Sacha
Cierro la puerta del portal y me apoyo contra ella. En mis labios hay una sonrisa tonta, y por dentro un huracán. No son mariposas, es más bien un grito que quiere salir y resonar por todo el edificio. Me da igual que sea tarde, quiero compartir mi alegría con todos, y solo la presencia de las vecinas gruñonas me frena. Así que suelto apenas un chillido de felicidad.
Echo a correr, saltando varios escalones de golpe, y llego a mi piso.
Es maravilloso cuando los deseos coinciden con la realidad. Me gusta un chico, y yo le gusto a él… ¡genial!
Entro en el piso y me pongo a bailar el baile salvaje de la tribu Tumba-Yumba. Si Valera me viera ahora, seguro pensaría que estoy loca. Pero yo soy así: abierta, sin esconder emociones, empática, intentando hacer el mundo un poco mejor. No sé si siempre lo consigo, pero… ¿quién, si no yo?
A mi alrededor hay mucha gente buena, con ganas de hacer algo por este mundo para no sentirse vacíos. Y yo sé cómo. Soy su motor. Encuentro formas, ideas, métodos para dar vida a sus pensamientos y convertirlos en realidad.
A mi madre siempre la agobiaba mi energía. Ella, por naturaleza, es melancólica, y no soportaba mi inquietud infantil. Podía pasar horas contemplando un dibujo primitivo hecho por algún artista de una tribu africana, buscando en él mensajes ocultos, significados cifrados, un segundo fondo… Pero tiempo para mí tenía muy poco. Puede que me quisiera, pero nunca me lo dijo. Muchas veces tanto ella como mi abuela contaban que habían pensado en no tener hijos. Pero… mi abuela tuvo a mi madre, y mi madre me tuvo a mí.
Después de soltar todos los pasos que conozco, me escondo en el baño. Necesito enfriarme, o no podré dormir.
Pero apenas apoyo la cabeza en la almohada, me voy al mundo mágico de los sueños. Allí todo ocurre como yo quiero. Sin los sermones interminables de mi abuela sobre cómo deben comportarse las verdaderas damas; sin mi madre, con sus opiniones peculiares sobre las relaciones; sin el odioso padrastro que sueña con meterse en mi cama… Allí solo estamos Valera y yo. Y hasta en sueños me alegra que él, aunque de esta manera, haya aparecido en mi vida.
El domingo por la mañana me recibe con energía positiva. Con entusiasmo me pongo a limpiar, pongo la lavadora y pienso si vale la pena cocinar o seguir con bocadillos…
En algún rincón del piso suena el teléfono. Corro a buscarlo. En la pantalla aparece “Abogado”.
—¡Hola! —la alegría me desborda.
—Hola, Sacha. ¿No te desperté?
—Soy un ave madrugadora, no puedo dormir mucho. Cosas que hacer…
—Ya veo. Resulta —uy, no me gusta cómo empieza esa frase— que tendré que irme.
—¿Por mucho tiempo?
—No lo sé… al menos una o dos semanas.
—¿Un caso complicado?
—Peor, un cliente problemático.
—¿Y podrás domarlo?
—Lo intentaré —lo escucho sonreír—. Tengo inmunidad contra ellos.
—¿Qué tipo de inmunidad?
—Ellos no me pagan directamente el sueldo, así que puedo decir lo que pienso. Y mi jefe puede gruñir, pero no me despedirá.
—¿Por qué?
—Porque es mi padre.
—Oh… Qué bien. ¿Tenéis una relación familiar cercana?
—Sí. Como todos.
—Añade mejor: “Como en todas las familias normales”. Se puede vivir en el mismo piso con los padres y aun así sentirse solo e innecesario. Y pasa muy a menudo… Los adultos se centran en sí mismos, en sus problemas personales, en lo que no funciona en su vida, y relegan a sus propios hijos al puesto número cuarenta y ocho en importancia. —En ese momento empieza a pitar la lavadora, avisando de que ha terminado.
—¿Qué suena tan desagradable?
—La lavadora. Presume de que ya acabó. Ahora la apago y voy a colgar la ropa.
—Entiendo. Yo también voy a preparar mis cosas y documentos. Pronto llegará la secretaria con los billetes y los papeles del cliente.
—Bueno… entonces llámame cuando tengas tiempo y ganas.
—Por supuesto. Hasta luego.
—Hasta luego.
Cuelgo, me muerdo el labio y por un minuto me quedo en estado de letargo. No sé cómo se desarrollará nuestra relación después de su viaje, pero me duele de ganas que siga adelante.
Soñar no hace daño; lo que hace daño es no soñar. Pero de sueños no se vive. Hay que preparar algo rico.
Con doble entusiasmo me pongo a limpiar y ahora también a cocinar.
Ya tarde por la noche, sentada en el sofá rendida y devorando puré con una croqueta y ensalada, veo la televisión y disfruto del trabajo hecho. En la pantalla, una melodrama empalagosa. La protagonista es incoherente, sus actos incomprensibles, y el protagonista es un tonto por correr detrás de esa loca.
La pantalla del teléfono se ilumina, y el nombre ya conocido alegra mis ojos.
—Sí —digo al contestar. Al otro lado hay mucho ruido.
—Hola otra vez. Ya estoy en el aeropuerto, quise llamarte antes de embarcar. El vuelo es largo, así que llegaré pasada la medianoche.