Mi esposo me hizo sentar.
—Ponte cómoda, querida…
El ambiente era silencioso y tenso. Cuando tomé asiento en el sofá, ellos comenzaron el interrogatorio.
—¿Sabes cocinar? ¿Qué cocinas? Irene tenía un don maravilloso para la cocina.
Luego:
—¿Sabes tejer? Irene no dejaba pasar ninguna oportunidad de ayudar a los pobres de la ciudad. Incluso había creado una fundación con su nombre… Sería bueno que aprendieras de ella.
Y después:
—Irene no solo montaba a caballo. Tenía un don para el polo, era una experta nata.
La lista de lo que yo debía ser se hacía cada vez más larga.
El cuadro de Irene me observaba desde la pared, juzgándome por no ser como ella.
Mi marido, mientras tanto, miraba su teléfono.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No aguanté más las críticas, ni la enumeración de todo lo que me faltaba: mi postura, mis pecas, mi forma de vestir, incluso la sugerencia de maquillarme para disimular lo que yo era.
Me levanté de golpe.
—Les voy a pedir, con todo el respeto que se merecen, que salgan de mi hogar. Ahora.
Hubo un silencio absoluto.
Mi esposo dejó el celular.
—Deberías calmarte, cariño. Ellos no lo hacen con mala intención… solo querían mucho a mi esposa.
Entonces lloré.
—Yo soy tu esposa.
Corrí escaleras arriba. Vi una habitación abierta una la que iba hacer nuestra habitación…
Seguí corrido hasta llegar al final del pasillo allí me tope con una puerta intenté abrirla pero a difetmrencia de las demás está estaba cerrada.
Entonces intui que era la principal donde él había vivido su amor profundo con aquella mujer y entonces comprendí que yo estaba ocupado un lugar que jamás sería mío.
Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta destruida por dentro. En ese momento quise creer que él no la amaba tanto como su familia. Pronto entendería que algunas verdades llegan tarde y duelen más.
Él apareció detrás de mí.
—Quisiera que entendieras que sigo amando a mi primera esposa. Pero eso no significa que no te ame a ti.
No quise discutir.
—Si me lo hubieras dicho, jamás me habría casado contigo.
Se quedó en silencio.
—Hoy dormiré en la otra habitación.
Esa noche dormimos separados.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, reuní fuerzas.
—Ismael, quiero que te deshagas de todo. Yo soy tu esposa. Quiero sentirme cómoda en mi hogar.
Golpeó la mesa.
—¡Tú tienes que respetar el lugar que te corresponde!
Me levanté.
—¡Yo jamás aceptaré ser la segunda! ¡Para eso prefiero el divorcio!
—¿Qué segundo lugar? ¡Mi esposa está muerta!
Lo miré, con lágrimas en los ojos.
—¿Acaso no la mantienes viva en esta casa?
Bajó la mirada.
—Jamás te daré el divorcio.
Y se salió de la casa y se fue en coche durante unas horas...