Capítulo V - Pan y queso
A Elisa le pareció que apenas había cerrado los ojos, pero cuando volvió a abrirlos la luz comenzaba a retirarse de la puerta y el fogón encendido llenaba los rincones de sombras movedizas. No sabía cuánto había dormido. El cuerpo seguía pesado, hundido en una fatiga que el sueño no había disipado, aunque el dolor ya no llegaba con la violencia de la mañana, sino repartido en los brazos, las piernas, la espalda y las manos, como un recuerdo persistente de cada paso dado durante la noche.
El silencio también había cambiado. Ya no era la inmensidad helada del desierto ni aquella falta de respuesta que la había acompañado antes de caer, sino una suma de ruidos pequeños: el zumbido de los insectos en el aire tibio, el viento rozando los matorrales, una tabla que crujía en algún lugar del exterior y, más lejos, el resoplido de Hombre. La casa parecía haberse acomodado a su presencia sin recibirla todavía, permitiéndole permanecer allí mientras recuperaba fuerzas.
Movió primero los dedos bajo la manta. Las vendas tiraron de la piel herida y la obligaron a contener un gesto. Después flexionó las piernas, probó los hombros y se incorporó sobre los codos hasta quedar sentada en el catre, esperando que el mareo disminuyera. A través de la puerta entreabierta no vio a Bruno, y esa ausencia, en vez de tranquilizarla, despertó una curiosidad que el cansancio no había conseguido apagar.
Apartó la manta y bajó los pies.
El suelo de tierra apisonada estaba frío y ligeramente irregular. Durante un instante permaneció inmóvil, reconociendo bajo las plantas desnudas una materia que en la casa Arriagada siempre había permanecido oculta bajo baldosas, tablas enceradas o alfombras. Apoyó una mano en la pared y se puso de pie con lentitud. Las piernas vacilaron, pero resistieron.
Desde esa altura pudo observar mejor la habitación. El fogón ocupaba el rincón cercano a la puerta y sobre él colgaba una olla ennegrecida por el humo. La mesa era una tabla oscura sostenida sobre dos caballetes firmes; las sillas no formaban pareja y una de ellas tenía el respaldo reparado con una pieza de madera más clara. Junto al muro descansaban un baúl cerrado, un abrigo grueso, un saco de grano y varias herramientas ordenadas en clavos, sin que hubiese adornos ni objetos destinados únicamente a llenar el espacio.
En la casa de sus padres, cada habitación había sido dispuesta para afirmar algo: la antigüedad de la familia, el buen gusto de Isabella, la procedencia de una vajilla o el parentesco con algún rostro severo colgado en la pared. Allí, en cambio, una cosa parecía conservarse mientras pudiera servir. La mesa mostraba cortes y quemaduras, el cuchillo había perdido parte del mango y las ollas llevaban años de fuego encima, pero nada daba impresión de abandono.
Elisa avanzó unos pasos, todavía apoyándose de vez en cuando en la pared, hasta llegar junto a la mesa. Sobre ella había una bolsa de harina cerrada con cuerda, el cuchillo de mango gastado y un cuaderno de cubierta oscura.
Lo miró durante varios segundos.
La presencia del cuaderno no era extraña en sí misma, aunque no coincidía con la idea rápida que Elisa se había formado de Bruno desde que abrió los ojos. La cubierta de cuero estaba gastada por los bordes y las páginas se veían oscurecidas por el uso, pero el conjunto había sido cuidado con una atención que no aparecía en ningún otro objeto de la casa.
Alargó la mano y lo abrió.
Esperaba encontrar cuentas sencillas, marcas de sacos o anotaciones breves sobre animales. En cambio, descubrió una escritura firme y regular, distribuida en columnas donde se ordenaban gastos, medidas, fechas y observaciones. Había registros de lluvias, distancias, herramientas reparadas, alimento para Hombre y cantidades de grano, junto a cálculos realizados con una precisión que obligaba a seguir las líneas con cuidado.
Pasó una página.
En el margen de una anotación sobre la acequia, Bruno había corregido una cifra y rehecho toda la cuenta debajo, evitando una mancha mediante un trazo limpio. Más adelante había copiado una lista de materiales y dibujado una pieza de madera con sus medidas, señalando dónde debía ser reforzada.
Elisa cerró el cuaderno y lo dejó en el mismo lugar, procurando que el borde coincidiera con la marca más clara de la mesa. Sintió calor en las mejillas, no solo porque había revisado algo ajeno, sino porque acababa de encontrar la medida exacta de un prejuicio que ni siquiera se había reconocido.
En los salones de San Gabriel se hablaba de los hombres de campo como si sus manos y su inteligencia pertenecieran a mundos distintos. Podían conocer las lluvias, los animales y la tierra, pero se suponía que ese conocimiento era instinto o costumbre, nunca disciplina. Elisa había aceptado aquella separación sin examinarla y el cuaderno, con sus cálculos ordenados y sus correcciones cuidadosas, la había dejado sin defensa frente a sí misma.
Escuchó pasos en el exterior antes de que pudiera apartarse de la mesa.
Bruno cruzó el umbral con un saco pequeño sobre el hombro. Lo dejó junto a la entrada y entonces reparó en ella, de pie, con una mano apoyada en el borde de la mesa.
—Ya despertó.
Sus ojos recorrieron con rapidez el trayecto entre el catre y el lugar donde Elisa se encontraba, deteniéndose después en la forma en que mantenía el peso cargado hacia una pierna.