La Fuga del Subsuelo y el Ascensor de Sangre
El eco de las palabras de Arion resonó en el pasillo húmedo de las Celdas Profundas. Seraphina se quedó paralizada, incapaz de apartar los ojos de su rostro. La determinación feroz que brillaba en los ojos ámbar del Alfa disipó cualquier duda: no era un espejismo. Estaba allí, en el corazón del territorio enemigo, arriesgando su vida para enmendar la traición del Santuario.
—No puedes romper esta barrera con una daga, Arion —advirtió Seraphina, su voz aún temblorosa por la debilidad, aunque una chispa de esperanza comenzaba a encenderse en su interior—. Las runas están conectadas a la red de energía de toda la Ciudadela. Si golpeas el campo de fuerza con fuerza bruta, alertarás a todos los guardias del nivel superior.
Arion no se detuvo. Apoyó la mano libre contra la cortina de energía plateada. El contacto le provocó un siseo de dolor; la magia pura de Aethelgard quemaba la piel de un lobo como ácido ardiente. A pesar del dolor, dejó que el Nexus Cinder-Luna fluyera desde su palma, conectando su fuerza con la esencia latente de Seraphina a través de los grilletes.
—El vínculo no solo sirve para sentir tu sufrimiento, maga —gruñó Arion por lo bajo, sus dientes apretados por el esfuerzo—. Tu magia está suprimida, pero tu alma sigue conectada a la mía. Canaliza mi fuerza. Rompe los grilletes desde adentro.
Seraphina abrió los ojos de par en par. Comprendió el plan al instante. Los grilletes de plata rúnica suprimían su magia exterior, pero no podían apagar la energía primordial del vínculo del mate. Cerró los ojos, respiró hondo y buscó en lo más profundo de su ser, encontrando el ancla cálida y firme que Arion le ofrecía a través de la conexión.
Una luz azulada comenzó a brotar de las palmas de Seraphina, chocando contra el metal plateado de los grilletes. El sonido de un crujido seco resonó en la celda.
—Ahora —rugió Arion.
Con un golpe coordinado, la magia desatada por Seraphina estalló desde el interior de las esposas, haciéndolas añicos en pedazos de metal fundido. Al mismo tiempo, Arion empujó con todo el peso de su fuerza física contra la barrera rúnica. El escudo titubeó, parpadeó con desesperación y, con un estallido de chispas y ozono, se desintegró.
Seraphina cayó hacia adelante, pero Arion fue más rápido. La atrapó en sus brazos antes de que tocara el suelo de piedra fría. El impacto del cuerpo de ella contra el suyo envió una descarga eléctrica a través del vínculo, un alivio mutuo tras el dolor de la separación.
—Estás helada —murmuró Arion, sosteniéndola con una mezcla de ferocidad y una inusitada suavidad.
—Y tú estás loco de remate —respondió Seraphina con una débil sonrisa, apoyando la cabeza contra su pecho y respirando el aroma a pino y tierra—. Me sacaste de aquí...
—Aún no hemos salido —la cortó Arion, escuchando de repente un zumbido agudo en el pasillo superior. Las alarmas rúnicas habían comenzado a parpadear en rojo carmesí—. Rompiste la celda. Toda la guardia viene hacia aquí.
Ayudándola a ponerse de pie, Arion la sostuvo firmemente por la cintura. Seraphina, aunque debilitada, canalizó un remanente de energía para acelerar sus pasos.
El sonido de las alarmas resonaba por todo el subsuelo como un grito de metal desgarrado. Las luces azules de los pasillos cambiaron a un rojo parpadeante, convirtiendo el camino de escape en una pesadilla claustrofóbica.
Al doblar la última esquina hacia el pozo del ascensor, se encontraron con el obstáculo inevitable: tres guardias de la Orden de la Llama salían corriendo de la garita de control, con las espadas desenvainadas y runas de fuego parpadeando en las palmas.
—¡Intrusos! ¡Deténganse en nombre del Consejo! —gritó el líder de la escuadra.
Arion no dudó ni un segundo. Empujó a Seraphina detrás de su cuerpo, protegiéndola con su propia envergadura, y dejó escapar un rugido bajo que hizo temblar el aire, un sonido puramente animal que heló la sangre de los humanos. Sus ojos ámbar brillaron con furia asesina y sus uñas se alargaron como garras de acero.
El primer guardia se lanzó al ataque. Arion esquivó el filo, giró sobre su propio eje y, con una fuerza descomunal, le propinó un golpe en el pecho que lanzó al soldado contra la pared con un seco crujido, dejándolo inconsciente. El segundo guardia intentó arrojar una esfera de fuego, pero Seraphina reaccionó: extendiendo la mano, canalizó su energía vinculada y una ráfaga de viento helado brotó de sus dedos, desviando el fuego y estrellándolo contra el techo.
Aprovechando la distracción, Arion desarmó al segundo guardia y lo derribó al suelo de un golpe seco. El líder retrocedió un paso, preparando una estocada final, pero en ese instante la plataforma del ascensor llegó con un fuerte estruendo y las puertas se abrieron.
—¡Suban, ahora! —le ordenó Arion a Seraphina.
Ella se coló dentro de la plataforma y presionó el botón de emergencia. Arion dio un último empujón al guardia final contra los controles, dejándolo fuera de combate, y saltó al interior justo cuando las puertas pesadas se cerraban de golpe, sellándolos en el habitáculo.
El mecanismo comenzó a ascender a una velocidad vertiginosa entre sacudidas violentas. Dentro de la pequeña cabina, el espacio era mínimo y quedaron presionados el uno contra el otro. Arion respiraba con dificultad, con los nudillos ensangrentados. Seraphina levantó la vista, encontrando sus ojos ámbar en la penumbra roja.
—Estás loco... absolutamente loco —susurró ella, con una mezcla de incredulidad y profunda adoración, mientras levantaba una mano temblorosa para rozar la mejilla de Arion, limpiando un rastro de polvo y sudor.
Editado: 11.09.2026