Ella apareció en mi vida

35.

Valera

Vaya… Menuda compañía nos tocó.

La chica de Nikita pasa del spa al spa, gastando su dinero de la mañana a la noche. Entiendo que es algo útil, sobre todo para una mujer, pero si vienes a un resort de esquí, ver la nieve y las montañas es obligatorio. A la cena ni bajaron, seguramente ella estaba pagando cuentas…

Antón, de bromista y alma de la fiesta, se convirtió en un hombre sombrío y nervioso. Su chica, que resultó llamarse Bella, no salió de la habitación en todo el tiempo. Lo que ocurre entre ellos es un misterio. Solo un par de veces Antón se olvidaba de todo y volvía a ser él mismo, cuando bajaba la montaña en snowboard.

Kirill y Kira ya la primera noche discutieron algo. Kira, en vez de ser la chica-fuego, parecía una momia. Y sinceramente, no le sienta.

Yo intentaba abstraerme de todos y, aprovechando el momento, descansar de verdad. Dormía hasta las diez. Esquiaba hasta que me dolían los músculos, iba a masajes relajantes, leía prensa ligera en vez de cambios en la legislación. Y escribía mensajes a Sacha. Durante el día era inútil, porque a la pregunta:

—¿Qué haces?

La respuesta siempre era:

—Trabajo.

Solo por la noche hablábamos por videollamada. La diferencia horaria era pequeña, así que no había problema.

Y cada vez entendía que este descanso no era descanso, sino un vacío. Hubiera preferido pasar el tiempo con ella. Aunque solo fueran un par de horas por la noche, pero juntos. Respirar su aroma, besar sus labios, disfrutar de su cercanía era mucho más importante que mirar estas caras tristes.

Y llegó la Nochevieja. Estamos sentados en el restaurante del hotel. El salón decorado con gusto; un enorme abeto en el centro; menú festivo; camareros de aquí para allá… Y nosotros con caras de funeral. Nikita y su chica discutieron algo…, seguramente otra factura del spa que golpeó su bolsillo. Bella al fin bajó, pero estaba ausente, y Antón fingía que no le afectaba. Kirill y Kira, como siempre, tarde. Y yo pensando: “¿Dónde está mi maleta y cuándo es el vuelo de regreso?”.

En la televisión, el presidente local da su discurso de felicitación, y los comensales empiezan a contar los últimos segundos del año. Entra Kirill, con la cara golpeada pero feliz, acompañado de Kira. Al menos a alguien le fue bien.

¡Feliz Año Nuevo!

Los primeros brindis pasaron. Todos se relajaron y charlaban. Las chicas al fin se conocieron y conversaban. Kirill contaba a los chicos la historia de cómo atrapó a un criminal buscado por Interpol, gracias a su tándem con Kira. Los demás reían, sorprendidos por la astucia de ella. Yo aproveché y salí al vestíbulo.

En nuestra ciudad faltaban aún treinta minutos para Año Nuevo. Marco su número.

—Hola, Sacha.

—Ajá —escucho que mastica algo.

—¿Comes?

—Sí, me dio un hambre terrible. No dejaré nada a los invitados.

—¿Invitados? —no me había dicho que esperaba a alguien.

—Sí, los chicos con los que pintamos en el orfanato.

—Entiendo. Pero no bebáis mucho.

—¿Alguna vez me viste beber?

—Tenía que darte algún consejo…

—Eres como un papá cariñoso… Bueno, venga, deséame lo que se desea en Año Nuevo.

—Ya tienes el mejor regalo: yo. ¿Qué más pedir? Soy todo en uno.

Sacha estalla en carcajadas, tan contagiosas que yo también río. Sí, me pasé. El champán me quitó la modestia.

—Entonces solo me queda desearte a ti mismo, ¿no?

—¿Y acaso no me tienes ya?

—¡Mira, hemos ahorrado en regalos!

—Bueno, te traeré un imán.

—¡Obligatorio! —suena el timbre. —Oh, deben ser mis invitados.

—No cuelgues, quiero asegurarme de que todo está bien.

—Valerita, ¿no he llegado hasta mis años sin ti? No lo niego, fue aburrido, difícil, sin chispa, pero llegué. —Escucho el clic de la cerradura y voces femeninas. Me relajo. —Desabrigaos y pasad al salón, ya voy. —Se aleja, luego vuelve—. Ya estoy contigo otra vez.

—Prométeme que serás buena chica —bromeo, pero quiero oír que soy lo más importante.

—Lo prometo —nota el cambio en mi voz—. Valera… —quiero pensar que iba a hablar de sus sentimientos, pero dice otra cosa—: estaremos en casa y no saldremos.

—Gracias. Feliz Año Nuevo, sol. —Cómo lamento no estar allí.

—Y tú, conejo —responde con una risita—. No estés triste, hasta luego.

—Hasta luego. —Cuelgo y me quedo mirando el teléfono. Primera idea: “Al restaurante no vuelvo”. Me giro y voy a mi habitación.

La mañana del primero de enero fue… normal, salvo por los camareros somnolientos. Bajé a desayunar a las diez. Obviamente, no vi a nadie de nuestra “gran” compañía.

Tras desayunar, decido qué hacer. Las pistas estaban medio vacías, solo algunos esquiadores. Los demás dormían.

Había que aprovechar. ¿Cuándo volvería a tener vacaciones? Subí, me puse el traje de esquí y me uní a los pocos sobrios.




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