La llegada
La lluvia comenzó a caer cuando el auto cruzó los límites del bosque antiguo. Las gotas golpeaban el techo como dedos impacientes, marcando el ritmo de una noche que no prometía descanso. Kaia, sentada entre dos guardianes del clan Thorne, mantenía los ojos clavados en la ventana. A lo lejos, las torres del castillo emergían de la bruma como colmillos de piedra.
Un aullido resonó en la distancia. No era salvaje. Era un llamado.
Y ella era la presa.
El carruaje se detuvo frente a un portón de hierro cubierto de enredaderas secas. Lo abrieron sin preguntar, como si ya supieran a quién traían. Como si el destino se hubiese escrito sin consultar a nadie.
Kaia bajó del vehículo sin ayuda. El aire del castillo era distinto. Más denso. Cargado de una energía que presionaba contra su piel como una mano invisible. La marca bajo su palma ardió, viva, palpitante.
—No mires atrás —ordenó uno de los guardianes.
No lo pensaba hacer.
Cruzó el umbral y el portón se cerró a su espalda con un golpe metálico que resonó en el patio interior. El sonido fue definitivo. Una sentencia.
El castillo del clan Thorne no era ostentoso. Era antiguo. Poderoso. Cada piedra parecía impregnada de sangre, juramentos y lunas llenas que no habían olvidado a sus Alfas. Antorchas encendidas proyectaban sombras largas, deformes, que parecían observarla avanzar.
Sintió las miradas incluso antes de verlos.
Desde los balcones. Desde los corredores. Desde detrás de las puertas cerradas.
La híbrida. La no deseada.
Kaia alzó el mentón. No iba a encogerse. No iba a suplicar.
Un par de figuras esperaban al pie de las escaleras. Una mujer de rostro severo, de cabello recogido en un moño tan tirante como su expresión. Y a su lado, un hombre de edad incierta, con mirada evaluadora y sonrisa falsa.
—Bienvenida, Kaia Velren —dijo la mujer—. Soy la señora Elira, supervisora del Ala Norte. Este es el maestro de protocolo, Ruvien. Estás bajo nuestra tutela directa. A partir de este momento, tu vida pertenece al clan.
Kaia levantó la barbilla, desafiante, aunque su pulso latía con furia en las sienes.
—Mi vida me pertenece a mí —respondió con voz baja, firme.
Elira no replicó. Sonrió, seca, como quien observa a un cachorro rebelde antes de ponerle la correa.
—Acompáñanos.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando avanzaba escaleras arriba. El centro, grabado en el mármol negro, se alzaba el símbolo del Alfa: un lobo con las fauces abiertas, mirando al cielo.
Su corazón dio un vuelco.
Algo… la observaba desde lo profundo del castillo.
No con hostilidad. Con resistencia.
Kaia levantó la vista.
Una mujer de cabello plateado y mirada afilada descendía los escalones. No llevaba corona, pero no la necesitaba. Su presencia era suficiente para imponer silencio.
La Luna Madre.
—Las convocadas ya han llegado —dijo—. Tú eres la última.
—No pedí venir —respondió Kaia, sin inclinar la cabeza.
Un murmullo incómodo recorrió el salón.
La mujer la observó con atención, como si midiera no su cuerpo… sino su sangre.
—Ninguna de ustedes lo hizo —replicó—. Acompáñala a los aposentos de las candidatas.
Kaia dio un paso… y se detuvo en seco.
Un latido.
No el suyo.
Profundo. Lento. Antiguo.
La marca ardió con violencia, obligándola a apretar los dientes. Nadie más pareció notarlo. Nadie excepto ella.
Elira y Ruvien inclinaron su cabeza y avanzaron.
Los retratos en las paredes parecían observarla, como si sus antiguos moradores no hubieran partido del todo. Un silencio imponente reinaba en cada rincón.
—El ala este está cerrada —advirtió Elira cuando pasaron junto a un pasillo clausurado con símbolos de contención—. No tienes permitido acercarte a esa zona.
—¿Qué hay allí? —preguntó Kaia.
Ruvien intercambió una mirada rápida con la mujer, pero ella no respondió.
—Solo lo necesario para preservar al Alfa —murmuró él, y luego cambió de tema con cortesía forzada—. Tu habitación está en la torre sur. Tendrás ropa, alimento y un calendario de evaluaciones físicas. A partir de mañana, comenzarás los preparativos del rito de concepción.
Kaia sintió que se le congelaba la sangre.
Elira se detuvo frente a una puerta de madera tallada.
—Aquí dormirás. Te sugiero que descanses.
La dejaron sola.
Kaia cerró la puerta detrás de ella, apoyó la espalda en la madera, y finalmente soltó el aire que no sabía que retenía. La habitación era amplia, decorada con buen gusto, pero sin alma. Como una prisión bonita.
Y, en algún lugar del castillo, más allá de muros y magia, algo respondió.
Lucian no abrió los ojos.
Pero su lobo gruñó.
Lucian flotaba en un vacío espeso, sin cielo ni suelo, como si su cuerpo hubiese sido abandonado por el mundo. No sentía dolor. Tampoco paz. Era agotamiento puro. Una fatiga tan profunda que ni siquiera morir parecía una salida.
Respira, intentó decirse.
No hubo respuesta.
Entonces, el lobo reacciono.
No con un aullido. Con un gruñido bajo, tenso, vibrando en lo profundo de su conciencia.
—Algo cruza el territorio —dijo la voz, áspera, antigua—. No es enemiga… pero tampoco pertenece.
Lucian quiso abrir los ojos. No pudo. Su cuerpo era una prisión sellada.
—No me traigas problemas ahora… —pensó, o creyó pensar.
El lobo ignoró la súplica.
La oscuridad se estremeció.
Un pulso recorrió la nada. Lento. Poderoso. Como un latido que no era suyo… pero que reclamaba atención.
—Huele a sangre vieja —continuó el lobo—. Sangre mezclada. Rota. Peligrosa.
Lucian sintió algo por primera vez en semanas.
Resistencia.
Su pecho ardió. No como fiebre. Como furia contenida.
—Ha cruzado el umbral —dijo el lobo, con voz más baja—. El castillo la ha sentido.
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Editado: 13.01.2026