Ella apareció en mi vida

30.

Sacha

Mi primer día de trabajo. Estoy más nerviosa que en la entrevista.

Se podría decir que entré en esta galería por enchufe. Aquí trabaja una excompañera de grupo. Nunca fuimos amigas. Solo un “hola-adiós”. En realidad se llama Victoria, pero prefería que la llamaran Tori. Siempre insatisfecha, arrogante… Desde el primer curso tuvimos una incompatibilidad total, casi una alergia. Sus comentarios desagradables hacia mí fueron motivo de enfrentamientos, que incluso terminaron en pelea. Yo pienso que, si algo de alguien no te gusta, hay que tener el valor de decirlo en la cara, no a espaldas. Pero hay que estar preparado para la respuesta… Después de aquella bronca se calmó un poco, y luego pasamos al modo de ignorancia mutua. Así era más fácil convivir.

Y tras mucho tiempo sin hablar, fue ella misma quien me llamó para contarme de una vacante. Ahora no estoy en posición de hacerme la orgullosa, recordar viejas ofensas y rechazar. Además, el trabajo me resulta familiar, hay desarrollo, y el sueldo… En fin, fui a la entrevista y, ¡milagro!, me aceptaron.

Estoy frente a la puerta de la galería. Abre para visitantes a las diez, pero nosotros, empleados, trabajamos desde las nueve.

El estricto código de vestimenta —traje pantalón gris ratón y camisa blanca, maquillaje discreto— me transformó, elevándome del nivel de “chica ruda” al de “empleada de oficina”. Una delicia :)… :(…

—Buenos días —le digo al guardia—, soy Alexandra Abramovich, hoy es mi primer día de trabajo.

—Adelante. —Entro, la puerta se cierra tras de mí. Él va a su puesto, rebusca y me entrega una tarjeta plástica—. Aquí está tu pase. Mañana no llames a la puerta, pasa la tarjeta por el lector y abre tú misma.

—Gracias. —Tomo la tarjeta y la observo. Incluso con mi foto, genial. El progreso no se detiene, y la seguridad aquí seguramente es de alto nivel—. ¿Y ahora a dónde voy? —pregunto al serio señor.

—Te asignaron como asistente de Leonid Isakovich. Ve recto, verás unas escaleras que bajan, allí están los talleres de restauración. Allí lo encontrarás.

—Entendido. Gracias. —Me mira como esperando algo más. ¿Será que aquí se acostumbra dar propina?—. Bueno, ¿puedo irme?

—Ve.

Me lanzo y avanzo rápido en la dirección indicada.

Encuentro el camino bastante fácil y sin problemas. Bajo por una escalera de caracol y, con cada paso, mis ojos se agrandan y mi boca se abre más. Es un paraíso para los amantes del arte.

Entiendo que es un sótano. Es enorme. En lugar de paredes, gruesas columnas sostienen todo el edificio. Mesas largas de madera maciza ocupan el centro. A lo largo de las paredes, estanterías llenas de frascos, tubos, pinceles, microscopios, diversos instrumentos para estudiar cuadros y confirmar su autenticidad. En pedestales especiales descansan pinturas: algunas cubiertas con tela, otras en fundas, y las que están en proceso, abiertas.

Un par de personas trabajan inclinadas sobre las mesas, concentrados en su labor minuciosa.

Doy unos pasos y me detengo. Me da miedo hasta hablar. Si por mi culpa alguien se equivoca y estropea algo, sería mi fin.

—¿A quién busca, jovencita? —escucho una voz susurrante detrás de mí. Me giro y veo a un anciano arrugado de unos… setenta a cien años. Delgado, bajito, lleno de arrugas, pero con unos ojos tan vivos que entiendo que tras esa fachada poco atractiva se esconde un hombre activo, curioso, inteligente y perspicaz.

—Buenos días. Busco a Leonid Isakovich.

—Soy yo. ¿Y usted?

—Soy Alexandra Albertovna Abramovich. Me contrataron como su asistente. —Me encojo de hombros. ¿Qué más decir?

Él me recorre con la mirada de arriba abajo.

—Khm… En mi juventud conocí a una Abramovich… ¡Una persona fascinante, se lo digo! No mujer, ¡un huracán! —Sus ojos brillan. Los recuerdos parecen muy agradables, le provocan alegría—. Si no me falla la memoria, se llamaba Marina.

—Marika —lo corrijo—, si hablamos de la misma persona, claro.

—Ah, sí, sí…, exactamente, Marika. Una chica excepcional, así la llamábamos. —Se queda pensativo unos segundos, espero que todo fuera decente… Luego revive y pregunta—: ¿Y qué es de usted?

—Mi abuela. Pero… me gustaría que eso no influyera en mi trabajo y quedara solo como parte de sus recuerdos.

—Hm…, así será. Bueno, responderás por “Alex” —apenas abro la boca—, es que ya tenemos una Sacha y una Alexandra… Es para no confundirnos. Bien. Tu puesto está junto al mío. Observas, aprendes, memorizas, luego te confío pequeñas tareas, veo el resultado y así sucesivamente… ¿Entendido?

—Entendido.

—Perfecto.

Trabajar con el abuelo Lenka —así lo llamo para mí— resultó muy interesante y enriquecedor. Me esforcé, procuré hacerlo todo con cuidado. Y ya al final del día me confió trabajar en un pequeño fragmento de una pintura bastante valiosa. Claro, estaba encima de mí, pero yo fui toda atención y profesionalismo.

—Muy bien —escucho su elogio al dejar el espátula de teflón—, excelente. Si sigues trabajando así, nos haremos amigos.

—Me esforzaré.




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