Durante décadas, el apellido Arriagada había resonado en San Gabriel del Huasco con la firmeza de las cosas destinadas a durar. No bastaba con decir que eran conocidos; en el pueblo se les reconocía, que era distinto, y su nombre circulaba en las conversaciones con esa mezcla de respeto, conveniencia y cálculo que despiertan las familias antiguas cuando han sabido confundir su fortuna con la historia del lugar donde viven.
Se decía que los Arriagada habían ayudado a levantar San Gabriel cuando todavía no era más que un caserío terroso reunido alrededor de la iglesia, la plaza y unas cuantas calles que el viento cubría de polvo cada tarde. De sus negocios en la minería de plata y cobre habían salido los primeros dineros serios, los préstamos discretos, las casas arrendadas a empleados y comerciantes, los favores concedidos a tiempo y cobrados después con una sonrisa. Con los años, el caserío creció, aprendió a llamarse pueblo y luego ciudad, mientras ellos permanecían en lo alto de una de sus calles más antiguas, afianzados en la convicción de que el tiempo podía transformar el valle sin modificar el lugar que les correspondía dentro de él.
La casa no era la más grande de San Gabriel del Huasco, aunque sí una de las más respetadas. Tras el portón de madera oscura se abría un zaguán fresco que conducía a un corredor largo, dispuesto alrededor de un patio central donde crecían dos naranjos viejos. En verano, cuando el calor volvía ásperas las paredes y el aire parecía quebrarse sobre las piedras del camino, los árboles perfumaban la casa con un dulzor leve y persistente que entraba hasta las habitaciones interiores, mezclándose con el olor del adobe, la madera encerada y las telas guardadas.
Las paredes gruesas conservaban el fresco incluso durante los días más duros del norte, mientras las baldosas devolvían un brillo opaco bajo la luz de la mañana y los muebles, oscuros y robustos, permanecían en su sitio como si nadie hubiese tenido jamás la osadía de moverlos. Desde el salón, los retratos de los antepasados observaban con una severidad que el tiempo no había conseguido ablandar: caballeros de barba recortada y levitas negras, mujeres de cuello alto, vestidos amplios y ojos firmes, generaciones enteras educadas en la certeza de que el mundo, al menos en aquel valle, les pertenecía.
Esa apariencia de permanencia seguía intacta desde la calle. El portón continuaba cerrándose cada noche con su golpe grave, los corredores amanecían barridos antes de que el sol calentara las baldosas y los naranjos florecían con una fidelidad que casi parecía burla. Sin embargo, en el interior, la abundancia se había ido retirando sin ruido, como el agua de una acequia cuya merma todos advierten mientras nadie se atreve todavía a pronunciar la palabra sequía. Primero se cerraron las habitaciones que apenas se utilizaban, con el pretexto de evitar que el polvo estropeara los muebles; después la vajilla fina comenzó a reservarse para ocasiones cada vez más escasas y las visitas se espaciaron detrás de indisposiciones, compromisos familiares y otras excusas lo bastante razonables para que nadie pudiera llamarlas mentira. Incluso los libros de cuentas abandonaron el encierro del despacho de don Raimundo y aparecieron en lugares impropios —junto a la bandeja del té, sobre una silla del corredor, en un extremo de la mesa—, abiertos y vulnerables, como si las cifras ya no cupieran detrás de una puerta cerrada.
Por aquellos mismos días, una de las criadas dejó la casa. Doña Isabella explicó que debía marcharse al interior para cuidar a una hermana enferma, y la historia habría resultado enteramente convincente de no ser por el delantal remendado que la mujer dejó colgado en la despensa y por la atención con que la dueña de casa comenzó a medir la harina, el azúcar y el aceite. Elisa no pidió explicaciones; le bastaba observar que el café perdía fuerza, que la carne aparecía con menor frecuencia en la mesa y que los comerciantes, antes conformes con enviar sus cuentas al terminar el mes, mandaban ahora a sus muchachos cada viernes para esperar frente al despacho.
En una familia menos antigua, quizá alguien habría pronunciado la palabra ruina. En la casa Arriagada, en cambio, mientras quedara un mantel blanco sobre la mesa y alguien dispuesto a enderezar la espalda, la escasez continuaba tratándose como un desarreglo pasajero. No por eso dejaba de manifestarse en las velas que debían durar una noche más, en los encargos que se postergaban hasta la semana siguiente y en las miradas que algunos comerciantes bajaban demasiado tarde cuando don Raimundo cruzaba la plaza.
Tenía cincuenta y cinco años, aunque en él la edad parecía menos una cifra que una forma de resistencia. Era alto, de hombros todavía firmes, barba entrecana cuidadosamente recortada y una severidad natural que no necesitaba alzar la voz para imponerse. Había heredado de su padre tierras fértiles en el valle, participaciones en dos minas de cobre, algunas propiedades arrendadas en el centro de San Gabriel y una red de compromisos comerciales que unía la ciudad con los puertos del norte, un legado que durante buena parte de su vida le había parecido inagotable.
Los cargamentos de mineral salían entonces con regularidad hacia la costa, las cosechas bastaban para sostener la casa y en el salón principal se celebraban tertulias, bautizos, compromisos, acuerdos de palabra y negociaciones que reforzaban, copa en mano, la posición de la familia. Los Arriagada podían permitirse esa generosidad visible que las casas respetables practican no siempre por bondad, sino porque dar a tiempo también sirve para recordar a los demás quién posee los medios para hacerlo.
La retirada de aquella prosperidad había comenzado sin anuncio. Una veta entregó menos de lo prometido y otra exigió más hombres y herramientas para producir apenas lo suficiente; después, un invierno duro arruinó parte de las cosechas y obligó a comprar lo que antes se obtenía de las propias tierras. Los préstamos llegaron más tarde, pequeños al comienzo y casi razonables, tomados bajo la confianza de que el siguiente cargamento, la próxima temporada o algún trato oportuno devolverían las cosas a su sitio.