La música se deslizaba por el salón con una delicadeza casi culpable, como si también ella supiera que allí todo exceso podía ser reprendido. Corría sobre el parqué pulido, se elevaba apenas y terminaba por apagarse contra los muros estucados, demasiado blancos bajo la luz de la tarde.
Una parte alcanzaba el patio central, donde los naranjos sombreaban la fuente de piedra y el aire parecía olvidar por un momento el ardor de los cerros. Era el único rincón fresco de la casa de los Arriagada Castelblanco, levantada sobre una altura discreta desde la cual varias generaciones de la familia habían visto crecer San Gabriel del Huasco. Las calles, la iglesia, la plaza y los comercios se extendían más abajo, contemplados con la seguridad de quienes se creían indispensables en la historia del pueblo.
La casa resultaba demasiado grande para quienes la habitaban. Había residencias más cómodas en la ciudad, algunas igualmente hermosas, pero nadie se habría atrevido a proponer una mudanza. Para los Arriagada Castelblanco, aquellas habitaciones, los retratos de sus antepasados y hasta las grietas ocultas bajo la cal formaban parte del apellido.
En el salón que antes había recibido bailes, visitas solemnes y reuniones donde los hombres discutían sobre tierras, minas y negocios, Elisa tocaba el piano. Tenía veinte años, los hombros pequeños y la espalda recta por una costumbre aprendida antes de que pudiera resistirse a ella. Sus dedos recorrían las teclas con precisión, aunque la melodía carecía de la ligereza y el brillo dócil que se esperaba de una señorita llamada a amenizar la tarde. Elisa había aprendido a tocar para ocupar el silencio sin alterarlo, y durante años eso había bastado.
Aquella tarde, sin embargo, la música no conseguía apartarla de sus pensamientos. Tampoco lo hacían el murmullo de la fuente, la sombra de las hojas sobre las baldosas ni el perfume amargo de los azahares; la calma doméstica que antes encontraba en aquellas cosas se había vuelto una quietud vigilante, como si la casa aguardara junto con ella.
El viento levantaba polvo en los cerros y lo empujaba hacia el pueblo. Entraba por las rendijas, cubría los muebles oscuros y empañaba los marcos dorados de los retratos familiares. Su padre lo detestaba, decía que era cosa de rotos y muertos de hambre, de gente nacida para confundirse con la tierra, pero ya no quedaban tantas manos para impedir que alcanzara los corredores.
Elisa contribuía al cuidado de la casa como correspondía a una hija bien educada. Pasaba un paño sobre las superficies, renovaba las flores, enderezaba un tapete o recogía las hebras desprendidas de las labores con que las mujeres llenaban sus horas. Últimamente, el polvo reaparecía antes de que terminara, se prendía al borde de sus faldas y opacaba sus zapatos, recordándole que, fuera de aquellos muros, existía una tierra que nadie podía mantener limpia ni quieta.
Llevaba semanas durmiendo poco y dejando comida en el plato. Su madre observaba la palidez de su rostro y la atribuía al exceso de lectura, a la falta de aire o a cualquiera de esos males vagos que podían corregirse con paseos y obediencia, mientras Elisa no encontraba palabras para explicar que su malestar tenía nombre, fecha y consecuencias. Otros habían resuelto su porvenir y, si no actuaba pronto, la decisión quedaría cerrada sobre ella.
Siguió tocando mientras la luz abandonaba el patio. Cuando la última nota se perdió en el salón, mantuvo las manos sobre el teclado y prestó atención a los ruidos de la casa. Sus padres no regresarían hasta entrada la noche; su hermano permanecía en el internado de Santiago, y las criadas trabajaban en las habitaciones del fondo.
Retiró los dedos y cerró la tapa del piano.
Subió sin apresurarse. En el corredor se cruzó con una criada que cargaba ropa doblada y le preguntó si necesitaría ayuda para vestirse antes de la cena.
—No, gracias. Me duele la cabeza.
La mujer siguió hacia la escalera de servicio a la vez que Elisa entró en su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella hasta que los pasos desaparecieron.
Entonces se quitó las faldas, el corsé y la crinolina; los cordones se resistieron bajo sus dedos y tuvo que detenerse para deshacer uno de los nudos, conteniendo el impulso de arrancarlo. Se puso una falda sencilla, una blusa sin adornos y el chal de lana que usaba durante las mañanas frías. En un morral guardó ropa interior, un peine, un trozo de jabón y el dinero que había reunido durante los últimos meses. Dudó frente al cajón de las joyas, pero solo tomó el prendedor que había pertenecido a su abuela, no sabía cuánto valía ni si sería capaz de venderlo.
Abrió la ventana y el aire nocturno entró seco y frío, levantando apenas la tela de las cortinas. Desde allí podía ver el patio lateral, una franja del camino y, más lejos, los cerros oscurecidos sobre el cielo.
Antes de salir, volvió la vista hacia la habitación. La cama permanecía intacta; junto al tocador, el vestido yacía sobre una silla, todavía armado por la crinolina. Elisa pensó en la criada que lo encontraría a la mañana siguiente y en el tiempo que tardarían sus padres en comprender que no estaba escondida en algún rincón de la casa.
Pasó el morral al otro lado, se sentó en el alféizar y buscó con el pie el borde de la enredadera. Había calculado la distancia muchas veces desde el jardín, aunque nunca había intentado descender. La rama cedió bajo su zapato y le raspó las manos, pero alcanzó la cornisa inferior y desde allí se dejó caer.