Nadie que me conozca creería que mi marido dejó todo por mí, incluso la riqueza que poseía.
En este pueblo, cualquiera diría que siempre fue uno más, un campesino nacido entre estas tierras.
Pero la verdad es otra, mis queridos paisanos.
Hace muchos años, mi historia no comenzó como una historia de amor, sino como un matrimonio en el que yo no era la más amada.
¿Quieres conocer mi historia?
Escucha con atención. Todo comenzó cuando yo era joven y no era la más hermosa de las chicas.
Pero tenía un don: sabía ganarme a la gente. Tenía mis galanes persiguiéndome… aunque el amor verdadero siempre trae secretos con los que uno debe cargar.
Lo recuerdo como si fuera ayer: tenía apenas veinte años cuando un hombre joven se hospedó cerca de mi casa.
Él tenía treinta y cinco años, rubio, ojos celestes, tez trigueña y una sonrisa que parecía iluminarlo todo.
Yo, sinceramente, estaba demasiado ocupada viviendo mi vida para notarlo.
Un día, mis amigas me enviaron un mensaje por WhatsApp:
—Hemos conocido a un hombre fantástico. Se llama Ismael y está interesado en conocerte. Ha estado preguntando por ti…
Yo, curiosa, pregunté:
—¿Ha dado alguna explicación de por qué quiere conocerme?
—Dicen que te ha escuchado cantar y se ha enamorado de tu voz… Tienes mucha suerte. También dicen que tiene dinero, amiga; podrías incluso salir del pueblo. ¿Te imaginas?
Jamás me hubiera imaginado lo que realmente significaría salir del pueblo.
Pero entonces actué rápido; estaba convencida de que él sería perfecto. Qué equivocada estaba…
Cuando conocí a Ismael, era divertido. Le encantaba sacar fotos del hermoso pueblo, se quedó varios meses diciendo que necesitaba desconectarse de su mundo.
Yo pensé que era por trabajo, pero él no hablaba mucho del tema.
Nuestras charlas se volvían interminables y siempre lograba hacerme reír.
Comenzamos una relación seria, aunque en mi familia éramos conservadores, y él necesitaba casarse conmigo para que todo pareciera formal.
Llegó el día en que me propuso salir del pueblo y casarse conmigo. Fue el día más feliz de mi vida.
Él insistió en hacer la boda en el pueblo, estilo rústico, él no quiso invitar a sus amigos ni familiares. Tal vez eso debería haberme dado una señal, pero el amor es ciego y no ve incomodidades ni advertencias.
Me casé con el vestido de mi madre, que ella había guardado para esta feliz ocasión. Oramos todos en la iglesia y celebramos la fiesta en el patio, rodeados de todo el pueblo.
Durante la luna de miel, era la primera vez que un hombre me tocaba, y al día siguiente nos fuimos de viaje. Cada vez que él y yo íntimabamos, me sentía más cerca y más involucrada.
Y luego era yo quien lo tentaba a él.
Durante esas semanas, seguía siendo el hombre que me había enamorado.
Pero pronto, al llegar en avión a la ciudad, su carácter se volvió más sobrio y distante.
Noté el cambio de inmediato: ya no se reía de mis chistes y solo enviaba mensajes.
Cuando llegamos a nuestro hogar, le agarré la mano para entrar. Era una mansión que me parecía un sueño… hasta que lo vi todo con claridad.
—Esta es mi familia —dijo con solemnidad que yo no le conocía—. Y la familia de mi difunta esposa. Ellos desean conocerte en persona.
Entonces lo vi.
Sobre los sofás, dominando toda la sala, colgaba un cuadro gigantesco.
Él estaba allí, sonriendo como el hombre que yo había amado, y a su lado, una mujer de belleza impecable me observaba desde el lienzo.
Ella. La esposa perfecta. La esposa fallecido en un accidente trafico.
En ese instante comprendí que no había entrado a una casa, sino a una historia que no era la mía.
No era la nueva esposa.
Era la sucesora.
Me sentí engañada, pequeña, fuera de lugar.
Como si aquella casa entera respirara un pasado donde yo jamás tendría espacio.