El verano que me destruyo

Apolo

POV; APOLO

¡¡¡AVISO!!!

Las musicas de hoy son:

"Camden" - Gracie Abrams

"Lo he intentado" - Marina Reche

(...)

Siempre pensé que el mar era mío.

Que la isla me pertenecía.
Que algunas historias no se terminaban... porque simplemente no podían.

Qué arrogante fui.

Me enseñaron que amar era resistir. Que si dolía, era porque valía la pena. Que uno pelea hasta el final. Y yo peleé. Con ella. Con el silencio. Con el orgullo. Con mis propios miedos.

Pero nadie me enseñó a soltar.

La vi hace unos días.

De lejos. Como un extraño.

Estaba riéndose con sus amigos, el viento moviéndole el cabello como antes. Por un segundo sentí que nada había cambiado. Que podía caminar hacia ella, tomarle la mano y decirle que volviera.

Pero no lo hice.

Porque entendí algo que me quemó por dentro:

Ella ya no me estaba buscando.

Y lo más difícil de aceptar no es que alguien se vaya.
Es que deje de elegirme.

Sigo usando el anillo. No por esperanza. No soy tan iluso. Lo uso porque me recuerda que fue real. Que no lo inventé. Que hubo un tiempo en que me miraba como si yo fuera su hogar.

Ahora me mira... y no veo nada.

O peor.

Veo distancia.

Me enojé mucho tiempo. Con ella. Con el mundo. Con cualquiera que pronunciara su nombre. Me convencí de que me traicionó, de que no luchó lo suficiente.

Pero la verdad es más simple.

Ella estaba dejando de ser feliz.

Y yo no supe verlo.

Tal vez amar no era pedirle que se quedara.
Tal vez era darle el espacio para irse.

Esta noche caminé hasta el mar. Sin pensar. Sin planearlo. Solo necesitaba sentir algo que no fuera este vacío.

El agua estaba fría. Me mojé los zapatos y no me importó.

Saqué el anillo.

Lo sostuve en la palma de mi mano y lo miré brillar bajo la última luz del día. Pensé en tirarlo. Pensé en hacer algo dramático, algo simbólico, como en las películas.

Pero no lo hice.

Porque soltar no es destruir.

Es aceptar que algo fue hermoso... y terminó.

Tengo fe. No en que vuelva. No en que el destino nos junte otra vez.

Tengo fe en que si la amo de verdad, tengo que dejarla encontrar lo que yo no supe darle.

Eso es lo que más duele admitir.

Que tal vez no fui suficiente.

Respiro hondo.

La isla sigue siendo la misma. El mar sigue sonando igual. El cielo sigue llenándose de estrellas.

Pero yo ya no soy el mismo.

Y esta vez no voy a correr detrás de ella.

Si me quiere en su vida, tendrá que elegirme.

Y si no...

Aprenderé a vivir con el recuerdo.

Porque amar también es tener la fe suficiente para dejar ir.

(...)

Después del mar no volví a la casa.

No quería paredes.
No quería recuerdos.

Fui directo a la piscina.

El agua estaba helada, pero necesitaba eso. Algo que me apagara por dentro. Me saqué la camiseta y me metí sin pensarlo. El golpe frío me robó el aire unos segundos.

Ojalá fuera tan fácil dejar de sentir.

Me hundí completamente.
Abajo no hay ruido. No hay nombres. No hay memoria. Solo silencio.

Cuando salí a la superficie, el cielo ya estaba oscureciendo. Me apoyé en el borde, respirando lento, tratando de convencerme de que estaba bien.

Que había hecho lo correcto.

Escuché pasos detrás de mí.

No tuve que girarme para saber quién era.

-Sabía que ibas a estar acá.

Livia.

Su voz siempre suena segura. Como si nada la tocara demasiado.

Me pasé la mano por el cabello mojado y recién entonces la miré. Estaba apoyada contra la pared, con un vestido claro y el pelo rojo cayéndole por los hombros como fuego en la noche.

-¿Necesitás algo? -pregunté, más seco de lo que pretendía.

Ella no pareció ofenderse. Nunca lo hace.

-La vi hoy.

Mi mandíbula se tensó sin que pudiera evitarlo.

-¿A quién?

Livia inclinó apenas la cabeza.

-A Alai.

El nombre en su boca me resultó extraño. Casi invasivo.

-Estaba en una tienda del pueblo -continuó-. Con Sarah. Probándose vestidos. Se veía... bien.

Bien.

Esa palabra pesa más de lo que debería.

-¿Y? -pregunté, intentando sonar indiferente.

Livia dio unos pasos hacia el borde de la piscina. Se agachó un poco, mirándome desde arriba.

-Nada. Solo pensé que deberías saberlo.

La observé en silencio. No parecía maliciosa. Pero tampoco ingenua.

-¿Por qué tendría que importarme? -dije, aunque mi pecho ya estaba ardiendo.

Livia sostuvo mi mirada.

-Porque todavía te importa.

No respondí.

El agua ya no estaba fría.

-No te lo digo para lastimarte -agregó más suave-. Solo... no parecía alguien rota. Parecía alguien que está siguiendo adelante.

Eso fue peor que cualquier otra cosa.

Seguir adelante.

Tragué saliva.

-Me alegra -mentí.

Ella sonrió apenas. No burlona. Triste.

-Apolo... -dudó un segundo-. No todo lo que se va es una derrota.

Me reí por lo bajo.

-Suena lindo. No cambia nada.

Livia se puso de pie.

-A veces lo que más duele no es perder a alguien. Es aceptar que ya no somos su lugar seguro.

Esa frase me atravesó.

Porque yo había dejado de ser su refugio antes de darme cuenta.

Miré el agua. Mi reflejo se veía distorsionado por las pequeñas ondas.

-No vine a competir con un fantasma -dijo ella finalmente-. Solo... no te quedes ahogado en algo que ya terminó.

Y entonces entendí algo.

Livia no estaba hablando de Alai.

Estaba hablando de mí.

Se dio media vuelta y comenzó a alejarse.

-Buenas noches, Apolo.

No la detuve.

Me quedé solo otra vez, apoyado en el borde de la piscina, sintiendo que el pasado todavía ardía, pero ya no quemaba igual.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.