Ella... Bajo la sombra de un fantasma.

Capítulo 3: Convivencia silenciosa

Luego de aquella conversación, él y yo entramos en una convivencia muda y áspera.
Sin decirlo en voz alta, me obligaba a respetar el lugar de Irene. No era él quien lo hacía directamente, sino la casa… y sobre todo la empleada, que decía con elegancia lo que él no se atrevía.
Cada vez que íbamos a cenar, ella se adelantaba con tono impecable:

—Esta es la silla de la señora Irene, y si al señor no le importa, me gustaría que se respete su espacio.

La primera vez que lo escuché, no quise sentarme a la mesa. Me levanté y me fui.

Pero antes de que pudiera desaparecer del todo, la mujer le dijo a mi esposo, casi con una sonrisa indulgente:

—La nueva señora es un poco susceptible, ¿no cree, señor?

Lo peor no fue eso.
Lo peor fue su respuesta.

—Se acostumbrará. Al fin y al cabo, es y será mi esposa.

Esa noche no pude dormir. Tenía miedo incluso de levantarme de la cama, porque aquel horrendo cuadro que colgaba en la sala parecía juzgar cada parte de mi ser, como si yo fuera una intrusa en mi propia casa.
Decidí entonces no entrar en más discusiones. Guardé silencio.
Pero a la mañana siguiente, mientras caminaba por el pasillo, sentí un perfume de mujer que no era el mío. Mi corazón se partió.
En ese momento pasó la empleada, Clara, una mujer de muchos años al servicio del joven heredero. Con temor, le pregunté:

—Este aroma es…

No pude terminar la frase.

—Es el exquisito perfume de la señora Irene —dijo con naturalidad—. Lo rocío cada mañana para que su espíritu nos bendiga con gracia y, algún día, con un heredero.

Tragó saliva y continuó, sin notar el temblor que me recorría.

—La pobre no podía tener hijos. Toda esperanza quedó olvidada para ella, aunque el señor no estaba de acuerdo. La amaba con locura y no le importaba nada más.
Sentí cómo mi rostro cambiaba, cómo el calor me subía a las mejillas, pero Clara no lo notó. Siguió hablando, incluso se animó a opinar:

—No se vaya a ofender, señora… pero seguro usted podría darle hijos. Tal vez, si mejora un poco su aspecto... El la miraría con mejores ojos, al fin y al cabo es linda, podría verse aún mejor. ¿No cree que eso la haría sentir bien?

El calor se volvió insoportable. Estaba a punto de interrumpirla cuando ella exclamó, mirando el reloj:

—Oh, se me ha volado el tiempo. Tengo que limpiar la habitación de los señores.

—Pero la nuestra ya la has limpiado —dije, casi sin voz.

—Perdón, digo la de la señora Irene. Debo darme prisa. Que tenga un lindo día.

Se retiró dejándome sola, vacía y humillada.
Mi frustración volvió de golpe. Él dormía todas las noches en esa habitación, y ya ni siquiera lo veía en el desayuno.
Decidí llamar a mi mejor amiga. No quería preocupar a mi familia.
Cuando respondió, dijo con entusiasmo:

—¡¿Cómo estás, Vera, vieja amiga?! ¡Cuánto tiempo!

No pude contener las lágrimas. Le conté todo. Ella me escuchó en silencio y luego me aconsejó:

—Amiga, esta es tu vida. Pero si me preguntas, intenta conquistarlo. Recuérdale lo que sentía por ti. Haz que vuelva a ponerte en primer lugar.
Seguí su consejo. Cambié mi comportamiento. Respeté la memoria de la difunta, intentando apaciguar las aguas. Logré que él pasara varias noches conmigo, despierto, enredado entre mis sábanas. En esos momentos mágicos sentía que volvía a ser mío.

Pero cada mañana regresaba el perfume de ella.
Y las reglas silenciosas de la ama de llaves.
Entonces pensé que, si lograba llevarlo a esa habitación, la historia cambiaría. Que, al fin y al cabo, ella pasaría a ser solo un recuerdo.
Me preparé para lo que creí sería la noche más mágica de todas. Entre caricias y deseo, reuní valor y le susurré entre besos:

—Vamos a tu cuarto…

Al principio no pareció escucharme. Cuando logré acercarlo lo suficiente a la habitación prohibida, me detuvo en seco.

—No vas a poder ocupar su lugar.

Se fue, confundido, dejándome sola. Entré en mi habitación y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Fue entonces cuando lo supe.
Ya no podía hacer nada más.
Decidí escapar y volver a mi pueblo. Volví ha hablar con a mi amiga, le conté mi plan porque yo no tenía dinero y ella lo reunió para ayudarme a regresar.




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