El Asedio del Tribunal y la Tormenta de los Olvidados
El golpe seco del ascensor al detenerse en la superficie resonó como una sentencia de muerte. El mecanismo se trabó momentáneamente antes de que las pesadas puertas de metal comenzaran a deslizarse hacia los lados, revelando un escenario de pesadilla.
El patio principal del Tribunal de Aethelgard estaba bañado por la luz carmesí de las alarmas rúnicas. Decenas de guardias de la Orden de la Llama, armados con alabardas de fuego y escudos de energía, formaban un muro impenetrable alrededor del pozo. Al frente, flotando ligeramente sobre el suelo gracias a levitación menor, se encontraba un Inquisidor de alto rango, con una túnica bordada de oro y los ojos fríos como el hielo.
—Arion... nos van a rodear en segundos —susurró Seraphina, tensándose mientras canalizaba lo poco que quedaba de su maná, preparándose para una última resistencia suicida.
El Alfa de la Luna Roja no se inmutó. Su respiración era profunda y calculada. Sus instintos de depredador absoluto se apoderaron de cada fibra de su cuerpo; sabía que pelear de forma convencional contra una guarnición entera de magos en un espacio abierto equivalía al suicidio. Necesitaban caos, y necesitaban oscuridad.
—No vamos a pelear con ellos aquí —gruñó Arion por lo bajo. Tomó a Seraphina de la cintura con una fuerza inquebrantable y, antes de que el primer hechizo cruzara el umbral, dio un salto colosal hacia atrás.
—¡Fuego a discreción! —gritó el Inquisidor.
Una lluvia de proyectiles de fuego esmeralda y descargas de energía impactó contra el interior del ascensor justo en el instante en que Arion y Seraphina saltaban al vacío hacia los niveles superiores del patio, aprovechando la estructura gótica de los arbotantes y las gárgolas de piedra de la fachada del Tribunal.
El Nexus Cinder-Luna respondió con un fulgor abrasador. La fuerza física de Arion, potenciada por la desesperación y la magia latente de Seraphina, les permitió impulsarse de columna en columna con una agilidad inhumana. Seraphina, comprendiendo el plan al vuelo, extendió las manos hacia atrás y desató una densa cortina de niebla helada y escarcha sobre la plataforma del ascensor, cegando temporalmente a los tiradores de abajo y creando una pantalla de humo improvisada.
—¡Están arriba! ¡En los arcos de contención! —bramó uno de los oficiales desde el suelo.
Dos guardias equipados con dispositivos de vuelo rúnico se elevaron en persecución, cortando el aire con espadas llameantes. Uno de ellos se abalanzó directamente sobre Arion mientras este trepaba por el borde de la gran torre del reloj.
—¡Terminó, bestia! —escupió el guardia, lanzando una estocada cenicienta.
Arion soltó a Seraphina por un segundo, esquivó el filo con un movimiento de cadera felino, y agarró al guardia por la pechera de la armadura. Con un rugido gutural que sacudió los cimientos de la torre, lo estrelló contra los engranajes expuestos del gran reloj, destrozando tanto el mecanismo como al soldado en un solo movimiento brutal.
El impacto posterior contra los adoquines de las calles exteriores de Aethelgard sacudió cada hueso del cuerpo de Arion, pero el entrenamiento de su manada y el rugido furioso del vínculo amortiguaron la caída. Sin detenerse a tomar aire, levantó a Seraphina y la arrastró hacia el laberinto de callejones oscuros que se extendían más allá del distrito judicial, mientras la Ciudadela seguía siendo un infierno de luces rojas y campanas de alarma.
—Por aquí —jadeó Seraphina, guiándolo con la poca orientación que conservaba entre la niebla y la lluvia que comenzaba a azotar las calles, sintiendo cómo sus manos ardían con la energía residual del vínculo—. Conozco un antiguo conducto de evacuación de los magos de bajo rango. Sale directamente más allá de la muralla exterior.
El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor acre del ozono y el perfume metálico de la sangre. Al llegar al callejón sin salida que indicaba la maga, Arion empujó con el hombro una pesada rejilla de hierro oxidado que cedió con un chillido estridente, revelando un túnel oscuro y húmedo que descendía bajo los cimientos.
—Entra tú primero —ordenó el Alfa, bloqueando la entrada con su cuerpo y mirando hacia atrás, donde las antorchas de la guardia empezaban a iluminar la boca del callejón.
Seraphina se deslizó en la oscuridad, pero antes de que Arion pudiera seguirla, una figura descendió desde los tejados con la gracia letal de un depredador alado: un inquisidor menor de la Orden, flanqueado por dos sabuesos de ébano creados con magia de fuego y ceniza.
—Vaya, vaya. El perro que decidió morder la mano que lo gobierna —siseó el inquisidor, alzando una espada que irradiaba luz blanca—. Y la traidora que pensó que podía escapar de la justicia del Consejo.
Arion no respondió con palabras. Su transformación estalló a medias, una amalgama aterradora de garras humanas y colmillos de lobo alfa. El Nexus Cinder-Luna estalló en su pecho, irradiando una ola de calor que hizo retroceder a los sabuesos por puro instinto animal.
—Tráelos si te atreves, brujo —escupió Arion, con una sonrisa salvaje surcando su rostro.
La batalla en el callejón fue breve y brutal. Los sabuesos se abalanzaron, pero Arion los recibió con una fuerza descomunal, destrozando sus formas de ceniza con garras impregnadas de la magia de Seraphina. El inquisidor intentó lanzar un rayo de luz pura, pero un destello azul estalló desde el fondo del túnel: Seraphina había canalizado su poder a través de la conexión, golpeando al mago por la espalda con una ráfaga de escarcha que lo congeló contra la pared de ladrillos.
Editado: 11.09.2026