Ella apareció en mi vida

19.

Sacha

La fiesta está en pleno apogeo. Los animadores han organizado concursos divertidos y los niños están totalmente entregados. Distingo entre la multitud el rostro de Platón. Se nota que no está aquí, no en la fiesta. Gira la cabeza de un lado a otro, y entiendo que me está buscando. Eso me toca lo más profundo… En estos meses me he encariñado mucho con él, y él conmigo también. Nos hemos vuelto más cercanos que amigos, aunque aún no somos familia. Sé que nunca seré para él una Mamá con mayúscula, pero sí una hermana, aunque sin lazos de sangre. Sé amar… y eso es lo más importante.

Entonces me ve, y su sonrisa se abre de oreja a oreja. Le señalo con el dedo a la directora y muevo los dedos en el aire imitando pasos. Lo entiende y asiente.

Me abro paso entre la multitud de trabajadores del orfanato, invitados, organizadores, animadores, e incluso hay un equipo de grabación. Me coloco detrás de la directora y, acercándome a su oído, susurro:

—Ana Grigórievna, buenos días. —Ella se sobresalta y gira la cabeza hacia mí.

—Hola, hola, ¿qué quieres, Alexandra?

—¿Puedo llevarme a Platón? Le prometí que hoy iríamos a la galería de tiro infantil.

—¿Así que por eso está preparado desde primera hora? ¿Y cómo voy a dejarte al niño si la fiesta está en pleno auge?

—¿Quién lo va a notar? Todos están tan entretenidos que uno más, uno menos…

—¿Y los regalos? ¿No están contados?

—Ana Grigórievna, por favor… —alargo la voz con tristeza y pongo una carita suplicante.

—Ay, Sacha, ¡qué alborotadora eres! Llévatelo… me estás malcriando al chaval, ¿y luego qué?

—Todo irá bien, usted lo sabe.

Ella solo suspira con tristeza y mueve la cabeza de un lado a otro. No confía en mí, o quizá no cree que pueda vencer al sistema y sacar al niño. Al principio intenté convencerla, pero luego decidí que lo que cuenta son los resultados, y en eso estoy trabajando.

Durante toda nuestra conversación, Platón nos observaba. Al conseguir el permiso de la directora, le hice una señal de “ok” con el pulgar y le indiqué hacia dónde podía salir del salón.

Platón sale corriendo al pasillo y empieza a saltar de alegría.

—Más despacio, más despacio —le digo sonriendo. Lo agarro de la mano y lo llevo primero al grupo para que se vista, y luego salimos a la calle.

Salimos por la entrada principal y corremos hacia la verja, pero en cuanto Platón ve a Valera, su sonrisa desaparece, se pone serio y frunce el ceño.

—¿Y este qué hace aquí?

—Valera se ofreció como nuestro conductor —improviso rápido—. ¿Qué pasa? Es un buen chico, normal. —Tengo que lograr que se caigan bien. No siento que sea la primera y última vez que se ven; quiero que se hagan amigos. ¿Por qué? Ni yo lo sé… simplemente ahora me parece importante.

—¿Va a venir con nosotros?

—¿Y tú estás en contra? —Platón se queda pensando, observando a Valera con atención.

—No, no estoy en contra, que venga —da su permiso. Aunque en realidad vamos en su coche y es él quien nos lleva, no al revés. Pero bueno, es solo una nota mental.

Valera también parece haber pensado en esa cadena lógica: coche–él–conductor, pero se calla y solo sonríe con discreción.

—Pues entonces, bienvenido a bordo de nuestro barco de hoy —dice, abriendo la puerta del pasajero para Platón.

—¿Qué barco? —pregunta Platón intrigado, con la boca abierta.

—Imaginemos algo mágico. Por ejemplo, que es una nave espacial que nos llevará a otro mundo.

Platón se sube al coche y, con aire de persona experimentada, dice:

—Ya no soy pequeño, no creo en cuentos.

—¿Y en Papá Noel? —pregunta Valera.

—Aquí hasta los más pequeños saben que Papá Noel es la encargada Gavrilovna disfrazada —y pone una cara tan seria que no puedo evitar soltar una risita, aunque escondo la sonrisa mordiéndome el labio.

—Seguro que es una atleta, si consigue recorrer todo el planeta y felicitar a todos los niños del mundo.

Platón frunce el ceño, probablemente intentando imaginar cómo Gavrilovna, con su complexión, podría recorrer semejante distancia. Mientras él se queda pensando, Valera cierra su puerta y abre la mía.

—Gracias —me deslizo rápido y me siento en el asiento.

Valera rodea el coche y se sienta al volante.

—¿Y cómo lo llamamos? —pregunta Platón desde el asiento trasero.

—¿A quién? —pregunta Valera, girándose hacia él.

—Pues al barco… el mágico.

—Ah… ¿Tienes alguna idea?

—Que se llame El Feliz.

—Excelente elección. Bien, el capitán de la nave El Feliz les da la bienvenida a bordo. Abróchense los cinturones, y en marcha.

Me inclino hacia atrás para ayudar a Platón a abrocharse, luego me aseguro yo y levanto la mirada hacia Valera. Está relajado y parece contento. Me alegrará si hoy consigue soltarse un poco y compartir con nosotros la ligereza del momento, disfrutando de la alegría.




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