Ella apareció en mi vida

26.

Valera

Entramos en la parte del edificio donde están las celdas. Entiendo que aún queda un buen tramo por recorrer, pero ya escucho el alboroto que viene de allí. Las chicas cantan a gritos una canción gastada, la había oído en la radio, pero la verdad es que la interpretan bien, eso no se puede negar. El teniente abre la puerta y me deja pasar primero. Ahora puedo distinguir las palabras, justo empieza el estribillo:

When I'm down, you can bring me up

Up, up, up, up,

And when I'm hurt, you know I don't need much,

You can use that magic touch.

—Creo que es Inna – Up…

—¿Qué? —me mira con ojos vidriosos, como sin ver.

—La cantante, digo, la que canta esta canción. Creo que se llama Inna —¿por qué me pongo a explicar esto…?

—Aaaah —responde el teniente arrastrando las palabras—. Esta noche he escuchado de todo. Como si fuera Hot-FM, malditos sean.

Nos acercamos a la celda. Sacha está de espaldas sobre un banco de madera, moviendo las caderas al ritmo de la canción que canta… Miro alrededor y… de verdad, parece un aquelarre. Allí está un zombi triste, una enfermera sangrienta… Sacha salta del banco y se gira hacia mí.

—¡Eeeeh…! —no tengo más palabras. Frente a mí está una bruja.

—Hola —se nota que Sacha está genuinamente feliz de verme. El maquillaje negro no encaja en absoluto con su sonrisa viva.

—¡A eso voy! —dice el teniente con comprensión, abriendo de par en par la puerta de la celda—. ¡Qué habéis hecho, demonios! —ya dirigiéndose a Sacha y su compañía.

En la pared hay un dibujo. Sí, un auténtico cuadro. Muy hermoso. Un mártir sentado en el prado, abrazando sus piernas, y detrás, a la derecha, un ángel; a la izquierda, un demonio. Arriba, el paraíso; abajo, el fuego del infierno… Y todo dibujado con algo negro, seguramente carbón.

—Es bonito —le digo al teniente.

—Bonito sí, pero ¿quién va a limpiar las paredes?

—Cuando sea famosa, luego tendrán que derribar la pared para vender este mural por un par de millones.

—¿Ah, sí? —el teniente se queda pensativo y empieza a frotarse la barbilla. Seguramente ya está gastando mentalmente los millones de la venta.

—¿Y tú quién eres? ¿Fekla o Dazdraperma? —le pregunto a Sacha. No puedo contener la sonrisa, por más que lo intento.

—¡Soy Morticia Addams!

—Ajá, eso pensé… si supiera quién es.

—¿Y cómo apareciste aquí?

—Yo llamé —interviene el teniente—. ¿Se los lleva a todos, o solo a esta? —ya dirigiéndose a mí.

Miro a Sacha, que en un instante pasa de bruja a gatita cariñosa con súplica en los ojos. Entiendo perfectamente su mensaje: tendré que llevarme a todos en conjunto.

—A todos —respondo al teniente.

—¿Y a nombre de quién pongo la multa? Ninguno tiene documentos.

—Ponla a mi nombre —y solo me queda suspirar pesadamente.

—¡Todos afuera! —anuncia Koryaguin—. Marchen a mi despacho.

Todos obedecen. La última en salir es Sacha. Vaya, su disfraz es impresionante. Un vestido negro hasta el suelo, con una abertura en la pierna hasta lo indecible, y un escote que no deja lugar a la imaginación. En la cabeza, un largo velo de encaje negro. No sé qué clase de Addams pretende ser, más bien parece una monja libertina o una bruja seductora que arrastra al justo hacia el pecado. Mi mente empieza a lanzar imágenes cada vez más atrevidas. Y el hombre dentro de mí, al apreciar las curvas de su cuerpo perfecto, desea besarla ya no de manera infantil, como aquella vez en el coche, sino con toda la pasión. Uf… necesito calmarme, o no podré hablar con el teniente.

—Te queda bien —le ofrezco la mano.

—A mí todo me queda bien, lo que sea que me ponga —y su expresión es tan pícara que parece haber descifrado todas mis fantasías. Acorta la distancia entre nosotros, me rodea la cintura con el brazo, se eleva un poco y me besa en la mejilla. —Te extrañé —susurra en mi oído.

—Desde fuera podría parecer que estabas de fiesta a lo grande —digo, señalando el lugar.

—Lo importante no es aquí —repite mi gesto—, sino aquí —me coloca la mano en el pecho.

Oh, cómo me gustaría poner la mano en un pecho, pero no en el mío, claro. Sacha en este momento es la tentación misma. Pero debo liberar presión, bajar la temperatura interna y salir de la comisaría; luego ya veremos.

—¿No tenías frío? —bajo la mirada hacia el escote del vestido.

—Íbamos en taxi —responde coqueta, se aparta de mí y camina con paso sensual hacia la salida.

Y entonces, un golpe bajo. Levanta con la mano el largo velo de encaje y lo echa sobre un hombro, dejando al descubierto la espalda desnuda, casi hasta la base.

—Khh-khh… —toso por la repentina avalancha de saliva en mi boca. Vaya recibimiento, y qué reencuentro tan esperado…

—¿Quieres que te dé unas palmadas en la espalda? —pregunta Sacha, girándose a medias.




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