Elisa

Capítulo II - El jinete

Para quien ha nacido entre cerros secos, quebradas hondas y caminos donde la tierra parece guardar memoria de cada pisada, el desierto no es solamente un paisaje, sino una manera de mirar. Hay quienes llegan a él y solo ven aridez, abandono, una extensión de polvo condenada al sol; pero quienes han aprendido a vivir bajo esa luz saben que el norte cambia a cada hora, que ninguna sombra permanece igual y que hasta la piedra más quieta parece respirar cuando amanece.

Aquella mañana, el valle despertaba despacio. La noche, que hasta hacía poco lo había cubierto todo con su hondura negra, comenzaba a retirarse de los cerros bajos: primero se volvió gris, luego azulada y finalmente cedió ante una claridad pálida que avanzaba sobre las planicies con la lentitud de una mano tanteando en la oscuridad. Las estrellas se apagaron una a una y la Vía Láctea, dueña absoluta del cielo durante la madrugada, se disolvió en una luz lechosa, todavía fría, mientras los pastizales secos se inclinaban bajo un viento que no terminaba de perder la dureza nocturna.

Desde un corral cercano llegó el balido somnoliento de una cabra. Más lejos, un gallo ensayó su primer canto del día, inseguro, como si también él dudara de que la mañana hubiese llegado por completo. El aire olía a tierra helada, a bosta seca, a madera vieja y al polvo fino que el viento levantaba antes de que el sol volviera a adueñarse de todo.

Por el sendero avanzaba un caballo sin prisa. No era hermoso en el sentido en que los hombres de ciudad suelen llamar hermoso a un animal: no tenía el cuello arrogante ni el brillo limpio de los ejemplares criados para ser admirados. Era más bien bajo, fuerte, de pecho ancho y patas seguras, con el pelaje oscuro marcado por la tierra del camino y una inteligencia áspera en la mirada. Elegía con calma dónde poner cada casco, como si conociera no solo la ruta, sino también las trampas pequeñas que el sendero escondía entre las piedras.

Su jinete no lo apuraba. Había salido antes del alba, como casi todos los días, cuando el valle todavía pertenecía al silencio y el trabajo parecía menos pesado porque el sol aún no se había instalado sobre los cerros. Llevaba las alforjas cargadas y el sombrero bajo, inclinado apenas sobre la frente. De vez en cuando acomodaba el peso sobre la montura o alzaba una mano para apartarse el polvo de la cara, pero no intervenía más de lo necesario. Conocía el camino de memoria; el caballo también, y entre ambos existía esa confianza antigua que no necesita ternura para ser cierta.

El animal se llamaba Hombre.

El nombre había nacido como una burla y se había quedado como se quedan las cosas justas: por costumbre, por terquedad y porque nadie había encontrado otro mejor. Hombre no obedecía a cualquiera, no se dejaba engañar con palmadas ni con voces dulces y tenía la mala costumbre de detenerse cuando algo en el camino no le parecía digno de confianza. Su dueño, que había renegado muchas veces de aquella maña, había terminado por aprender a respetarla.

Por eso, cuando el caballo frenó de golpe, no tiró de las riendas ni hundió los talones en sus costados. Se limitó a enderezarse sobre la montura y esperar.

Hombre levantó la cabeza, tensó el cuello y dirigió las orejas hacia adelante. El jinete siguió la dirección de su mirada, pero al principio no distinguió nada extraño. El sendero se extendía igual que siempre, una línea pálida entre matorrales resecos, piedras sueltas y manchas de pasto duro. Más adelante, donde el camino trazaba una curva ligera, la claridad del amanecer todavía no alcanzaba a revelar del todo las formas.

—¿Qué vio ahora? —murmuró.

El caballo resopló sin apartar la vista.

Entonces el jinete entrecerró los ojos y descubrió algo oscuro sobre la tierra. Al comienzo pensó que sería una manta caída de alguna carreta o un saco abandonado por un arriero descuidado. No era raro encontrar restos en los caminos: trapos, sogas viejas, pedazos de cuero o animales muertos que la noche dejaba tiesos y el día entregaba a los pájaros. Pero aquello tenía una quietud distinta. No parecía simplemente estar allí; parecía haber caído.

Desmontó.

Sus botas tocaron la tierra con un sonido seco. Tomó las riendas y avanzó unos pasos, sin prisa aparente, aunque su cuerpo ya había comprendido algo que la razón todavía se resistía a nombrar. A medida que se acercaba, el bulto comenzó a tomar forma: una falda extendida sobre el polvo, un brazo recogido contra el pecho, cabello oscuro desparramado en el suelo como una sombra más profunda que la del amanecer.

No era un saco.

El hombre levantó la mirada hacia el cielo, buscando por instinto las aves que anuncian aquello que los hombres preferirían no encontrar. El cielo, sin embargo, estaba limpio. Ningún jote dibujaba círculos sobre el valle ni una sombra grande descendía desde los cerros. La ausencia le alivió el pecho apenas un instante, hasta que recordó que no significaba nada. A veces la muerte era reciente; a veces el frío conservaba los cuerpos como si todavía les quedara vida, y otras veces el camino entregaba sus desgracias antes de que el cielo alcanzara a enterarse.

Continuó avanzando, sintiendo que las riendas se tensaban suavemente detrás de él. Hombre lo seguía, aunque con una resistencia cautelosa que el jinete podía sentir aun sin volverse.

La figura yacía de lado, parcialmente cubierta por el polvo. Un morral había quedado abierto a unos pasos, pobre y desordenado, con un trozo de pan endurecido asomando entre la tela. La falda estaba sucia, rasgada en el borde, y una de las manos permanecía cerrada sobre la tierra, como si la desconocida hubiese intentado aferrarse al mundo antes de caer.




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