¡¡AVISO!!!
Las canciones del capítulo de hoy son dos: “Saturn” – Sleeping At Last y “Fix You” – Coldplay.
La última traten de escucharla casi al final.
Que disfruten la lectura de hoy ✨️
(...)
La música seguía sonando y las luces del pueblo parecían más brillantes de lo normal. O tal vez era yo, que ya no estaba mirando con claridad. Bailaba sin ritmo, con una sonrisa que no sentía mía, con el cuerpo moviéndose por inercia.
Tomé un vaso.
Después otro.
Y otro más.
No quería pensar.
No quería recordar.
No quería sentir.
Cada trago era una pausa breve. Un segundo de silencio dentro del ruido. Un intento torpe de apagar lo que ardía en el pecho desde que lo vi. Desde que me miró como si yo fuera una herida abierta.
—Ali... —escuché la voz de Sarah a lo lejos—. Pará un poco.
La ignoré.
Reí fuerte, demasiado. Bailé con gente que no conocía. El mundo empezó a inclinarse suavemente, como si el suelo ya no estuviera del todo de acuerdo conmigo.
—Che, ya está —dijo JJ, sacándome el vaso de la mano—. Esto no es "diversión".
—Déjenme —protesté—. Estoy bien.
Pero no lo estaba.
Noah fue el primero en mirarme con preocupación real. Esa que no pregunta, que actúa.
—Nos vamos —dijo, firme—. Ahora.
No discutí.
No tenía fuerzas.
El camino a casa fue borroso. Risas apagadas, brazos sosteniéndome, voces que me decían que todo iba a estar bien, aunque ninguno lo creyera del todo.
Esa noche se quedaron los cuatro conmigo.
Sarah me ayudó a acostarme. JJ dejó un vaso de agua en la mesa de luz. Noah se sentó en el piso, apoyado contra la cama, como si no pensara moverse de ahí.
—No estás sola —me dijo, bajito.
Pero en cuanto cerré los ojos, lo estuve.
Soñé con Lucas.
Con su risa.
Con su voz llamándonos desde el mar.
Con Apolo gritándome que volviera.
Soñé con esa noche. Con el agua fría. Con el silencio después.
Me desperté agitada, empapada en sudor, con el corazón golpeándome las costillas.La casa dormía cuando salí.
(...)
El reloj marcaba una hora que no existía para nadie más. Caminé sin pensar, con los pies descalzos y el pecho pesado, hasta que el sonido del mar me envolvió por completo.
El muelle estaba vacío.
Me senté al borde, dejando que las piernas colgaran sobre el agua oscura. El cielo estaba cubierto de estrellas, demasiadas, como si el universo no entendiera el peso que yo llevaba encima.
Levanté la mirada.
—Siempre te gustaron las noches así —susurré—. Decías que las estrellas eran recuerdos que no se animaban a apagarse.
Tragué saliva.
El mar se movía lento, paciente, como si estuviera escuchando.
—Lo intenté... de verdad lo intenté —continué—. Pensé que irme iba a salvarnos. Que si desaparecía, el dolor iba a doler menos. Pero solo aprendí a sobrevivir sin respirar.
Me abracé a mí misma.
—Te dejé. Los dejé. Y no hay excusa que alcance para eso.
El nudo en la garganta se rompió.
—A veces sueño con nosotros tres —confesé—. Tú, Apolo y yo. Siempre iguales. Siempre riéndonos. Y cuando despierto, todo pesa más. Porque sé que eso ya no existe... y porque fui yo la que se fue.
Levanté la cabeza, buscando alguna señal imposible.
—Dime que no me odias —pedí—. Aunque sea, miénteme desde donde estés. Dime que entiendes por qué me fui. Que no te decepcioné del todo.
Las estrellas seguían ahí. En silencio.
—No sé cómo seguir —dije, casi sin voz—. No sé cómo vivir con esto sin romperme cada día un poco más.
El viento me rozó el rostro. Frío. Suave.
—Si estás aquí... quédate un rato —susurré—. Solo esta noche.
Me quedé mirando el cielo, dejando que las lágrimas cayeran sin apuro. Entonces, el mar se movió un poco más fuerte. Una ola chocó contra el muelle y el agua me salpicó las manos, el vestido, la piel.
Di un pequeño respingo y bajé la mirada.
El agua estaba helada.
No fue suficiente para mojarme del todo, ni para hacerme retroceder. Fue apenas un roce, un gesto mínimo, como si el mar hubiera querido tocarme sin interrumpir el silencio.
Sonreí entre lágrimas.
—Siempre tan dramático —murmuré—. Nunca supiste quedarte quieto.
Las estrellas seguían ahí, pero algo en el aire había cambiado. Ya no me sentía tan sola.
Me quedé sentada un rato más, dejando que el frío se mezclara con el cansancio, hasta que el amanecer empezó a borrar las estrellas, una por una.
Y entendí algo que dolía demasiado aceptar:
Lucas no iba a responder con palabras.
Pero yo había sido escuchada.
(...)
Estaba sentada en el comedor, mirando las fotos de la fiesta de anoche en Instagram. Había ido mucha gente y no podía negar que la familia de Apolo siempre sabía organizar eventos. Supongo que por eso se hicieron ricos, no sé.
Mientras deslizaba la pantalla, me di cuenta de que él estaba en casi todas las fotos. Vestido de blanco, con un collar de flor de lirio y su anillo. El anillo que compartíamos con Lucas. Desde que me lo quité, había sido por una razón simple y dolorosa: si me lo ponía, sabía que iba a acercarme demasiado a ellos.
Seguí viendo más y más fotos. Sus ojos color mar, su pelo enrulado y dorado como el sol, la mandíbula apretada. En una imagen, lo vi junto a una pelirroja. Estaban demasiado cerca. Ella reía por algo que él le decía, y él la miraba con una expresión que no supe descifrar.
Cuando estaba a punto de entrar al perfil de la chica, escuché pasos bajando por la escalera. Me sobresalté. Saqué el celular de inmediato y apagué la pantalla, fingiendo que no estaba haciendo nada.
El silencio volvió al comedor, pero algo dentro de mí ya no estaba tranquilo.