Las Torres de Aethelgard y las Celdas de Plata
La imponente arquitectura de la Ciudadela de Aethelgard se alzaba contra el cielo nublado como una corona de afiladas agujas de mármol y cristal. A diferencia de El Refugio, donde la vida se regía por el ritmo del bosque, aquí todo era geometría perfecta, orden absoluto y un frío silencio artificial. Las murallas blancas brillaban con runas de contención que zumbaban con una frecuencia imperceptible para los humanos comunes, pero que para los agudos sentidos de un lobo resultaban insoportables, un picor constante en el fondo de la garganta.
Arion se ocultaba en los callejones exteriores del distrito comercial, cubierto por una pesada capa con capucha que ocultaba su rostro y su imponente complexión. Había cruzado las Tierras del Este y los campos cultivados bajo el amparo de la noche, guiado únicamente por el doloroso pulso del Nexus Cinder-Luna. Cada paso que lo acercaba a la Ciudadela hacía que el vínculo latiera con más fuerza, una advertencia constante de que Seraphina se estaba desvaneciendo.
—Estás aquí —el eco de su pensamiento cruzó la conexión, tan débil que apenas fue un susurro en su mente. Era la voz de Seraphina, rota por el agotamiento.
—Voy por ti —respondió Arion en silencio, apretando los dientes mientras observaba la entrada principal.
El acceso estaba fuertemente custodiado por guardias de la Orden de la Llama. No podía entrar como un simple viajero, y mucho menos transformarse; un hombre lobo en el corazón del poder mágico de los humanos sería masacrado antes de dar tres pasos.
Necesitaba un plan. Fue entonces cuando vio a un joven aprendiz de rango azul saliendo de una taberna cercana, cargando un maletín de pergaminos y murmurando quejas sobre los turnos de guardia nocturnos en las Celdas de Contención Profunda, el lugar donde guardaban a los prisioneros de alta peligrosidad.
Arion se movió con la velocidad letal de un depredador. En un abrir y cerrar de ojos, interceptó al aprendiz en un callejón sin salida, le cubrió la boca con una mano de fuerza titánica y lo presionó contra el muro.
—Una palabra y te rompo el cuello —siseó Arion, su voz un rugido bajo—. ¿Dónde están las celdas subterráneas y cómo se accede?
—Por... por el ascensor rúnico en el sótano del Tribunal —balbuceó el muchacho con los ojos abiertos de pánico—. Pero necesitas un sello de alta jerarquía para que las puertas de plata se abran...
Arion encontró un medallón plateado con el emblema de la Orden en la túnica del joven y lo arrancó. Con un movimiento rápido, golpeó la nuca del aprendiz, dejándolo inconsciente, y se puso su capa por encima de la suya.
Minutos después, Arion se mezclaba con el flujo de guardias que entraban por el acceso secundario del Tribunal. Su corazón latía con furia, dispuesto a quemar el mundo entero con tal de recuperarla.
El descenso al subsuelo de Aethelgard se sintió como una caída directa al infierno. El ascensor rúnico descendía por un pozo oscuro y húmedo. Cuando se detuvo, las puertas se abrieron para revelar un pasillo interminable de piedra grabado con runas que emitían un parpadeo azulado. El aire olía a humedad, ozono y desesperación.
Arion se ajustó la capucha, sosteniendo con fuerza el medallón robado. Sus instintos de lobo estaban al límite, pero mantuvo la compostura.
—¿Quién anda ahí? —una voz fría resonó desde una garita.
—El Consejo solicitó la verificación de los sellos de la prisionera de la Llama —respondió Arion con voz ronca y autoritaria.
El guardia frunció el ceño. —¿Un aprendiz en las Celdas Profundas a estas horas? Muestra tu credencial.
Arion le extendió el medallón. A través de su palma, una chispa de la energía latente del vínculo comenzó a filtrarse, alterando sutilmente el metal para que brillara con la autorización correcta.
—Muy bien —masculló el guardia devolviéndole el amuleto—. La traidora está en el nivel inferior, la celda de aislamiento total. Su magia ha sido suprimida, pero sigue siendo peligrosa.
—Entendido —respondió Arion, avanzando rápidamente por una escalera de caracol que olía a hierro oxidado.
Al llegar al último nivel, el silencio era absoluto. En la última celda del corredor, encorvada contra el muro de piedra fría, estaba Seraphina. Llevaba puesta una túnica desgarrada, su cabello plateado estaba enmarañado, y sus muñecas estaban aprisionadas por pesados grilletes de plata rúnica. Estaba temblando por el frío y el agotamiento.
Arion se detuvo frente a la barrera de energía de su celda. Su respiración se volvió pesada; el lobo dentro de él aulló de rabia y culpa al ver lo que su orgullo había provocado.
Al escuchar el sonido de sus pasos, Seraphina levantó lentamente la cabeza. Sus ojos pálidos y apagados se cruzaron con la capucha de Arion.
—Dije que no respondería más preguntas del Consejo —su voz sonó ronca y quebrada—. Pueden volver a intentarlo mañana.
Arion retrocedió la capucha de su cabeza, dejando que la luz fría de las runas iluminara su rostro. Sus ojos ámbar brillaron con una intensidad feroz.
Seraphina parpadeó, incrédula, pensando que era una alucinación inducida por el dolor.
—Arion... —murmuró ella, con los labios temblando—. ¿Qué... qué has hecho? ¿Estás loco? Si te atrapan aquí...
—Cierra la boca, maga —respondió Arion, con un nudo en la garganta. Dio un paso hacia la barrera de energía, sacando la daga de hueso de su cinto—. Vine a sacarte de aquí.
Editado: 11.09.2026