Sasha
Valera es extraño. Qué puedo decir…
Primero se ofreció a llevarme, con un pretexto inexistente, luego se invitó a mi casa. Pero, ¿qué más da? No tengo un retrete de oro ni cuadros rarísimos de valor incalculable. Con la mano en el corazón, puedo afirmar que estas paredes ya han visto huéspedes mucho más extravagantes, peculiares y excéntricos. En ese contexto, Valeri resulta el más correcto, no creativo y comprensible. Nada de discusiones sobre lo sublime, ni de insultos a colegas, ni de performances raros en plena borrachera (aunque sobrios también saben lucirse).
Valera es recto como una autopista.
Por cierto, se perdió en mi piso. Mientras yo iba a cambiarme de ropa, mi invitado desapareció. Normalmente todos van a la cocina, ya que se supone que vinieron a tomar té, pero este es un caso único. Veo la luz en la escalera que conduce al taller. Subo despacio y observo.
Allí está, mirando fijamente mi cuadro. Y si le preguntara: “¿Qué ve usted ahí, buen hombre?”, en el mejor de los casos se encogería de hombros. No pretendo el título de artista nacional de todo el país, pero a veces surge el deseo de escuchar una opinión fundamentada de un espectador común.
Porque en la vida pasa de todo. Estás, por ejemplo, en una galería en la exposición de algún artista famoso y, sin querer, escuchas las conversaciones de la multitud. ¿Y qué oyes? ¡De todo! Discusiones sobre temas cotidianos, como qué relleno tienen las tartaletas o si el champán servido hoy está rico, o si otra vez escatimaron en los invitados. Y, por supuesto, sobre la apariencia. Las damas se agrupan por intereses, eligen una víctima contra la cual “se unen” ese día y… discuten.
Mientras tanto, las obras del artista famoso quedan sin atención.
Ah, casi lo olvido. Existe una casta aparte: personas que sueltan frases como: “Con dos ligeras pinceladas el artista logró…”, “La teoría del color que sustenta el estilo puntillista…” y así sucesivamente. Ya entienden mi idea. Estas personas son demasiado inteligentes para difundir su visión de lo bello, por eso se apoyan el mentón con un dedo y se quedan horas frente a un solo lienzo, y solo reaccionan cuando el guardia anuncia que la galería cierra por la noche.
Y entonces miro a Valera. Un viejo en el cuerpo de un joven, ¿qué lo habrá quebrado así?
Bueno, hay que hacerse notar.
—Ah, aquí estás, pensé que te habías escapado.
—¿Es tu obra?
—Ajá —¿de verdad va a preguntar qué está pintado ahí? Muuerdo una manzana verde, jugosa y deliciosa. Valera se tuerce involuntariamente, como si él mismo la hubiera mordido y resultara tan ácida que hasta le apretara las mandíbulas. —Es dulce, ¿quieres?
—No, gracias. —Me encogí de hombros. No, pues no.
Él observa con interés el taller. Sí… El piso me tocó de manera especial. Fue un regalo que un miembro del partido hizo a mi abuela. Eso según sus palabras. Si realmente fue así, es otra cuestión, porque todo lo relacionado con mi abuela está envuelto en misterio y un aire de cuento. La distribución es muy curiosa. El edificio tiene cinco plantas, pero con una torre añadida, un “neoclasicismo soviético” en toda regla. Para la abuela acondicionaron este espacio: construyeron la escalera, pusieron calefacción… en fin, un taller.
No sé por qué a Valera le interesa de dónde saqué este piso, pero no me importa… lo introduzco en los secretos de la familia Abramovich.
—¿Tu abuela es rica?
—Bueno… digamos, normal. Se lo dieron por ciertos méritos —respondo mientras mastico la manzana.
—¿Y en qué se especializa?
—En el arte de la resistencia.
—¿Qué?
—Es largo de explicar, y a veces ni yo entiendo por qué hace tal o cual acción. No vale la pena meterse en esos vericuetos, sobre todo de noche, que luego uno duerme mal. Hay que formular la idea de su obra de manera breve. En todo caso, si te interesa conocer su trabajo, búscalo en Google. Yo solo puedo darte un ejemplo llamativo: el performance “Pulso0”, que tuvo lugar en los años 70. Mi abuela permaneció inmóvil durante seis horas, mientras la gente que acudió a verla podía hacer con ella lo que quisiera, usando los múltiples objetos que estaban a su lado.
—¿Y qué objetos eran?
—De todo tipo… Entre los más peligrosos: un cuchillo, una pistola… estaban clasificados por categorías.
—¿Y el sentido de ese performance?
—Comprender hasta dónde puede llegar una persona que tiene poder sobre otra. No recibe resistencia, dispone de diferentes instrumentos, a veces las acciones se vuelven colectivas… Es un aspecto más moral y psicológico.
—¿Hicieron cosas inmorales?
—Variadas… Al ganar confianza, la gente empezó a mostrar más agresividad. Poco a poco el juego de desvestir y vestir ya no satisfacía a la multitud, querían sangre. Primero arrancaban espinas de las rosas y pinchaban con ellas, luego usaron el cuchillo… hacían cortes en el cuerpo y los tapaban con tiritas. Y cuando tomaron la pistola… la seguridad detuvo el performance. Y cuando mi abuela, al terminar, se acercó a la multitud, la gente se asustó…
—¿Por qué? Si sabían que estaba viva.