Ella apareció en mi vida

16.

Valeri

No quiero dejar a Sasha. Con ella es interesante. Es como abrir una cortina hacia otro mundo. Parece normal, pero al mismo tiempo tiene algo de mágico. Mis padres son comunes: se conocieron, se enamoraron, se casaron…, luego nací yo. En resumen, todo como en la mayoría de las familias promedio.

Aquí, en cambio, es otra historia. Una vida bohemia, pasiones al estilo español, rarezas en la crianza, algo más allá de mi realidad cuadriculada.

Apago el motor y me giro hacia ella.

—¡Ah…! —exclama Sasha—. Tienes sangre. Déjame ver. —Se acerca más y acerca su rostro al mío. Frunce las cejas, aprieta los labios, luego los muerde suavemente, y finalmente extiende la mano y toca mi labio partido.

—Sss… —siseo por la sensación desagradable. No es un dolor insoportable, de esos que te llenan de estrellitas en los ojos, pero sí bastante incómodo.

En ese momento Sasha está tan graciosa. Junta las manos como en oración y empieza a lamentarse:

—Perdón, perdón, perdón… ¿Duele, verdad? Vamos a mi casa, lo curamos. Nunca se sabe, quizá ese idiota esté enfermo de rabia… de ardilla.

—¿Y por qué de ardilla?

—De niña me mordió una ardilla, parece que salió a flote un trauma psicológico infantil.

—Así que por eso te lanzas sobre la gente… Seguro la ardilla que te mordió pertenecía a un comando especial del bosque —sonrío involuntariamente ante mi propia fantasía.

—Muy gracioso. Nosotros siempre alquilábamos una casa de campo en verano, y cerca había un bosquecillo de pinos lleno de ardillas. Yo era pequeña, tendría unos seis años, y me moría de ganas de tirar de su cola peluda y rojiza… bueno, lo hice. Y ella, loca, se giró y me mordió la mano. Mira, aquí está la cicatriz —Sasha me pone su mano delante de la cara.

¿Y qué puedo distinguir en el coche, con la luz tenue de la farola? Exactamente nada. Qué curiosa. Ella lo cuenta tan apasionadamente, como si estuviera otra vez en aquel bosque, reviviendo esos momentos. La observo con una leve sonrisa, ella interrumpe su relato y me pregunta:

—¿Qué?

—Nada. ¿No te pasa que conoces a alguien solo unos minutos y sientes que lo conoces de toda la vida?

—¿Algo así como: nos conocimos en una vida pasada, reencarnación, destino y todo eso? —asiento. Ella lo enumera con tal naturalidad, como si fuera algo obvio y familiar. Y entonces suelta la respuesta: —¡No! Todo eso es tontería.

Otra vez se me dibuja una sonrisa en los labios.

—¿Cómo puedes sonreír así? Se te volvió a abrir la herida en el labio y sangras otra vez. Desastre humano.

—Y lo dice la que al inicio de la semana terminó en la policía y al final casi en el hospital. Por cierto, ¿quién te enseñó a saltar como monita sobre hombres enormes? ¿Y si se hubiera girado y te hubiera golpeado? Además, ¿qué le hiciste para que rugiera como un orangután herido?

—¡Uf, cuántas preguntas! Respondo a la última. ¿Listo? Escucha: lo mordí.

Me quedo en shock. Abro los brazos.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—En la oreja —responde Sasha con calma.

—Increíble… Eres una auténtica salvaje, en eso estoy de acuerdo con ese tipo. En todos mis años, es la primera vez que conozco a alguien tan… emm…

—¿Una loca urbana?

Su espontaneidad me derriba al instante. ¿Cuánto tiempo llevaba sin sonreír? Medio año, seguro. Y ahora basta mirarla para reír. Cada frase suya es una sonrisa.

—Otra vez te sangra el labio. Pareces un vampiro que acaba de cenar bien.

—No pasa nada, sobreviviré. No se me va a acabar toda la sangre.

—Ven a mi casa, lo curamos.

—No —habla en mí el buen chico de mamá—, ya es tarde para visitas, son las dos de la madrugada.

—No te preocupes, no voy a atentar contra tu honor. Vamos, vamos —abre la puerta con energía y salta a la calle—. Anda, mueve los pies, que todavía tengo que recordar el curso de primeros auxilios que vi en la escuela. Y me salté un par de clases, así que no estoy segura de saber mojar bien el algodón con agua oxigenada y aplicarlo en el labio. Toda una ciencia.

Me dejo llevar por sus encantos, de verdad. El niño bien educado que llevo dentro entiende que los hombres adultos no van a casa de chicas guapas de noche “porque sí”… pero tengo el labio roto. ¿Qué mejor excusa?

Y Sasha además me provoca. Abre la puerta del edificio y hace un gesto invitándome a entrar.

Salgo, cierro el coche y me dirijo hacia ella.

No planeo nada raro ni pienso meterme en su cama. Pero dentro de mí siento como si estuviera traicionando a alguien. Porque sin Lyuba nunca iba de visita a nadie.

Maldita costumbre. Tengo que aprender a frenarme y bloquear esos sentimientos inútiles.

Mientras tanto subimos al piso de Sasha. Ella abre la puerta y me deja pasar. Enciende la luz del recibidor.

—Quítate la chaqueta y ve a lavarte. El baño está allí —me señala hacia el pasillo oscuro—, yo mientras me cambio y busco el botiquín.




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