El verano que me destruyo

Recuerdos que atormentan

¡¡¡AVISO!!!

La música de hoy es: Taylor Swift - "my tears ricochet"

(...)

No volví a verlo esa noche.

Me quedé un rato más en la playa, fingiendo que escuchaba el canto, que el fuego seguía siendo importante, que la gente a mi alrededor no había notado cómo algo en mí se había roto otra vez. Pero la verdad era simple: ya no estaba ahí. Mi cuerpo sí, pero mi cabeza se había quedado atrapada en esos ojos azules que me miraron como si yo fuera un error.

Cuando el festival empezó a apagarse, me fui sin despedirme. Caminé descalza por la arena húmeda, dejando que el frío me subiera por los pies, como si necesitara sentir algo distinto al nudo que tenía en el pecho. El mar seguía ahí, tranquilo, indiferente. Siempre me molestó eso de él: nunca cambia por nadie.

(...)

Al llegar a casa, todo estaba en silencio. Mis padres ya dormían. Subí las escaleras sin hacer ruido y cerré la puerta de mi habitación con cuidado, como si alguien pudiera escuchar el desastre que llevaba adentro. Me senté en la cama sin prender la luz. Desde la ventana, la luna dibujaba sombras suaves sobre las paredes azules.

Apoyé la espalda contra la pared y dejé que el aire saliera de golpe.

No estaba preparada para verlo.
No estaba preparada para darme cuenta de que el tiempo sí había pasado... solo que no para todos de la misma forma.

Apolo había cambiado. Ya no era el chico que corría descalzo por la isla, el que se reía fuerte, el que me prometía que nunca me iba a dejar sola. En su lugar había alguien más duro, más lejano. Alguien que me miraba como si yo fuera un recuerdo que prefería no tener.

Y lo peor era que no podía culparlo.

Esa noche volvió todo. El accidente. La huida. Las palabras que no dije. Las despedidas que nunca existieron. Yo había elegido irme, creyendo que escapar era la única forma de sobrevivir. Nunca pensé en lo que dejaba atrás. Nunca pensé en él.

Me acosté mirando el techo, escuchando el mar romper una y otra vez, como si insistiera en recordarme algo que yo todavía no quería aceptar: que no todo se puede enterrar lejos, que hay recuerdos que esperan pacientes el momento de volver a doler.

Cerré los ojos, pero el sueño no llegó.

Porque hay personas que no se olvidan.
Solo se aprenden a extrañar en silencio.

Y yo había vuelto al único lugar donde ese silencio era imposible.

Las horas pasaban y yo aún no lograba conciliar el sueño. Me movía de un lado a otro, buscando una posición cómoda que nunca llegaba. Frustrada, miré el techo y llevé las manos a mi cabeza, como si así pudiera ordenar el caos.

Miré la hora: 3:00 a. m.
El solsticio ya había terminado.

Y, sin embargo, algo seguía despierto en mí.

Era hoy.
El cumpleaños número diecisiete de Apolo.

El pensamiento cayó despacio, pero pesó como una marea llena. Recordé otros cumpleaños, otras risas, velas apagadas con deseos que creíamos eternos. Recordé cómo decía que odiaba crecer, cómo juraba que siempre seríamos los mismos.

Tragué saliva y cerré los ojos.

Afuera, el mar seguía rompiendo contra la orilla, indiferente a las fechas, a las ausencias, a todo lo que ya no éramos. Me di vuelta una vez más en la cama, sabiendo que el sueño no iba a venir.

Porque hay días que no se olvidan.
Y personas que el tiempo no logra borrar, ni siquiera cuando intentamos dormirlas.

Y esa noche, la isla me los estaba devolviendo a ambos.

Tardé unos minutos en animarme a levantarme. Tomé una campera negra y unas zapatillas cualquiera. Abrí la puerta con cuidado y la cerré de la misma forma, intentando no hacer ruido. Bajé las escaleras despacio, conteniendo la respiración, y salí por la puerta de atrás.

(...)

El aire estaba frío, inmóvil.
Caminé hacia el Jardín de la Paz casi sin pensar, como si mis pies supieran el camino antes que yo. Cada paso se sentía más pesado que el anterior.

Cuando crucé la entrada, algo dentro de mí se desordenó. La respiración se me volvió corta, irregular. Sentí que el corazón se me detenía por un segundo, como si dudara en seguir latiendo.

Avancé despacio, con cuidado, como si el suelo pudiera romperse bajo mis pies.

Y entonces la vi.

La lápida.

Lucas Bashell
10-12-2007 - 10-09-2018
Te quieren y te extrañan tu familia y amigos.
Descansa en paz.

Las piernas me fallaron. Caí de rodillas antes de darme cuenta. Las lágrimas comenzaron a salir sin control, una tras otra, sin pausa. No podía tocar la tumba. No podía acercarme más. No podía aceptar que uno de mis amigos estuviera ahí... por mi culpa.

Me temblaban las manos. El pecho me dolía como si algo se hubiera roto de nuevo. Sentía el peso de esa noche caerme encima, todo junto, sin aviso.

Me quedé ahí, llorando en silencio, mientras la isla observaba sin decir nada. El jardín estaba en calma, demasiado en calma.

Y entendí que algunos lugares no guardan paz.
Solo guardan verdad.

- Lo siento...en serió, Luke. - susurré, apoyando la mano sobre la pieda fría. - Me fui y los deje a todos. Te deje a ti. Dejé a Apolo.

Tragué saliva. Las palabras me salían rotas, como si el pecho no me diera espacio para decirlas bien.

- Desde que me fui no dejaste de aparecer en mis sueños. Es el único lugar donde todavía podemos ser felices... donde seguimos siendo nosotros. tú, Apolo y yo. Los tres de siempre. Sin miedo. Sin esa noche. Sin finales.

MIs dedos temblaron sobre su nombre grabado.

- Perdón... perdón de verdad. Sé que no tengo derecho a estar acá. No después de haber huido cuando más nos necesitábamos. Pero necesitaba volver. Necesitaba estar acá, Luke. Aunque duela así.

Respiré hondo, con un nudo en mi estomago, con la voz quebrada y con el corazón hecho pedazos.




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