Elisa

Capítulo I - La Noche

La noche del norte se extendía sobre los cerros sin que una luz, una casa o una voz permitieran medir su profundidad. Elisa avanzaba por un sendero apenas distinguible, guiándose por la claridad de las estrellas y por las ondulaciones oscuras del terreno. Oía el roce de las enaguas, el crujido de las piedras bajo sus botas y, de vez en cuando, algún movimiento entre los matorrales que la hacía apretar el morral contra el cuerpo y acelerar el paso.

Había dejado atrás San Gabriel del Huasco hacía varias horas; al comienzo volvió la cabeza más de una vez y alcanzó a distinguir algunas luces sobre la pendiente; después, el camino torció entre dos cerros y el pueblo desapareció. Desde entonces, procuraba mantener el rumbo que había memorizado durante las semanas anteriores, cuando escuchaba las conversaciones de los arrieros y preguntaba con aparente curiosidad por los caseríos de los alrededores. Sabía que debía avanzar hacia el oriente hasta encontrar una bifurcación y tomar allí el sendero más estrecho, pero en la oscuridad cada desvío parecía igual al anterior y las distancias se alargaban más de lo previsto.

El polvo se levantaba bajo sus botas y se prendía al borde de la falda. Había escogido una de las prendas más sencillas de su guardarropa, convencida de que podría caminar con ella sin dificultad, aunque el ruedo ya había atrapado varias ramas y la tela le estorbaba al subir por las pendientes. Cada vez que se detenía para desprender una espina, el frío se colaba bajo el chal y la obligaba a reanudar la marcha antes de recuperar el aliento.

Nunca había sentido aquella clase de frío. Durante el día, el sol calentaba los muros de la casa y hacía temblar el aire sobre los caminos, pero, lejos del valle, el viento bajaba desde la cordillera y atravesaba la lana, la blusa y la camisa. Elisa se cubrió la boca con el borde del chal, recogió la falda para caminar más deprisa y continuó hasta que un dolor bajo las costillas la obligó a apoyarse contra una roca.

Tenía los dedos entumecidos y los pies le ardían dentro de las botas; bebió el último sorbo de agua, sacudió la botella y la guardó antes de revisar el resto de sus provisiones. Conservaba el peine, el jabón, una muda de ropa, las monedas reunidas durante los últimos meses y el prendedor de su abuela; en cambio, del pan y las frutas que había tomado antes de salir quedaba demasiado poco. Había preparado la fuga convencida de que alcanzaría el caserío antes del amanecer y podría comprar allí cuanto necesitara. No había calculado que las leguas se recorrían de manera distinta a pie ni que el frío aumentaría su sed.

Por primera vez se preguntó cuánto tardaría en volver. Si emprendía el regreso de inmediato, quizá alcanzaría la casa antes de que una criada entrara en su habitación. Podría esconder el morral, limpiar sus zapatos y meterse en la cama con alguna excusa preparada para la fiebre o el cansancio. La imagen del brasero encendido y las mantas sobre el colchón la hizo mirar hacia el camino recorrido, aunque desde allí no pudo distinguir más que una sucesión de lomas negras.

Al imaginarse trepando de nuevo hasta la ventana, vio también a su padre aguardándola al otro lado. Raimundo Arriagada no necesitaría conocer los detalles para comprender lo ocurrido. Cerraría la ventana, vigilaría las puertas y apresuraría el matrimonio antes de que ella pudiera intentarlo nuevamente. Laureano llegaría a la casa con su cortesía de siempre y aceptaría las explicaciones sin hacer preguntas, seguro de que pronto tendría derecho a impedirle cualquier otra insubordinación.

Elisa se echó el morral al hombro y continuó por el sendero, que ascendía entre matorrales cada vez más densos. Recogió la falda con una mano y apartó las ramas con la otra. Después de resbalar dos veces, comenzó a tantear las piedras antes de apoyar sobre ellas todo el peso y a inclinar el cuerpo cuando el viento soplaba de frente. Avanzaba con lentitud, pero cada tramo le permitía entender mejor el terreno que el anterior.

La claridad del amanecer comenzó a insinuarse detrás de la cordillera. Primero borró algunas estrellas y luego dibujó el contorno de las cumbres, sin alcanzar todavía el fondo de la quebrada. Elisa miró el cielo y apuró el paso. A esas horas, la criada podía haber abierto ya la puerta de su habitación; su madre estaría recorriendo los corredores y su padre ordenaría revisar el jardín, las caballerizas y los caminos que salían del pueblo. No sabía cuánto tardarían en decidir que había huido, pero conocía la rapidez con que una noticia atravesaba San Gabriel del Huasco cuando afectaba a una familia como la suya.

Intentó subir una pendiente sin detenerse y el aire comenzó a faltarle. Dio algunos pasos más, empeñada en alcanzar la parte alta, hasta que el terreno pareció inclinarse bajo sus pies. Se sujetó de un arbusto y cerró los ojos, esperando que pasara el mareo. Al recuperar el aliento percibió un olor distinto del polvo y la vegetación reseca, tenue al principio, pero reconocible cuando el viento volvió a soplar.

Olía a tierra húmeda.

Elisa levantó la cabeza y buscó entre las sombras alguna señal de agua. Más allá del sendero, la quebrada descendía hacia un grupo de matorrales que se veían más oscuros y tupidos que los anteriores. Podía haber allí una acequia, un pozo o un cultivo; cualquiera de esas cosas suponía la cercanía de una vivienda.

Abandonó el sendero y siguió la dirección del viento. Las ramas se enganchaban en la falda y una le arañó la muñeca, pero dejó de apartarlas una a una y avanzó protegiéndose el rostro con el brazo. A medida que descendía, el olor se hacía más claro. Imaginó el agua fría dentro de la botella y concentró la atención en las piedras para no volver a resbalar.




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