Sacha
No sé qué queríamos lograr con aquel espectáculo de disfraces, quizá solo molestar a Roznitskaya, o tal vez apelar a su conciencia. Aunque, personas como ella caminan por caminos completamente distintos a los de la conciencia…
Los invitados al evento ni siquiera entendieron lo que intentábamos transmitir. No escucharon las palabras principales. Aplaudían y se divertían, creyendo que nuestra actuación era parte planificada de la exposición.
¿Y el resultado?
Roznitskaya llamó a la policía y nos llevaron a la comisaría.
Todo salió un poco tonto, atropellado… Espero que el verdadero dueño de los cuadros expuestos me perdone por no haber podido llevar el asunto hasta el final. Y quizá le resulte agradable que, al menos de esta manera, hayamos honrado su memoria.
Si todo esto hubiera ocurrido antes de mi entrevista, ni habría pestañeado: habría dado mis datos, pagado la multa y en un par de horas estaría en casa. Pero ahora no puedo arriesgar la frágil perspectiva de conseguir trabajo y dar un paso más hacia la adopción de Platón. Ahora respondo no solo por mí, sino también por él.
Se lo expliqué con toda sinceridad a los chicos, pero ellos, más bien embriagados por la euforia, decidieron seguir haciendo tonterías y llevar al teniente al límite. Y, como resultó, su paciencia duró poco. Solo puedo imaginar cómo llegó hasta Valera, pero, para qué ocultarlo, me alegró muchísimo verlo.
Durante estas dos semanas estuve reviviendo su imagen en mi memoria. Hacía bocetos de su retrato, sintiendo un increíble torrente de ternura. ¿Será que me he enamorado?
En cuanto di los primeros pasos fuera de la celda, no pude contenerme: abracé y besé a Valera, aunque en la mejilla. Necesito entender si le importo tanto como me gustaría.
En ese momento fue simplemente una necesidad, algo absolutamente natural, sin lo cual no se puede vivir. Su olor, su sonrisa; su mirada abierta, sin ocultar nada… Quiero perderme en ella… Sin duda, mi imagen llamativa atrapó a Valera como hombre. Todo se leía claramente en su rostro. Y a mí me atrapa el hecho de que esté aquí, cerca, resolviendo mis problemas.
Si tuviera… dieciocho años, me habría comportado de manera completamente distinta. Era explosiva, excesivamente activa, incapaz de soportar tutela o consejos. En aquel tiempo me esforzaba tanto por demostrar y mostrar a todos mi independencia y valía como persona, que habría tomado su protección como un intento de doblegarme, de invadir mi territorio.
Ahora, al llegar a mi casa, después de consultarlo conmigo misma unos segundos, acepto y entiendo que lo necesito. Mucho. Y precisamente así. Valera me gusta con locura.
—Vamos —le digo y salgo del coche.
Subimos en silencio hasta mi piso. También en silencio entramos en el apartamento.
Me parece que sin palabras todo está claro, que sobran… Las palabras obligan a prometer algo, mientras que las acciones son más honestas.
Descalza, tomo a Valera de la mano y lo llevo al baño. Recuerdo que él acaba de llegar de viaje, y yo tampoco he pasado el tiempo en un spa, así que necesitamos una ducha. Pienso que, al tomarla juntos, daremos el primer paso hacia conocernos de verdad, antes del gesto más íntimo.
Me giro de espaldas.
—Ayúdame a quitarme este velo. Está sujeto con horquillas.
Valera cumple mi petición en silencio. Lo hace con mucho cuidado, procurando no tirar del cabello. Me resulta increíblemente agradable, oleadas de escalofríos recorren mi cuerpo. Retira el velo y lo deja sobre la lavadora. Pasa la mano de un hombro al otro, aparta mi cabello hacia un lado, se inclina y besa las vértebras de mi cuello. Cierro los ojos, un calor intenso baja hacia dentro y luego me quema el corazón, que se contrae un segundo y después galopa.
—¿Seguro que quieres esto? —susurra, hundiendo la nariz en mi cabello.
—Ni te imaginas cuánto lo quiero —susurro, lamiéndome los labios secos.
Valera baja las manos a mis hombros, y el vestido empieza a deslizarse lentamente, cayendo como un trapo a mis pies.
Esto no será aquí ni ahora, así que debo encontrar algo de autocontrol para ducharnos, quitar el maquillaje y pasar al dormitorio. Me vuelvo hacia él y empiezo a desabotonar su camisa. Al abrirla, no puedo resistirme y paso las manos por su pecho. Me inclino y beso la zona de su corazón.
—Sacha… —su susurro excitado y un fuerte suspiro.
—Shhh… —pongo un dedo en sus labios y lo arrastro hacia la ducha. Abro el agua caliente y me coloco bajo el chorro.
Solo ahora me doy cuenta de que estaba helada. La piel hormiguea no solo por las gotas calientes, sino por la conciencia de que él está cerca y me observa. Le pongo en las manos la esponja y el gel de ducha, mientras yo me echo champú en la cabeza.
Valera se concentra en enjabonarme, sin dejar un solo rincón. Atrapo su mirada de admiración, me excita su cercanía.
Me enjuago la espuma y cambiamos de lugar. Repito con él lo mismo que hizo conmigo. Apago el agua y salgo de la ducha. Le paso una toalla, que se enrolla en la cintura. Pero no oculta nada… El deseo es evidente.
Me envuelvo en otra toalla, lo tomo de la mano y lo llevo al dormitorio.