Al despertar a la mañana siguiente me desperté en la casa de esa mujer, deseando no haber existido nunca, cuando alguien golpeó la puerta. Pregunté con extrañeza:
—¿Quién es?
La respuesta llegó del otro lado, clara y conocida:
—Soy tu marido. ¿Puedo pasar?
Me incorporé y me senté en la cama, intentando disimular mi sorpresa.
—Está abierto —dije por fin.
Entró con un desayuno entre las manos, preparado para compartir. Me sorprendió el gesto, aunque sabía que no estaba en mi casa y que nada de eso me pertenecía realmente. Mientras desayunábamos, rompió el silencio:
—De verdad te extrañé, y lo digo en serio. Esta casa está muy vacía desde que te fuiste. Incluso he dormido en el sofá, porque sé que te molesta que duerma en la otra habitación.
—Hizo una pausa—. ¿Por qué te fuiste? Pensé que eras feliz a mi lado, aunque a veces las cosas no fueran perfectas… ¿Recuerdas nuestros votos? En lo bueno y en lo malo. Yo creí que eso nos uniría para atravesar esto juntos.
Bajó la mirada antes de continuar:
—Sé que fue injusto que te enteraras así. Pero también pensé que, si te lo decía, te iba a perder… y no estaba dispuesto a correr ese riesgo.
Con la voz baja y el corazón cansado, respondí:
—Yo te amo. Pero detesto esta vida en la que ni siquiera siento que pertenezco.
Me miró con curiosidad, casi con esperanza.
—¿Y cómo te hubiera gustado que fuera nuestra vida?
Sonreí apenas, dejando que el pensamiento me llevara lejos de allí.
—Me hubiera encantado tener una floristería con mi esposo. Tener a mis hijos en el pueblo, cerca de mi familia. Aunque ahora esté peleada con mis padres, sé que les gustaría que viviéramos cerca.
Asintió lentamente y dijo:
—Si eso es lo que realmente deseas, te prometo que en unos años dejaré la empresa y nos mudaremos cerca. Para que puedas cumplir tu sueño.
Lo miré emocionada.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que sí —respondió—. Además, la vida da muchas vueltas.
Lo abracé. Lo besé. Y por un instante volvimos a ser nosotros, enredados entre caricias y abrazos, como al principio.
Sin saber que esa mañana volví a creerle. Y pese que está sería la última vez.