Ella apareció en mi vida

25.

Valera

Todo el vuelo estuve como sobre alfileres. Imaginaba y me inventaba qué podía haber pasado. Pero mi mente se negaba a dibujar algo coherente. Siempre terminaba en algún desastre, catástrofe, accidente… en fin, un horror.

El vuelo era largo, así que tenía tiempo de sobra para fantasear.

En algún momento me descubrí pensando que en tan poco tiempo ya me había encariñado con esa chica. La comunicación diaria nos había acercado, a pesar de la distancia. Ella es activa, viva, espontánea, sociable… Mi abuela seguramente añadiría: “traviesa”. Y me advertiría: “Solo cuida que no se meta en problemas”. Exactamente como el gatito llamado Gav, al que el perro del barrio, sabio por la experiencia, le decía:

—No vayas allí, allí te esperan problemas.

—¿Y cómo no ir? ¡Si me esperan…! —Y enseguida imagino la expresión de Sacha. Una risa, nada más.

¿Y cuándo logró meterse en mi cabeza, obligándome a pensar en ella cada minuto libre?

¿Qué pienso de ella en general?

Que en los últimos seis meses ha sido la única chica capaz de atraparme. Y lo más curioso es que no usó ningún truco femenino ni artimaña, simplemente fue ella misma. Ni antes de Lyuba ni después me interesó llevar a la cama a la primera que se cruzara. Sí, todo hombre tiene necesidades…, pero o pienso demasiado, o soy demasiado exigente. Cuando una mujer me lanza señales evidentes, enseguida empiezo a imaginar cómo sería. Y siempre, cien por ciento, encuentro en ella algo tan repelente que hasta la idea de intimidad me resulta repulsiva. ¿Será un problema psicológico? ¿O quizá elevé a Lyuba al rango de Diosa, y todas las demás, en comparación, me parecían vulgares y frívolas?

Ahora puedo analizar con calma todos los años que pasamos juntos. Y la conclusión… Lyuba resultó ser una manipuladora hábil, calculadora hasta el detalle. Me entrenó durante años, moldeando no a un marido, sino más bien a un esclavo capaz de cumplir todas sus fantasías. Y si no hubiera sido por aquella situación con el puesto, así habría seguido hasta el fin de mis días. Como demostró la vida, Lyuba era capaz incluso de matar por sus intereses.

—Damas y caballeros, nuestro avión ha aterrizado… —la voz del sobrecargo me arranca de mis recuerdos.

Me levanto, tomo mi equipaje y me dirijo hacia la salida. Entre los primeros me apresuro a dejar el aeropuerto.

Salgo a la calle. Son las dos de la madrugada. Oscuro, húmedo y desagradable.

Camino hacia el aparcamiento, donde hace dos semanas dejé mi coche. Lo encuentro fácilmente. Lanzo la bolsa al asiento trasero y me siento al volante. Lo primero que hago es sacar el teléfono del bolsillo y quitar el modo “Vuelo”. Y enseguida caen los SMS: que Sacha está en línea, que los mensajes fueron leídos, que incluso llamó. ¡Qué milagro! En cuanto te vea, te daré un azote y te pondré en la esquina.

No había terminado de imaginar todas las formas de castigo, cuando en la pantalla aparece el rostro sonriente de Sacha.

—Sacha, ¿dónde te has metido?

—Hm… Eh… Le habla el teniente Koryaguin, según entiendo usted conoce a la dueña de este teléfono.

Todo dentro de mí se desplomó. Y otra vez en mi cabeza imágenes cada vez más horribles.

—¿Qué le pasa? —pregunto con voz fúnebre al teniente.

—Nada, llevan dos días gritando en la celda, la cabeza me estalla —empieza a quejarse. Yo rápidamente me pongo a razonar.

—Ahora, breve y al grano —interrumpo su indignación.

—Usted está registrado en su teléfono como abogado, ¿es así?

—Sí. ¿Cuál es la acusación?

—Aquí hay toda una compañía. Arrestados por alteración grave del orden público, también se puede añadir manifestación no autorizada, y…

—En resumen, ¿el resultado?

—Se niegan a pagar la multa. Yo ya los habría soltado, pero nadie da sus datos de pasaporte. ¿A nombre de quién redacto la sanción? ¿De Fekla Teodorova, o del Príncipe Vyazemski, y también estaba una tal Dazdraperma Maiskaya…? —no pudo contenerse y empezó a reír—. ¡Y no tiene gracia!

—Perdone —intento volver a ponerme serio, pero no lo consigo del todo.

—¡Llevan un día entero cantando a gritos, me estalla la cabeza!

—Dígame el número de la comisaría, ahora mismo voy.

—La veintitrés.

Arranco de golpe y ya estoy volando a salvar a mi gatito llamado Gav. Por dentro me tranquilizo: la encontré, está viva y sana. Solo queda el deseo de castigarla un poco. No golpearla, claro, sino reprenderla. Sentía que su idea no acabaría bien.

El trayecto fue largo, al fin y al cabo, desde el aeropuerto hasta el centro no es cerca.

Entro en la comisaría y me acerco al guardia.

—Buenas tardes, ¿dónde puedo encontrar al teniente Koryaguin? Me llamó por teléfono.

—Todo recto y luego a la izquierda. Despacho diez.

—Gracias.

Voy en la dirección indicada. Encuentro la puerta rápido, la abro.

—¿Usted es Koryaguin? —pregunto al joven sentado en el despacho, de mi edad. Levanta la cabeza, los ojos cansados y rojos, como si no hubiera dormido en tres días. Además, desaliñado, despeinado… Vaya imagen.




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