Valera
Exactamente a las seis de la tarde estaba frente a la galería esperando a Sacha.
—¿Tardas mucho? —la llamo para saber cuánto debo esperar.
—Ya casi salgo.
Y en efecto, a los pocos segundos la puerta se abre y aparece una Sacha radiante.
Abre la puerta del coche, dejando entrar el aire frío de enero, y se sienta a mi lado.
—¿Cómo estás? ¿Qué hiciste? —pregunta mientras se abrocha el cinturón.
—Me pasé el día haciendo el tonto.
—También es una ocupación… ¿Y el ánimo?
—¿Pregunta con trampa?
—No. Vamos al supermercado, compremos caballa ahumada y hígado.
—¿No te parece una combinación un poco rara?
—Para ti el hígado, para mí el pescado. En medio de la comida podemos intercambiar. ¿Qué te parece el plan?
—¿Y si añadimos leche y pepinillos?
Se queda pensando y luego suelta:
—Quizá convenga comprarlo también, así no salimos dos veces. Y además, unos dulces.
En realidad, ¿qué me importa? ¿Me duele gastar en hígado y pepinillos para mi chica? Ni un poco.
¡Por cierto! El regalo de Año Nuevo aún no se lo he dado.
Pasamos junto a una tienda.
—Eh, ¿a dónde vas? Aquí hay buenos productos.
—No necesitamos solo comida.
—¿Qué más?
—Una sorpresa.
—Ay, olvidé decirte que no me gustan mucho las sorpresas.
—Esta será agradable, lo prometo. —Me entraron ganas de darle un detalle especial. No un anillo con diamante todavía, pero algo…
Llegamos a un gran centro comercial.
—¿Y dónde voy a encontrar caballa aquí? —rezonga Sacha al bajar del coche.
—¡Vamos, vamos!
Las tiendas decoradas por Año Nuevo son un espectáculo. Todo brilla, reluce y centellea. Una auténtica fantasía navideña. Pero Sacha lo mira con indiferencia.
—¿No te gusta?
—No me atraen mucho estos lugares.
—¿Por qué?
—Lo que necesito lo compro en sitios menos ostentosos.
La tomo de la mano y la arrastro hacia el ascensor. Me coloco un escalón más abajo y la acerco a mí, besándola suavemente en los labios.
—Relájate, gruñoncita…
En la planta, los boutiques se alinean en círculo. Busco con la mirada la joyería.
—Eh… —Sacha intenta frenarse, apoyando los pies en el suelo, pero está tan pulido que solo resbala.
—No tengas miedo —le guiño y la jalo de la mano, luego la empujo suavemente hacia la dirección correcta.
Pasamos frente a vitrinas con anillos. Me giro hacia ella y noto sus orejas: no perforadas. Qué despistado, tantos besos y nunca me fijé en ese detalle. Entonces será un collar con colgante.
Me detengo frente a la vitrina adecuada y repaso las piezas. Mis ojos se detienen en una cadena con un candado en forma de corazón cubierto de pequeños diamantes. Y junto a él, una llave.
Sacha recorre el mostrador, vuelve hacia mí, se pone de puntillas y me susurra:
—Valer, vámonos de aquí, ¿sí? ¿Viste los precios?
—Ajá —respondo en automático. Y enseguida me dirijo a la dependienta que apareció apenas me detuve frente a la vitrina que me interesaba—. Señorita, muéstreme, por favor, esa cadena con colgante.
—Claro —abre la vitrina y saca el expositor en forma de cuello donde cuelga mi futuro regalo. Me entrega la cadena y empiezo a examinar el colgante. Brilla igual de intenso que bajo la iluminación de la vitrina, y además se ve delicado, tierno, pero nada barato.
—¿Te gusta? —me giro hacia Sacha. Ella intenta transmitirme algo con la mirada y la expresión.
—¿Te gusta? —repito, obligándola a contestar.
—Sí…, pero… —no la dejo terminar su lista de “peros” y me vuelvo hacia la vendedora—. Lo compramos.
—Excelente elección, le quedará perfecto a su acompañante. ¿Lo quiere en bolsita o en caja?
—En bolsita —interviene Sacha.
Yo hago un gesto de indiferencia. La chica se aleja y Sacha empieza a susurrar con reproche:
—Valer, ¿qué haces? Es muy caro. ¿Viste el precio?
—¿Y?
—Vamos a escapar antes de que vuelva.
—Es mi regalo para la mujer más hermosa del mundo. No discutas. Ustedes nacieron para lucir joyas, nosotros para pagarlas. ¿O no te gusta?
—Me gusta, claro, pero… con la caballa bastaba.
Suelto una carcajada, la atraigo y le doy un beso rápido en los labios.
—Eres ahorrativa, mi amor. Te gusta, pues úsalo.
—Gracias —dice Sacha, algo sonrojada, y me besa en la mejilla.