El Vínculo de la Ceniza y la Luna

La Ruptura del Honor y el Rastro de la Sangre

La Ruptura del Honor y el Rastro de la Sangre

El silencio que siguió al impacto de Arion contra Seraphina fue más ensordecedor que los gritos de la manada. La maga yacía en el suelo, fuera del círculo de poder, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el Alfa. El Nexus Cinder-Luna, que momentos antes vibraba con una armonía dolorosa pero poderosa, ahora emitía un zumbido agónico, como una cuerda de violín tensada hasta romperse.

Arion permanecía de pie, con los puños cerrados. Había elegido a su manada; había cumplido el mandato de su abuelo. Pero el vacío que sentía en su pecho no era el de la criatura, sino el de su propia alma gritándole que acababa de cometer un error irreparable.

El hechizo de sellado, interrumpido en su punto álgido, se volvió inestable. La energía telúrica de las Tres Raíces fue absorbida por la oscuridad. En el centro del círculo, la mancha de ceniza comenzó a elevarse, expandiéndose como una mancha de tinta. La criatura del Vacío no solo se estaba regenerando; estaba evolucionando, alimentada por la magia residual y la rabia del conflicto.

—¡Míralo! —rugió Kael, señalando a la bestia. —¡Tu "aliada" ha traído el fin de nuestro bosque!

Los dos magos de la Orden de la Llama, aprovechando el caos, se lanzaron sobre Seraphina. Le colocaron grilletes de plata rúnica, diseñados para suprimir su esencia.

—Seraphina de la Llama, por orden del Consejo, quedas bajo custodia por alta traición —sentenció el mago encapuchado.

Seraphina no luchó. Su mirada no se apartó de Arion. Sus ojos, antes brillantes como el hielo, ahora estaban apagados por una decepción que quemaba más que el fuego.

—Tenías razón, Alfa —susurró ella a través de los restos del vínculo—. Solo somos monstruos los unos para los otros.

Arion dio un paso hacia ella, pero Kael y otros lobos se interpusieron, mirándolo con sospecha. La criatura del Vacío soltó un rugido que hizo vibrar el suelo, golpeando a Kael y lanzándolo contra un árbol. La manada entró en pánico. Sus dientes y garras solo encontraban humo frío.

—¡Retirada! —gritó Arion—. ¡Dante, saca a los heridos! Yo la distraeré.

Arion se transformó en lobo y atacó a la criatura con una furia suicida para dar tiempo a su gente. Mientras luchaba, sintió que el vínculo se estiraba hasta que una punzada de frío extremo le recorrió la espina dorsal. Seraphina se había ido. Los magos habían cruzado el límite. El vínculo se había silenciado.

El Regreso al Refugio

Horas más tarde, la retirada terminó en el corazón de El Refugio. La batalla no había sido una contienda, sino una masacre contenida. Sin el ancla mágica de Seraphina, los lobos eran carne para la sombra. Arion, herido en cuerpo y espíritu, se encontraba ahora en su cabaña, sentado frente a un fuego que no lograba calentarlo.

El silencio en la aldea era sepulcral hasta que Kael, con el rostro marcado por el Vacío, entró sin llamar, seguido de los ancianos.

—Has condenado este bosque, Arion —siseó Kael—. Dejaste que la maga jugara con tu mente. Mi padre sabría qué hacer con un Alfa que se deja arrastrar por una bruja.

Arion se puso de pie con lentitud. Se acercó a Kael hasta que sus pechos chocaron.

—Hice lo que pediste —rugió Arion—. Elegí a la manada. Rompí el hechizo. La entregué. ¿Y qué ganamos? Sangre y ceniza. La criatura sigue ahí fuera y ahora no tenemos forma de detenerla.

—¡Podemos luchar como lobos! —intervino un anciano.

—No se puede luchar contra el Vacío con dientes —replicó Arion—. Lo vimos hoy. Sin esa magia, somos nada.

De repente, una punzada aguda le cortó el aliento. No era una herida física, sino un tirón helado en su pecho. El Nexus Cinder-Luna no se había roto; se había convertido en un canal de agonía. A través de él, Arion sintió el miedo de Seraphina. No era miedo a la muerte, sino a las celdas de plata y al juicio de la Ciudadela.

Dante entró en la habitación, expulsando a los demás con una mirada severa. Al quedarse solos, le puso una mano en el hombro a su Alfa.

—La sientes, ¿verdad?

—Está sufriendo, Dante. La traicioné por un honor que ya no entiendo —murmuró Arion—. Ella se interpuso ante el fuego por mí... y yo la empujé a sus verdugos.

—Si vas a Aethelgard, no volverás —advirtió Dante—. La manada lo verá como la traición definitiva. Kael tomará el mando.

Arion miró sus manos, las mismas que habían empujado a Seraphina. El odio que había cultivado durante años seguía ahí, pero se sentía vacío frente a la conexión que quemaba su sangre.

—Que Kael se quede con el título —dijo Arion, enderezándose—. Yo ya no soy el Alfa de una manada que prefiere morir en el odio antes que vivir en la verdad. Soy el mate de una mujer que está sola entre serpientes.

Sin una palabra más, Arion recogió su capa de piel y su daga. Al llegar a la Marca de Piedra, el límite entre su mundo y el de los hombres, se detuvo. Una imagen clara cruzó su mente: Seraphina encadenada.

Arion dejó escapar un aullido largo y solitario, una despedida para su pasado. Cruzó la línea de piedra. Por primera vez en siglos, un lobo de la Luna Roja entraba en territorio humano no para cazar, sino para buscar redención.



#2883 en Fantasía
#549 en Magia

En el texto hay: lobos, magia, amor odio

Editado: 12.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.