Valera
Termino rápido los asuntos y salgo del despacho. En el pasillo me cruzo con mi padre.
—¿Adónde vas tan temprano? —se sorprende mucho. Nunca me había ido del trabajo antes de las siete, y ahora, apenas pasadas las cinco y media, me apresuro hacia la salida.
—Tengo que… atender unos asuntos.
—Hm… bueno, ve. ¿Todo bien contigo? Después del viaje de negocios estás algo extraño.
—¿Qué ha cambiado en mí?
—La mirada. —Ante su observación, solo me encojo de hombros.
—Todo está perfecto —me giro y entro en el ascensor.
Bien, debo recordar cómo se corteja a una mujer. Me miro en el espejo del ascensor y esfuerzo las neuronas atrofiadas. Exacto, hay que comprar flores.
Desde la mañana tengo un deseo incontenible de esperar a Sacha a la salida del trabajo, felicitarla por su primer día oficial y preguntarle cómo le fue. Quiero estar en su vida y participar directamente. Lo siento como una necesidad. Y eso es importante.
Paso por una floristería y justo a las seis llego a la galería. A los pocos minutos empiezan a salir los empleados. Reconozco a Sacha con dificultad. El estilo de oficina le sienta muy bien. Me quedo admirándola y, tomando el ramo del asiento trasero, salgo del coche.
—Hola, esto es para ti —le entrego las flores.
—Gracias —me responde y se despide de una compañera.
Nos sentamos en el coche.
—Qué sorpresa —dice Sacha.
—Solo quise darte un gusto.
—Lo lograste —dice Sacha, hundiendo la nariz en los capullos de rosas—. Son muy bonitas…
—Tú eres más bonita —me giro hacia ella y sonrío sinceramente.
—El cumplido cuenta. ¿Adónde me llevas?
—Al restaurante. ¿Quieres?
—Quiero.
—Tu deseo es ley.
—Me vas a malcriar…
—Quizá esa sea la meta…
—Luego no digas que no te advertí, me subiré rápido a tu cuello y colgaré las piernas —y su voz, y esa mirada pícara…
—Las tuyas son la envidia de todos. Colgarlas sería un placer.
Despierto. El reloj marca las siete.
Sacha ya se mueve en la cocina desde temprano. Algo rico prepara, siento el olor de la repostería. Se me hace agua la boca.
Hora de levantarse. Me destapo y voy al baño.
Sí, aquí ya está mi cepillo de dientes, mi toalla, gel de afeitar, rasuradora, gel de ducha… Me ducho rápido y salgo.
Abro el armario. También allí están mis cosas. Sacha me dio una repisa y espacio para mis trajes.
Me quedo mirándolos.
Solo ahora, al calcular mentalmente el tiempo de nuestra convivencia, entiendo que ya pasó mes y medio. Como un zorro astuto: me dejaron dormir en el banco y ya estoy en la estufa, con mis cosas trasladadas.
Todo se dio solo.
Después del primer día de Sacha en la galería, me esforcé en esperarla cada tarde. Recuerdo apenas un par de ocasiones en que estaba demasiado ocupado y, avisándole antes, le pedí un taxi.
Dormí una noche, luego otra, y ella vio que debía levantarme más temprano y me propuso traer algunos trajes y comprar artículos de higiene. Ella misma lo sugirió.
¿Por qué recién hoy lo pienso? ¿Por qué no ayer, o hace un mes? Hm…
¿Y cómo vivimos este mes y medio?
Muy bien. Excelente. Después del trabajo íbamos al cine, un par de veces a restaurantes, los fines de semana eran siempre para Platón. Alguna vez incluso durmió en nuestra casa. Nuestra… ¿Por qué empecé a considerar la casa de Sacha como mía? ¿Por qué no le propuse mudarse a mi piso? Creo que lo hice…, si no me falla la memoria, sí, lo hice. Pero ella se negó, alegando falta de espacio para su creatividad.
No hay discusión. Su taller no es solo una habitación, es toda una historia de generaciones. A veces despertaba de noche y ella no estaba. Salía al pasillo y veía luz en la escalera que llevaba a la habitación de arriba. Nunca la interrumpí. Estoy seguro de que necesita su propio espacio.
En cuanto a Platón, me encariñé con él. Es un chico genial, abierto, con un gran corazón dispuesto a acogernos.
No le dije a Sacha que empecé a reunir documentos. En su trabajo todo está estable. Según entendí, el sueldo le permite aspirar a la tutela. Pero por alguna razón, los documentos los empecé a reunir no solo a su nombre, sino también al mío…
Y además, un par de veces se quedó Tikhon. Venía como un perro apaleado. No tuve valor de protestar. Dormía en el sofá y se iba temprano, antes de que despertáramos. Tipo extraño. Pero es su amigo. Veo que entre ellos solo hay amistad. La forma en que Sacha me mira y la forma en que lo mira a él son dos miradas completamente distintas.
—¿No puedes decidir qué calzoncillos ponerte? —Sacha se acercó tan silenciosa que no la noté. O quizá estaba demasiado absorto.
—Ajá, me quedé pensando…