Ella apareció en mi vida

9.

Valeri

Todo en los dibujos de la pared es hermoso. Transmiten positividad, alegría, decoran y regalan buen ánimo. Pero… a mí me oprimen, me aplastan con su realismo y me recuerdan a alguien que ya no volverá… Quema en el pecho. Duele pensar que… nunca lo verá.

¡Basta! Es hora de calmarse. Entender que no soy culpable, que no fue mi decisión, que no podía detenerlo ni impedirlo. ¡Ya! Nada me une a ella.

Dicen que las personas no cambian… Pero ella sí cambió, mucho.

Nos conocimos el primero de septiembre y nos hicimos amigos desde el primer segundo. La dulce niña Lyuba… Dos trenzas, enormes lazos que el viento agitaba con gracia. Pasamos los once años de escuela en el mismo pupitre, el primer beso con ella, el primer sexo con ella… Y toda mi vida quise pasarla a su lado. La amaba sin medida, los demás eran “nadie”, simples personas, y ella… la Diosa de Todo.

Nuestros padres no podían dejar de alegrarse por semejante amor y fidelidad. Siempre juntos. Siempre los dos.

Dibujábamos en cualquier ocasión corazones tontos: “Valera + Lyuba = Amor”… Nos sonreíamos con picardía, como si guardáramos un secreto compartido.

Estudiamos en la misma universidad, aunque en distintas facultades. Yo en Derecho, ella en Finanzas. Nos envidiaban… Claro, una pareja tan bonita…

Todo se vino abajo como hojas de otoño. Solo quedó el tronco desnudo del árbol. Vacío.

—Eh, hola, te extrañé —me arranca del “mundo pasado” la agradable voz de Sasha.

—No —respondo con brusquedad.

—Vaya, alguien tiene un mal día.

—Alguien tiene una vida que no salió bien —concluyo mis pensamientos, comprensibles solo para mí.

Sasha frunce el ceño. Recorre mi rostro con la mirada, intentando entrar en mi interior, pero ya no dejaré pasar a nadie. Basta.

Ante mis ojos se agitan las imágenes brillantes de las paredes, como si la mente se burlara de mí. Quise apretar los puños, levantar la cabeza y gritar con todas mis fuerzas.

Veo que ella contiene el deseo de hablar. Se traga las palabras, entendiendo lo inútil de sus consejos. Y le estoy agradecido.

Ella simplemente espera a que yo mismo diga el motivo de mi llegada. Yo mismo.

Respiro hondo, la rabia retrocede y aparecen rayos de luz. Su luz.

—Tenemos que ir a la comisaría antes de que termine la jornada. El investigador llamó y pidió recoger la resolución de rechazo para iniciar el proceso penal. Una copia debe quedar contigo, por si acaso…

—De acuerdo, vamos —Sasha se encoge de hombros. Se acerca a los chicos, les dice algo y ellos asienten comprensivos.

Luego se quita el mono protector manchado de pintura, lo guarda en una bolsa y después en la mochila. Se pone su sudadera informe y se acerca a mí.

—Estoy lista. ¿Vamos?

Me giro en silencio y camino. Siento su presencia en mi espalda. De ella emana calor, como de una estufa. La tensión se disipa. Como si todos los indicadores internos de ira, tristeza…, en fin, de lo negativo y depresivo, se hubieran puesto a cero.

Casi llegamos a la puerta principal, cuando escucho un grito infantil:

—¡Sashka!

Me vuelvo y veo salir de la esquina del edificio a un niño delgado, de unos ocho años, con un pijama desgastado estampado con coches amarillos y botas sobre los pies descalzos.

Sasha también se detuvo, se giró hacia él, puso las manos en la cintura y dijo:

—Platón, ¿por qué no estás durmiendo?

El niño corre hacia ella, se nota que tenía tanta prisa que hasta se quedó sin aliento.

—A… a, ¿a dónde vas?

—Tengo que hacer unos trámites.

—¿Vas a volver? —el niño se queda de pie, sin saber dónde poner las manos. Está nervioso. Su rostro pálido contrasta con unos ojos enormes, de un azul brillante, aunque él mismo es moreno.

—Platón —Sasha se acerca y lo abraza—, claro que volveré. ¿Somos amigos, verdad?

—Sí —confirma, escondiendo la cara en su vientre y abrazándola por la cintura—. ¿Y ese no te hace daño? —asoma la cabeza por detrás de ella y me mira desafiante.

—No —responde riendo—, al contrario. —Y enseguida adopta de nuevo la pose severa de “manos en la cintura”—. No me cambies de tema, dime por qué no estás durmiendo. Luego Olga Petrovna me va a reprochar que no respetas el horario.

—Es que se quedó dormida, y yo me escapé del grupo.

—Ay, nos van a dar un buen azote —Sasha niega con la cabeza—. Corre de vuelta. ¿Qué quieres que te traiga la próxima vez?

—Nada… Tú misma ven. —Se nota que el chico está muy encariñado con ella.

—¿Qué pasa? No te pongas triste. El fin de semana, ¿quieres que vayamos al parque? ¿O al tiro al blanco?

—¡Quiero! —Platón se anima—, ¡quiero ir a todos lados! ¡Y algodón de azúcar!

—Tendrás tu algodón, pero compórtate bien, si no la directora no te dejará salir.




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