Ella apareció en mi vida

Epílogo.

Valera

Comienzos de mayo, y ya hace calor.

Sacha camina un poco delante de mí, mientras yo hablo por teléfono.

—¿Entramos al centro comercial? —pregunta, girándose medio de lado.

Yo solo asiento, siguiendo atento el informe de uno de mis subordinados.

Acabo de recoger a Sacha del hospital.

Los médicos nos internan una y otra vez, más por tranquilidad de ellos y nuestra que por una amenaza real. Pero no arriesgamos: si hay que hacerlo, se hace.

Y ahora, libres por fin, a Sacha le apetece pasear entre la gente. Así que meto su bolso en el maletero, le tomo la mano y cruzamos hacia el enorme centro comercial.

Platón está aún en la escuela, tenemos un par de horas para estar solos. Aunque nunca fue una carga para nosotros. En todo el tiempo que vive con nosotros, jamás me arrepentí de mi decisión. Mis padres lo ven a él y a Sacha como parte inseparable de mí. Nunca, ni con una palabra, le hicieron sentir que era ajeno; al contrario, siempre subrayaron la importancia de su llegada a nuestra familia. Como si sin él no hubiera felicidad ni para mí ni para Sacha, y mucho menos para Anfiska, que crece a pasos agigantados.

De espaldas, nadie diría que Sacha está embarazada. Igual de esbelta. Su vientre, pequeño y redondo como un huevo. La abuela de Sacha asegura que allí dentro crece una auténtica dama, que no quiere estar en un melón desbordado.

Termino la llamada y me detengo junto a Sacha. Ella está frente a la vitrina de una tienda infantil, mirando una cuna.

—Es bonita… —dice.

—Entremos y la compramos —propongo otra vez.

—No. No quiero quitarte el placer de correr como un antílope por las tiendas cuando yo dé a luz y espere el alta.

—La pediré por internet.

—¡Qué tramposo! Y yo que ya me había imaginado la escena: tú, sudado, corriendo por las tiendas de bebés.

Sacha da un paso hacia las vitrinas de cochecitos. Terca, ni siquiera cruza el umbral.

Un escalofrío me recorre la espalda, como si alguien me observara. Giro la cabeza. Al otro lado está Lyuba. Justo ahora… Lo último que necesito es que Sacha se altere, recién salida del hospital.

Lyuba sonríe con su sonrisa característica. Mueve el hombro, echa hacia atrás su melena… Yo aprieto tanto la mandíbula que siento que los dientes se van a romper. La fulmino con la mirada, dejándole claro que no me alegra su aparición. Da un paso. Niego con la cabeza.

—¿Sabes? En esta tienda no me gustó nada —dice Sacha, girándose de lado, mostrando claramente su vientre, imposible de confundir con otra cosa—. Uy —añade—, Anfiska está dando pataditas. Vamos a la cafetería, quiere pastel.

—¿Así lo dijo? —sonrío, mirándola.

—Sí, quiere un trozo de “Sacher” y un cacao.

—Pues vamos.

Le pongo la mano en el hombro, la giro para que no vea a Lyuba. En cambio, Lyuba puede ver perfectamente el anillo de matrimonio en mi mano.

Sí, nos casamos el trece de abril. La funcionaria del registro civil se sorprendió de que apareciéramos. Y encima llevamos grupo de apoyo. Nikita fue mi padrino, lanzando bromas sin parar, lo que encantó a la abuela de Sacha, que se divirtió a su costa. Mamá lloraba de felicidad, papá soñaba con celebrar cuanto antes, y Platón corría en círculos alrededor nuestro. Menos mal que lo convencimos de no traer a Keks, porque si no, habría estado aullando y gimiendo también.

Sacha. Diez años después.

Me acerco sigilosamente a Anfisa.

—¿Y qué haces aquí? —le susurro al oído.

Ella se sobresalta y se vuelve. En sus ojos, pánico. ¿A dónde huir, qué inventar?

—¿No te enseñé que escuchar a escondidas no está bien?

—Pues mamá, ahí con Platón está Mark —me responde también en susurros.

Pongo los ojos en blanco. ¡Dios mío, pensé que la primera enamorada le llegaría a mi hija a los dieciocho! Bueno, al menos a los dieciséis. ¡Pero no a los diez!

Este año Platón terminó la escuela y entró en la universidad. Es lógico que tenga nuevos amigos. Y uno de ellos es Mark. Un chico indudablemente guapo, inteligente, interesante, ¡PERO! Tiene dieciocho.

—Anfisa —niego con la cabeza—, él ya es un hombre adulto, y tú eres pequeña.

—¡No soy pequeña! —frunce los labios, cruza los brazos y empieza a golpear el suelo con el pie.

La tomo de la mano y la llevo hacia la cocina. En el suelo yace el viejo Keks. Se volvió gordo y perezoso, un pastel completo. Hay que pasar por encima, porque pedirle que se mueva es inútil. La gata me mira con desprecio, como si ante su alteza se agitara una sirvienta torpe. En la jaula grita el loro. Al menos nadie compró un pitón.

La siento en una silla, le pongo una taza de cacao delante y me siento frente a ella.

—Anfisa, entiendo que te guste Mark, pero él no se fijará en ti —¿quién dice la verdad, sino una madre?—. Crecerás un poco, y si para entonces aún no te ha dejado de gustar, entonces…




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