Valera
—¿Dónde está el cuadro? ¡Última oportunidad! —ruge el hombre.
Vaya continuación para una “agradable” velada. Hoy claramente no es nuestro día. Debí leer el horóscopo por la mañana, quizá decía algo como: “quédate en casa; toma un tranquilizante; encuentros desagradables y demás”.
—No sé de qué habla —grita Sacha en respuesta.
Me incorporo lentamente y veo que un matón la sujeta con los brazos torcidos a la espalda, mientras otro revuelve los cajones con cuadros que vuelan por todas partes como hojas de un bloc.
Abro de golpe la puerta y entro.
—¿Quiénes son y qué quieren? —estoy furioso.
Ambos se giran hacia mí.
—¿Y tú quién eres? —dice el que rebuscaba, sacando una pistola del cinturón.
Y entonces Sacha actúa como siempre. Con todas sus fuerzas golpea la rodilla del que la retenía y se libera, pero él alcanza a agarrarla del cabello.
Doy un paso hacia ellos. El grito de Sacha: «¡Valera, detrás!»; un dolor agudo en la nuca… y oscuridad.
Sacha
Salgo del coche. Estoy muy alterada. Pensaba que entre nosotros había algo especial, sentimientos, emociones… Pero bastó que Lyuba apareciera en el horizonte para que Valera se quedara paralizado y sin palabras. Yo no soy una mujer de segundo plano ni estoy dispuesta a ser un reemplazo temporal. Mi hombre debe saber con claridad quién soy para él, trazar la línea con el pasado y construir la relación aquí y ahora, no soñar con un ayer fantasma. Y peor aún, si me compara con ella. Qué asco.
Tan sumida estaba en mis pensamientos que no noté a dos tipos en el tercer piso, junto a la puerta de los Petrov. Son gente acomodada, quizá era su seguridad.
Pero apenas giré la llave en la cerradura y abrí un poco, recibí un empujón en la espalda y caí dentro del piso. Di unos pasos rápidos y terminé de rodillas. Alguien me levantó por las axilas y me arrastró por la escalera. Todo en la oscuridad. ¡Un horror!
Nos metieron en la sala de trabajo y entonces se encendió una luz intensa.
Uno de los matones me retorció los brazos a la espalda, mientras el otro se plantó frente a mí con una mirada muy hostil.
—¿Dónde está el cuadro?
—¿Cuál? —cuando estoy con adrenalina me vuelvo algo incontrolable, me guían los instintos y las emociones, no la razón.
—¿Eres tonta? ¿Sabes de quién robaste el cuadro y cuánto vale?
—¿Y tú eres tonto? —le respondo con otra pregunta—. ¿Qué cuadro?
—El que restauraste para un cliente especial. Y no seas insolente, niña —me agarra la cara con fuerza, apretando las mejillas dolorosamente.
—Seguramente de ese cliente especial… —logro pronunciar.
—El que entregaron resultó ser falso. ¡Una copia barata! ¿Entiendes a quién engañaste? —retrocede unos pasos y me mira como si quisiera desintegrarme.
—Señor, ¿está loco? Yo restauré, sí, pero el trato lo llevó Leonid Isakovich. Robar no robé nada. ¿Qué quieren de mí?
—Las cámaras muestran que tú fuiste la última en salir del taller el día treinta, y el treinta y uno por la mañana Leonid Isakovich entregó el cuadro al cliente. No pudo cambiarlo, porque llegó tarde y el dueño lo esperaba en el despacho. Él abrió la caja fuerte y entregó el cuadro. Además, conocemos al viejo desde hace muchos años, no arriesgaría. Tú apareciste de la nada y enseguida como su asistente.
—Se abrió la vacante, hice la entrevista, y eso es todo… —mi indignación no tiene límites. ¡Vaya trabajo soñado!
—¿Dónde está el cuadro? ¡Última oportunidad! —ruge el hombre.
El “agradable” atardecer se transforma en pesadilla.
—¡No sé de qué habla! —grito con todas mis fuerzas.
Uno de los matones me retuerce los brazos a la espalda, mientras el otro revuelve mis cajones, lanzando lienzos y papeles como si fueran hojas de un cuaderno.
De pronto, aparece Valera en la puerta.
—¿Quiénes son y qué quieren? —furioso, con los puños apretados y la cara llena de determinación.
—¿Y tú quién eres? —responde el que me amenazaba, sacando una pistola del cinturón.
El ambiente se vuelve aún más tenso. Actúo sin pensar, solo con reflejos: golpeo con la rodilla al que me sujeta, él suelta un quejido y me libera por un instante, pero enseguida me agarra del cabello con fuerza.
Valera se lanza hacia nosotros, pero detrás de él aparece un tercer hombre.
—¡Valera, detrás! —grito desesperada. El golpe es seco: lo alcanzan en la cabeza y se desploma inconsciente. A mí me cae una bofetada que me arde en la mejilla.
El del arma me aprieta el cuello y me sisea al rostro:
—Un movimiento y él —señala con la pistola a Valera en el suelo— será un cadáver. ¿Entendido?
Asiento rápidamente.
—Inyéctenle el somnífero y llévenlo con Gek al coche. Basta de buscar, vamos al dueño. Que él decida. Y tú —me apunta con el dedo—, si sueltas un ruido en el portal, lo lamentarás. ¿Entendido?