¡¡¡AVISO!!!
La musica de hoy son:
"Riptide" – Vance Joy - Inicio
"Falling Slowly" – Glen Hansard & Markéta Irglová - Ecena del barco
"A Sky Full of Stars (Acoustic)" – Coldplay . Final
Espero que disfruten del capitulo de hoy, les amo.
(...)
- Bueno - dijo Sarah tirándose en el sillón con una libreta en la mano- si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien.
- ¿Hacer qué exactamente? - pregunté, apoyándome en el marco de la puerta con una taza de té.
- Tu fiesta - respondió JJ sin dudar, ya sentado en el piso- Tu cumpleaños. El verdadero, no esa excusa triste que estabas planeando.
- No era triste - murmuré.
- Era minimalista depresiva - corrigió Noah, sentándose a mi lado- Y no vamos a permitirlo.
Sarah abrió la libreta y dibujó una línea en el medio.
- Lista de invitados. Gente de la isla y gente de tierra firme. Empecemos por ahí.
- ¿Tierra firme? - repetí -¿No es mucho?
- No - dijeron los tres al mismo tiempo.
JJ me miró como si fuera obvio.
- Tenés amigos allá. Amigos de verdad. Los que no desaparecieron cuando todo se volvió difícil.
Suspiré, vencida.
- Está bien... pero pocos.
Sarah ya estaba escribiendo.
- Nombres.
Empecé a decirlos en voz alta. Algunos salieron fáciles, otros dolieron un poco más. Cada nombre era una versión mía distinta, una etapa, una Alai que había sobrevivido a algo.
- ¿Y música? - preguntó Noah- Porque no pienso pasar otra noche escuchando playlists tristes.
- Nada triste —dijo Sarah - Quiero luces, quiero baile, quiero algo que se sienta vivo.
—Fogata —agregó JJ—. Siempre funciona. Y alguien tiene que cantar.
Los tres me miraron.
- Ni lo sueñen - dije rápido.
- Lo vamos a soñar igual - respondió JJ sonriendo.
Sarah cerró la libreta satisfecha.
- Entonces: gente que importe, música que haga retumbar la isla , y una noche que no intente olvidar nada... solo acompañarlo.
Me quedé mirándolos. Por primera vez desde que volví, la idea de mi cumpleaños no me pesó en el pecho.
- Gracias -dije en voz baja.
Noah chocó su hombro con el mío.
- No tenés que agradecer. Solo tenés que estar.
Y, por primera vez en días, eso no me dio miedo.
(...)
Sarah insistió en que necesitábamos ropa nueva. No algo para ponerse sin pensar, sino ropa que marcara un antes y un después, aunque fuera pequeño.
Caminamos por las calles del centro entrando y saliendo de locales. Sarah tocaba telas, hacía comentarios al azar, reía con las vendedoras. Yo la seguía, distraída, dejando que el ruido me mantuviera en movimiento.
Fue en una tienda pequeña, con espejos antiguos y vestidos colgados como si guardaran historias ajenas, cuando la vi.
Estaba al fondo del local, frente a un espejo. Pelirroja. El mismo rostro que había visto en las fotos. La misma forma tranquila de moverse, como si perteneciera ahí. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y sonrió apenas, satisfecha con lo que veía.
Sentí un tirón seco en el pecho.
No dije nada.
No me acerqué.
Ella tampoco me vio.
Me quedé quieta, observando desde la distancia, como si mirarla fuera suficiente para entender algo que todavía no sabía nombrar. Era real. No una imagen, no un recuerdo mal recortado. Real.
Desvié la mirada antes de que doliera más.
Sarah no se dio cuenta. O si lo hizo, no lo mostró. Siguió revisando percheros hasta que sacó un vestido azul claro, tejido en crochet, suave, liviano.
Se acercó y lo apoyó contra mi pecho.
—Este —dijo simplemente.
Bajé la mirada al vestido y después al espejo. Por un segundo no vi a la chica del fondo ni a las fotos de la fiesta. Me vi a mí. Un poco cansada, un poco rota, pero todavía ahí.
Asentí despacio.
—Sí... este está bien.
Sarah sonrió, satisfecha, y fue a buscar otro talle. Yo me quedé un momento más frente al espejo, respirando hondo.
Algunas cosas no necesitaban palabras.
Algunas presencias se quedaban incluso cuando no se cruzaban miradas.
Y seguí adelante, con el vestido en las manos y el corazón aprendiendo a no detenerse.
Después de eso, seguimos recorriendo la tienda como si nada hubiera pasado. Sarah sacaba prendas al azar, me las acercaba, hacía muecas frente al espejo y comentaba cosas sin demasiada importancia.
—Esto te haría ver como si fueras a romper corazones —dijo, levantando una campera—. O como si fueras a huir en medio de la noche.
—No sé cuál es peor —respondí, y por primera vez reí sin pensar.
Probé vestidos que no eran yo y otros que tal vez sí. Faldas livianas, remeras simples, algo cómodo para la playa. Sarah insistía en que necesitaba al menos una prenda que no estuviera cargada de recuerdos.
—Ropa nueva, energía nueva —sentenció, como si fuera una ley universal.
Salimos del local con bolsas en las manos y el sol pegándonos de lleno en la cara. Caminamos sin rumbo fijo, comimos algo dulce en un puesto de la esquina y nos sentamos un rato en un banco a observar a la gente pasar.
Hablamos de cosas pequeñas: de la música de la fiesta, de quién iba a llegar desde tierra firme, de lo raro que era volver a un lugar que no había cambiado cuando una sí.
Por momentos, me olvidé de todo.
Del pasado, de las miradas, de las fotos.
Solo existía ese instante: el murmullo del pueblo, el calor en la piel y la sensación extraña de estar bien, aunque fuera por ratos cortos.
Cuando volvimos a caminar, lo hicimos sin apuro. Como si el día no nos estuviera empujando a ningún lado.
Y por primera vez, pensé que tal vez quedarse no siempre significaba romperse.
(...)
Estábamos sentadas en el banco cuando el sonido de dos motores chicos rompió el murmullo tranquilo del centro. Giré la cabeza casi sin pensarlo.