Valera
—Uuuu… —murmuro, escondiendo la cara en la almohada.
—¡Arriba, dormilón! —escucho la voz agradable de Sacha. Sé que está sonriendo.
Vaya situación incómoda: quedarme dormido en casa de una chica a la que apenas conozco. Giro la cabeza hacia ella y abro un ojo. El sol brillante me deslumbra, no me deja acostumbrarme rápido a la luz. Vuelvo a hundir la cara en la almohada.
—Valer —dice Sacha, sentándose a mi lado en el sofá—, no te despertaría, pero tengo planes.
—Sí, sí, claro, ya me levanto. ¿Qué hora es?
—Las diez menos cuarto.
—¡¿Cómo?! ¡Madre mía! —me incorporo de golpe—. Nunca me he despertado tan tarde, las siete de la mañana es mi límite.
—¿Eres madrugador?
—Como ha demostrado la vida… más bien un pájaro carpintero —me froto la cara con las manos, intentando espantar la somnolencia y ponerme en marcha para el día.
—Jajaja… —ríe Sacha—. La autocrítica es el primer paso para quitarse de encima obstáculos inútiles y liberarse de las cadenas del pasado.
—¿Tú crees?
—Estoy segura. —Ojalá yo pudiera tener al menos un diez por ciento de la seguridad en el “mañana” que Sacha tiene en el “hoy”.—. Y ahora, ve a lavarte y ven a la cocina. Te he preparado el desayuno, te doy de comer y luego te echo con la conciencia tranquila.
—Voy —me levanto del sofá y me arrastro hacia el baño.
Me miro en el espejo. Sí, vaya pinta. Cara adormilada, tan arrugada como mi ropa. Menudo guapo. Abro el grifo, lleno las manos de agua fría y me la echo en la cara… qué placer.
Un par de minutos después entro en la cocina. Solo ahora me fijo en que Sacha lleva otra vez esa camisa enorme, el pelo recogido en un moño y los pies descalzos.
Ella oye mis pasos, gira la cabeza y me mira por encima del hombro.
—Venga, pasa. Siéntate —me indica con la mano hacia la silla.
En la mesa hay un plato con tostadas, una tortilla con jamón, hierbas y queso, un vaso de zumo, y de repente aparece delante de mí también una taza de café. Sacha se sienta enfrente. Unta una tostada con mantequilla y me la ofrece. La cojo casi sin pensar; es una situación que no diría que es rara, pero sí demasiado familiar… No, con Liuba nunca teníamos desayunos así, nuestros horarios de trabajo eran distintos… Todo era a la carrera, y aquí… siento un calor especial en el alma.
Sacha unta otra tostada y la muerde con enorme placer, se relame, y me parece que incluso ronronea como una gata satisfecha, mientras lo acompaña con su café.
—Si te quedas mirándome, te vas a quedar sin comer —levanta los ojos hacia mí, con una sonrisa pícara en los labios.
—Perdona si te incomodé. Si tienes prisa, puedo llevarte en coche, no me cuesta nada. ¿Dónde necesitas ir?
—Al orfanato. Hoy le prometí a Platón que lo llevaría a la galería de tiro infantil. Es un complejo de ocio enorme, con tres plantas llenas de diversión para niños. Espero que le guste.
—A mí también me habría encantado… De pequeño mi madre me llevaba mucho al parque. Me fascinaba la noria. Me daba una sensación increíble de vuelo y libertad. En la infancia todo parece mágico —concluyo con cierta tristeza.
—¿Quieres venir con nosotros? Si el señor abogado de oficio no tiene asuntos más importantes… —gesticula divertida, agitando en el aire la tostada mordida.
La miro con atención, y en mi cabeza chirrían los engranajes. Surge la pregunta: «¿Y por qué no?». Y enseguida mi boca responde:
—Quiero. Solo necesito pasar por casa, ponerme algo más cómodo y menos arrugado…
—Vale. Tú termina de desayunar, yo voy a cambiarme.
Sacha se levanta, lava su taza y desaparece.
Yo me concentro en mi desayuno.
Termino rápido todo lo que queda en mi plato y lo acompaño con el café. Me levanto, recojo la vajilla y la llevo al fregadero. Me quedo unos segundos mirándola, luego abro el grifo y empiezo a lavar. ¿Que esto no es cosa de hombres? Para mí ya es costumbre: no soporto tener cosas de más en casa, ni migas en la mesa ni platos sucios en la pila. Con lo demás soy más tolerante, pero esto son mis manías. En ese sentido, Sacha está perfecta: no vi en ella afición por trastos ni espacios abarrotados. Todo es minimalista. Y, lo más importante, limpio.
No escuché, por el ruido del agua, cómo se acercó. Me rodeó la cintura y miró de lado lo que estaba haciendo.
—¡Vaya, eres un buen fichaje! Para coger y no soltar. En cambio Tishka, un amigo suyo, jamás recogería nada. Un desastre total.
La mención de Tishka me incomodó. Aunque, en teoría, debería darme igual.
—Ya está —le digo a Sacha. Ella se aparta y me tiende una toalla para las manos.
—Vamos.
Nos calzamos rápido, nos ponemos los abrigos y salimos al patio. Subimos al coche y nos dirigimos a mi casa.
Para ser una gran ciudad, vivía relativamente cerca: unos diez minutos en coche. En el trayecto intercambiamos un par de frases, luego puse la radio y permanecimos en silencio hasta llegar.