, apenas pisara tierra, la ciudad iba a soltarse de mi cuerpo.

Al bajar, el aire cambió. Olía a sal, a verano, a ese lugar donde todo parecía encajar sin esfuerzo. Caminé junto a ellos, con la mochila al hombro, sintiendo que estaba llegando a algo que no sabía nombrar.

En ese momento creí que empezaba un verano más. No entendía todavía que también estaba empezando el verano que iba a cambiar mi vida.

—¿Estás emocionada de volver, Ali? —preguntó mi madre mientras miraba algunas flores por el camino.

—Sí, debe ser interesante volver después de años —comentó mi padre, mientras saludaba a ciertas personas.

Me tomé un momento para responder. Solo podía sentir las miradas de casi toda la isla sobre nosotros: sobre mis padres, sobre mí. Ya sé que pasaron años desde que nos fuimos, desde el accidente, pero al menos podrían disimular que les sorprende vernos.

—Tal vez —solo eso pude decir, solo eso salió de mi boca.

Con cada paso que daba, sentía más ojos clavados en mí. Hablaban entre ellos, juzgaban en silencio. Algunos me miraban con enojo, otros con compasión, y a otros simplemente no les importaba. Levanté la mirada hacia adelante y pude notar la gran casa de dos pisos que se encontraba a unos kilómetros. Sonreí un poco al verla; seguía igual, o eso parecía.

Mis padres continuaban hablando como si nada pasara. Yo, en cambio, sentía cómo se formaba un remolino en el estómago. No uno lindo, sino ese en el que todos tus órganos parecen metidos en una licuadora, destrozándose, para luego ser reemplazados por miedo, terror, pánico y dolor.

Respiré hondo y seguí caminando. No sabía si estaba volviendo a casa o entrando en un lugar que ya no me pertenecía. La isla me recibía en silencio, como si estuviera esperando algo de mí. Y yo no estaba segura de tener fuerzas para dárselo.

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Al poco tiempo ya estábamos entrando al jardín, y se me vinieron encima varios recuerdos: risas, carcajadas, sonidos que en algún momento fueron mi felicidad. Me di la vuelta para mirar los columpios y ahí fue cuando lo vi. El déjà vu.Tres chicos de seis y siete años jugaban a congelados. Un niño rubio corría, esquivándolo todo para poder ganar; otro, de pelo negro, lo perseguía decidido a atraparlo; y una niña castaña reía a carcajadas, sentada en uno de los columpios, congelada. Parecían felices, inocentes. Eran tres, se tenían entre ellos, y eso era todo lo que estaba bien.

Sonreí apenas al recordarlo. Ya tenía una idea de que, estando aquí, iba a tener muchos déjà vu. ¿Cómo no tenerlos? Mis mejores años los pasé en este lugar. Y aunque duela admitirlo, quise borrar casi toda mi historia estando lejos: olvidarme de ellos, de la isla, del dolor. Pero ¿cómo huir de lo único que nos mantiene vivos?Mi madre me tocó el hombro, sacándome de mis pensamientos. Sonrió leve y me miró con dulzura y un poco de preocupación. Luego me tomó de la mano para guiarme hacia dentro, donde mi padre nos esperaba.

Entramos a la casa sin decir mucho. La puerta crujió apenas, como si también se sorprendiera de vernos. El aire estaba cargado de polvo y sal, una mezcla que me resultó extrañamente familiar. Todo seguía en su lugar: los muebles, las ventanas abiertas, la luz entrando sin pedir permiso. Era como si el tiempo hubiese pasado por afuera, pero no por ahí.Dejé la mochila junto a la escalera y recorrí el living con la mirada. Cada rincón parecía guardar algo que no quería recordar del todo. Había risas atrapadas en las paredes, conversaciones que ya no existían, veranos que se habían quedado a vivir ahí sin nosotros.Mis padres se movían con naturalidad, hablando de cosas prácticas, de lo que había que limpiar o acomodar. Yo apenas los escuchaba. Subí los escalones despacio, uno por uno, sintiendo cómo el pecho se me apretaba un poco más con cada paso.Mi habitación seguía igual. La cama contra la pared, la ventana dando al mar, el olor a madera vieja. Me acerqué al vidrio y apoyé la frente, dejando que el sonido de las olas me envolviera. Por un instante quise creer que nada malo había pasado, que todo podía volver a empezar desde ahí.




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