Capítulo IV - Madera y adobe
La sed fue lo primero que Elisa reconoció al volver en sí. Antes que el lugar, antes que el miedo y antes incluso que su propio nombre, sintió la garganta áspera, la lengua pesada y una urgencia tan elemental que por un instante todo su pensamiento quedó reducido al deseo de beber. Después llegó el cuerpo, entero y dolorido, como si durante la noche le hubiesen llenado los brazos, las piernas y la espalda con piedras.
Abrió los ojos con esfuerzo y encontró sobre ella un techo de vigas oscuras. La habitación permanecía en penumbra, aunque una franja de luz avanzaba desde la puerta entreabierta y revelaba, a medida que se extendía por el suelo, las paredes de adobe, una mesa pequeña, un par de herramientas colgadas de clavos torcidos y el borde de un fogón apagado. El aire olía a humo frío, madera, tierra húmeda y leña guardada, una mezcla extraña que, sin embargo, le recordó las zonas más antiguas de la casa familiar, aquellas donde el barro seguía respirando debajo del barniz, las cortinas y los muebles encerados.
Intentó incorporarse, pero apenas logró levantar un hombro antes de que una punzada le atravesara la espalda y le cerrara el pecho. Volvió a caer sobre el catre, aturdida por el esfuerzo, y permaneció inmóvil mientras trataba de reconstruir lo sucedido. Recordó la noche, el camino, las piedras que se deslizaban bajo sus botas, el frío instalado en los dedos y la primera claridad extendiéndose sobre los cerros cuando ya no pudo continuar. Había pensado que moriría allí, no con terror, sino con una resignación cansada que ahora le parecía más inquietante que el propio recuerdo.
Algo golpeó afuera.
El sonido de madera contra madera fue seguido por el resoplido breve de un animal, y el miedo, que hasta entonces había permanecido aplastado bajo el dolor, se extendió por su cuerpo con una rapidez que la dejó rígida. No sabía quién la había llevado hasta allí ni cuánto tiempo llevaba inconsciente; tampoco sabía si debía agradecer haber despertado o temer que el camino solo hubiese cambiado una amenaza por otra.
Entrecerró los párpados al escuchar unos pasos. Desde el catre alcanzaba a ver una parte del exterior: tierra apisonada, un cerco bajo y la luz blanca de la mañana cayendo sobre un balde que alguien cargaba hacia la casa.
El hombre apareció en el umbral sin advertir, o sin demostrar, que ella lo observaba. Era alto y de hombros anchos, aunque no se movía con la pesadez que Elisa habría asociado a un cuerpo semejante. Llevaba la camisa remangada hasta los codos y la piel tostada por el sol; sus manos, grandes y húmedas, sostenían el balde con una naturalidad que revelaba costumbre más que fuerza.
Lo dejó junto al fogón, tomó unas astillas y se inclinó para avivar las brasas. Cada movimiento parecía corresponder a una necesidad precisa: acomodó la leña, sopló una vez, esperó y volvió a intentarlo hasta que el fuego prendió con un chisporroteo breve. No había en sus gestos la lentitud cuidada de los hombres que Elisa conocía ni ese descuido altivo de quienes siempre han esperado que otro recoja lo que dejan caer; tampoco había torpeza, sino una economía tranquila, como si hubiera aprendido a no desperdiciar ni el esfuerzo ni el tiempo.
Elisa lo observó mientras llenaba una jarra de greda y se volvía hacia el catre. Cerró los ojos demasiado tarde.
Los pasos se acercaron y se detuvieron junto a ella. El hombre dejó la jarra sobre una mesa baja, sin apresurarse a hablar.
—Cuando despierte, va a necesitar agua.
Elisa apretó los párpados, consciente de que el engaño no había durado ni un instante. La vergüenza le llegó de una forma absurda y familiar: no por encontrarse tendida en una casa desconocida ni por haber huido durante la noche, sino por haber sido sorprendida en una mentira pequeña y evidente.
—Puede abrir los ojos —añadió él—. Hace rato que está despierta.
Elisa obedeció y lo encontró mirándola sin hostilidad, aunque tampoco con esa cortesía tranquilizadora que habría esperado de un hombre consciente de tener a una mujer asustada bajo su techo. Había algo seco en la expresión, una atención cautelosa que no parecía dispuesta a creer demasiado en ella.
—Yo…
La voz se le quebró en la garganta y salió baja, áspera, irreconocible.
El hombre tomó la jarra y se la acercó. Elisa dudó apenas antes de recibirla, pero en cuanto el agua tocó sus labios, la cautela desapareció. Bebió con ansiedad, derramando parte sobre el mentón y la manta, incapaz de sostener el recato que su cuerpo ya no estaba dispuesto a obedecer. La greda le tembló entre las manos y él sujetó el fondo de la jarra para impedir que se le escapara, sin comentar la torpeza ni apartar la vista.
Cuando Elisa terminó, respiraba con dificultad. Se secó la boca con el dorso de una mano vendada y entonces reparó en las tiras de tela que cubrían sus palmas.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa.
La respuesta no llevaba amenaza ni intención de consolarla. El hombre se apoyó contra la pared, dejando entre ambos una distancia que, aunque pequeña, parecía deliberada.
Elisa miró otra vez la habitación. La mesa sostenía una bolsa de grano, un cuchillo de mango gastado y un paño doblado con una prolijidad que contrastaba con la aspereza del resto. La casa era pobre en objetos, pero nada parecía abandonado ni sucio; cada cosa ocupaba un lugar porque allí servía para algo.