Valera
No diré que la abuela de Sacha y yo nos hayamos convertido en almas gemelas, pero tampoco en enemigos. Todo está en equilibrio. Ella pregunta, yo respondo.
Ya llevo tres días viviendo en su casa y todo sigue tranquilo. Ella intenta saber lo máximo posible sobre mí y mi familia, y yo sobre Sacha. Lo que entendí con certeza es que Sacha nunca fue una niña súper obediente, especialmente en la adolescencia. Una rebelde, con el carácter de una potrilla joven que, si se encabritaba, podía soltar un golpe en los dientes, por lo que su abuela a menudo escuchaba las reprimendas de la directora. Como dice Marika, se persignó cuando Sacha terminó la escuela, y cuando cumplió dieciocho, se relajó por completo. Le cedió un apartamento y la dejó navegar en el gran océano llamado “Vida”.
Estamos sentados en la sala, continuando nuestras charlas vespertinas sobre la familia.
—Aquí, o se nada, o… destino. Sacha salió adelante —concluye Marika su relato.
—¿Y si no? ¿Lo habrían dejado todo al azar?
—¿Pero acaso no lo logré? Créeme, ella es mi copia exacta de joven. Y nosotros, los Abramovich, somos aves libres, un poco locas, que solo desplegamos las alas tras una buena patada en el trasero —dice, entornando los ojos entre el humo de su boquilla—. ¡Tú sí que tuviste suerte!
—¿En qué?
—Te tocó Sacha ya formada, con rarezas, claro, ni quitar ni poner, pero con cabeza. Antes dominaban sus emociones, ahora piensa, de vez en cuando, pero lo hace… Quizá sea tu influencia, no lo niego, aunque no lo sé… Pero en vuestro encuentro hay un par de ventajas.
—¿Por qué solo un par?
—Para que no te relajes.
Cada día llamaba dos o tres veces a Platón, preguntando cómo se llevaba con mis padres. Tan rápido empezó a llamarlos abuela y abuelo, que no podía dejar de alegrarme y me llenaba de fe en un futuro brillante. Las conversaciones con mamá siempre eran breves, porque estaba cocinando, y papá respondía corto y al grano: “Buen chico. Todo bien”.
Al cuarto día de mi estancia en Belgrado, llegó por fin el día feliz. Daban de alta a Sacha, con la condición de que, al volver a casa, nos registráramos de inmediato y siguiéramos todas las indicaciones médicas.
Estamos en el pasillo del hospital, esperando el alta.
—¿De dónde tantos paquetes? —pregunta Sacha, mirando cuatro bolsas enormes con ropa—. Yo ingresé prácticamente en ropa interior —aclara enseguida, haciendo un gesto gracioso con los dedos en el aire—, y ahora tengo un guardarropa entero.
—Dale las gracias a tu abuela, que alegró tus prendas monocromáticas con pijamas coloridas, pantuflas con pompones y ropa de maternidad.
—Hm… y yo pensaba que te gustaba mi camisa de franela enorme.
—Me gustabas tú, sin camisa —la abrazo por la cintura, la acerco y beso su sien.
—Eso está prohibido —alarga la palabra.
—Aguantaremos. Luego lo recuperaremos. Marcaré cada día perdido en el calendario y después lo compensaré… Ella es más importante.
—¿Quién “ella”?
—La que vive en esta casita —y pongo mi mano en su vientre.
—¿Y si es él?
—Puede ser él… Me da igual. Pero será ella. Anfiska.
—¿Por qué Anfisa? —pregunta Sacha sonriendo.
—Fue el primer nombre que me vino a la cabeza.
—¿Y si es niño, cómo lo llamaremos?
—Cuando lo sea, lo pensaremos.
La abuela de Sacha insistió mucho en que nos quedáramos más tiempo, pero la preocupación por Platón no nos dejaba relajarnos. Así que, temprano en la mañana del día siguiente, ya estábamos en el avión, observando el paisaje por la ventanilla.
—¿Llevamos primero las cosas a tu casa? ¿O ya a la mía? —le pregunto a Sacha apenas salimos del aeropuerto.
—¿Podemos ir directo a ver a Platón?
—Claro. Hoy es sábado, para cuando lleguemos espero que ya estén despiertos. ¿Cómo te sientes?
—Excelente.
—¿Seguro? ¿No prefieres ir a casa y dormir un poco?
—No, no, estoy bien, lo juro por mis nuevas pantuflas con pompones.
—Eso sí que es un juramento. Bueno, vamos.
Fuera de la ciudad todo es hermoso. Las carreteras arregladas, la nieve apilada a los lados en montículos ordenados. Brilla al sol, se tiñe de todos los colores del arcoíris. Resplandece, añadiendo un aire de cuento. El coche avanza suave sobre el brillo helado. Llegamos a la casa de mis padres.
—Estoy nerviosa… —dice Sacha, jugueteando con la correa de su mochila.
—No tienes por qué.
—Caigo como nieve del cielo. Nadie me ha visto nunca, no me conocen, y de pronto: “Hola, soy su embarazada… ¿Quién?”. —Me mira esperando una respuesta clara.
—Por cierto, ya presenté la solicitud en el registro civil. Sin eso no me habrían dado a Platón —me apresuro a justificarme. Los ojos de Sacha se abren como platos—. Así que el trece de abril no planees nada.