Sacha
Llegó el momento de contar más de mí de lo que hubiera querido. Pero entiendo que tarde o temprano este tiempo iba a llegar, considerando cómo avanzan las relaciones, claro.
Termino de masticar aquel bocadillo que parecía delicioso, lo acompaño con té dulce y digo:
—Simplemente no puedo tener hijos. —Ya está, lo dije. El cerebro construyó la frase y la lengua la reprodujo. Y el mundo no se derrumbó sobre mí… Sí, me sentí un poco mal, quizá la presión bajó por el exceso de emociones, pero todo bien.
Se nota que Valera intenta procesar la información, quizá incluso construye en su cabeza una frase cuidadosamente armada para no herir ni ofender.
—¿Por qué piensas eso? —pregunta al fin.
—Simplemente lo sé. A veces un examen médico rutinario antes de entrar a la universidad puede dar sorpresas inesperadas. Así me pasó…
—¿Y qué exactamente? ¿Tal vez se puede tratar? —entiendo su deseo de animarme, pero no voy a recitar todos mis diagnósticos. Uno peor que otro.
—Hm… ¿Cómo contarlo en pocas palabras, sin cargarte demasiado y sin parecer ante tus ojos defectuosa o limitada?
—Qué tontería —se indigna Valera—. No eres defectuosa. Eres hermosa, una persona íntegra…
—Sí, sí… Eso dicen todos —lo interrumpo—. Yo ya lo acepté, lo sufrí y lo superé. Construí mi teoría y trato de justificarlo así. Tenía que pasar.
—¿Por qué? —se sorprende.
—Mira, cuando al menos dos generaciones de mujeres en tu familia no quieren tener hijos, y los tienen solo por conveniencia o accidente, deseando en secreto que no nazcan o prometiéndose no volver a dar a luz, tarde o temprano las fuerzas superiores cumplen el deseo. Y en mí se cumplió el programa.
—Pero dijiste que no creías en lo místico.
—Y aquí me iluminó. Se formó solo en mi cabeza esa conclusión.
—¿Por eso te apegaste a Platón?
—No. Él me eligió. Y así fue que en cierto momento nos volvimos familia. Como hermano y hermana.
—Entiendo. ¿Y no crees en milagros?
—Ahora no. A veces pasa. Solo que antes del ciclo tengo gustos raros, eso es todo. Hormonas. Aún no viste que una noche comí helado con pepinillo.
—¿También comes de noche? —le resulta gracioso.
—Sí, devoro a dos carrillos —le sonrío. Y enseguida entiendo que debo decir algo muy importante. La alegría se desvanece, queda solo la amargura—. Si algún día decides que esto es un problema y encuentras a alguien que pueda darte un hijo…
—Sacha, ¿qué dices?
—No digas nada. Fue tonto lo que dije… Apenas llevamos unas semanas y ya pongo condiciones. —Me froto la cara con las manos. ¿Cómo formular la frase para que entienda mi pensamiento?
—Vivamos el presente. Ven aquí —se aparta un poco de la mesa y me extiende la mano. Le doy la mía. Valera me atrae hacia él y, cediendo, termino en sus rodillas—. Sacha, me gustas mucho, y no sé qué pasará mañana. Pero sé con certeza que quiero enfrentarlo contigo.
Hoy no huele a ligereza matinal. Desde temprano, tanta carga.
—Terminemos el desayuno y vámonos. No puedo llegar tarde. Hoy deben traer un cuadro carísimo que tenemos que restaurar con Leonid Isakovich antes de Año Nuevo. El cliente es alguien importante, quiere regalarlo al alcalde de la ciudad —cambio brusco de tema. Por más que sea, me siento incómoda exponiendo mis sentimientos y mis miedos.
—Hoy no podré recogerte del trabajo. Mi madre pidió que pase por su casa, algo urgente —Valera acaricia mis mejillas y acomoda un mechón detrás de mi oreja—. Te pediré un taxi, o mejor, ven conmigo…
—Lo siento. No puedo prometer nada. Tal vez tenga que quedarme más tiempo. Dejemos el encuentro con padres para después de Año Nuevo.
—¿No te molesta conocer a mis padres?
—Si no son caníbales, no me molesta. Ya veremos tu cara cuando llegue el momento de que conozcas a mi abuela. Te compraré collar y correa para que no escapes.
—¿Tan mal? —se encoge de hombros—. ¿Y tu madre?
—Llamó hace un mes. Se unió a unos budistas en la India…
—¿Y de qué vive?
—Tiene una pensión mensual de su padre fallecido. No puede tomar todo el dinero porque él creó un fondo fiduciario… En fin, complicado, pero le alcanza.
—¿Y a ti? ¿Nada?
—Cuando murió, yo ni existía. Mi abuela gasta su parte, mi madre la suya.
—Pff… —me parece ver humo sobre la cabeza de Valera. Sí, con mi familia se le herviría el cerebro hasta al más tranquilo. Se despeina y muerde un gran trozo de bollo. Lo mastica con tal gesto que, sin conocerlo, cualquiera pensaría que se entristeció al saber que no tengo herencia de millones.
—Lo ganaremos —digo, intentando animar. Donde mire, solo tengo desventajas. No habrá hijos, tampoco dinero. Y encima un niño adoptivo en el horizonte. Vaya novia con dote. Aunque nadie me pidió matrimonio, ni hablamos mucho de sentimientos. Despertamos y dormimos casi siempre juntos, pero qué somos el uno para el otro, es un misterio. —No te preocupes.