Ella apareció en mi vida

15.

Valeri

Sujetar su mano es agradable. Siento algo ligero y vibrante, como si en la zona del corazón se encendiera un calor. Como si una armadura densa se hubiera agrietado y un tenue rayo de luz encontrara su camino.

Pero todo dura apenas unos segundos.

Salimos al salón principal. Aquí las sensaciones son distintas, otra energía. El estruendo de la música y el murmullo de las voces me sacan de esa ola. Simplemente avanzo hacia la salida, abriéndome paso como un rompehielos. Siento cómo ella aprieta más fuerte mi mano, como si temiera perderse. Giro la cabeza hacia ella. Los focos tiñen todo de colores diferentes, pero en medio de esa feria de luces alcanzo a ver en sus ojos color chocolate un brillo juguetón, y en sus labios una leve sonrisa.

Atravesamos el salón como un huracán. Veo claramente la salida y no percibo obstáculos. Pero de pronto Sasha se detiene bruscamente.

—¿Qué pasa? —le pregunto, girándome hacia ella.

—Mi abrigo, tengo que recogerlo.

Ya con la luz normal la observo de pies a cabeza. Ese vestido, que antes me parecía algo atrevido, bajo las lámparas de luz blanca resulta aún más… más… y no oculta ni sus largas y hermosas piernas, ni su cintura fina, ni un busto generoso.

—Claro —aparto la mirada y señalo hacia el guardarropa.

Ella avanza primero, yo la sigo detrás. Intento mirar al suelo, pero inevitablemente mis ojos se elevan hacia esas “noventa” y siguen su movimiento.

Sasha entrega el número y le pasan un abrigo blanco de bouclé. Lo tomo, lo despliego y la ayudo a ponérselo.

—Gracias —dice. Es una persona muy orgánica. No hay sobreactuación ni coquetería, simplemente acepta las cosas como corresponde. Valoro en la gente la capacidad de distinguir el momento en que se puede cruzar la frontera de la realidad y cuando conviene permanecer siendo uno mismo, sin interpretar un papel. Este es justamente uno de esos momentos.

Involuntariamente recuerdo a Lyuba. Ella siempre jugaba conmigo el papel de débil y poco activa, me cedía la palma de la victoria. Solo era ella misma en el trabajo. Una auténtica “tiburona” que, escalando la carrera profesional, arrasaba y devoraba a todos los que se interponían en su camino.

Lo supe demasiado tarde. Igual que su decisión tomada por cuenta propia. Compartimos, fuimos amigos, vivimos, nos amamos durante más de veinte años…, desde el primer grado…, pero en realidad todo eso fue solo de mi parte. De la suya hubo cálculo exacto… Yo era “cómodo”. Esa palabra se incrustó en mi memoria como una bala y lleva más de seis meses allí.

—¿Vamos? —me pregunta Sasha, devolviéndome a la realidad.

—Vamos.

Salimos a la calle. Hace bastante frío. Al fin y al cabo, estamos a mediados de octubre.

Sasha se envuelve en su abrigo. Sí, el vestido no le da calor. En fin…, no hay nada que calentar. Esa tela que le cubre desde el pecho hasta la mitad del muslo solo serviría en un calor de treinta grados.

Me siento como un abuelo que refunfuña y se lamenta de que la juventud de hoy no es la misma que en su época.

Nos acercamos al coche, le abro la puerta. Ella se desliza rápidamente dentro, dejando tras de sí un ligero aroma de algún perfume. Un olor femenino, como un cóctel de frutas.

Rodeo el coche y me siento a su lado.

No sé qué decir. No tengo derecho a reprochar ni a dar consejos, al fin y al cabo, soy nadie, un hombre cualquiera. Que la haya ayudado… Bueno, cualquiera ayuda a cualquiera. El martes pasado le di unas monedas a un borracho, y ni se me ocurrió reprocharle o darle lecciones de vida. O das, o mandas al diablo, pero no te metes en su vida.

Y ahora pienso que es un caso parecido.

Si estuvo en ese club, es porque fue su elección.

Claro, eso lo dice el ángel en mi hombro derecho, mientras el diablillo en el izquierdo susurra lo contrario.

Arranco el coche y conduzco hacia la casa de Sasha. Aunque no está muy lejos. El club está casi en el centro.

—¿Descansas en el club después de una semana dura de trabajo? —ojo, esa pregunta no la hice yo. Ella parece provocar a mi diablillo para que empiece a lanzar preguntas en respuesta.

—Un amigo me invitó, no nos veíamos desde hacía un par de meses, decidimos ponernos al día. ¿Y tú? ¿Qué hacías en el club? —y enseguida me contradigo—. Aunque no tienes que responder. Ya se entiende lo que puede hacer una chica joven sola en un club.

—¿Y qué sería?

—Buscar aventuras para su… —giro la cabeza hacia ella y me topo con la indignación en sus ojos. Se vuelve medio de lado, cruza los brazos y me taladra con la mirada—. ¿Qué…? ¿No acerté?

—Imagínate que no. Yo estaba trabajando allí.

—¿Cuándo? ¿Y de qué? —no me cuadra su profesión con lo que se puede hacer en un club—. Tú eres artista, ¿o tienes talentos ocultos?

—Bueno, talentos tengo de sobra, pero en el club trabajé justamente en mi especialidad. ¿Viste las paredes? Pues la idea entera fue pensada por mí. Diseñadora, o artista decoradora, dicho en grande, pero este proyecto fue mi primero y espero que no el último. Aunque…, también se pueden pintar cuadros, solo que de esos que vendes uno por un par de millones y luego te dedicas a atrapar a la Musa.




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