Cuando los dos salimos de la mano de la habitación, apenas me percaté del perfume de Irene. Esos dos días juntos, él no quiso mencionar ni siquiera el nombre de la difunta, pero las reglas silenciosas seguían estando ahí, intactas.
Por un momento me pregunté cómo podía ser posible que una mujer tan perfecta hubiera existido de verdad, y que él hubiera quedado tan enamorado de ella que ni siquiera pudiera dejarme ocupar un simple lugar en su vida.
Aquel lunes, cuando mi marido se fue al trabajo, me las ingenié para robarle la llave de la habitación a Clara, el ama de llaves. La de mi marido la llevaba siempre en el bolsillo de la campera y era imposible sacársela: él era demasiado cuidadoso con ese recuerdo.
Clara, en cambio, era más descuidada. Guardaba la llave en una caja, como si la señora aún viviera allí y fuera a regresar en cualquier momento.
Cuando se despidió con su típica sonrisa falsa, aproveché un descuido y tomé la llave de la caja. Necesitaba ver qué escondía la habitación de la señora.
Entré con sigilo, midiendo el tiempo, temiendo que mi marido regresara antes de lo previsto. Y lo que vi me partió en dos.
Era una habitación principal digna de una pareja enamorada: fotografías de la boda, una alfombra gigante con forma de corazón, una cama rodeada por una delicada tela que la hacía más cálida y acogedora.
En la cómoda de espejo labrado había maquillaje, varios perfumes caros, y en los cajones más maquillaje y productos para cuidar el rostro y el cabello. Era como si aún pudiera verla allí, arreglándose para él.
Cerré los cajones con rabia e impotencia y fui directo al armario.
Su ropa seguía colgada junto a la de ella. Los vestidos de Irene eran de algodón fino, de verdadero hilo de seda, y de otros materiales costosos como pieles. Algunos aún conservaban la etiqueta, como si los hubiera comprado y jamás llegado a usar.
En la parte inferior del armario había un baúl.
Lo abrí con furia: collares de diamantes, pulseras, regalos de aniversario, fotografías de ellos. Sentí asco.
Entre todo eso había una pequeña caja de música antigua que me llamó la atención. Estaba cerrada con un cerrojo, sin llave.
Susurré para mí misma:
—Qué extraño… todo lo de valor está a plena vista, ¿y esto lo oculta con tanto secretismo? ¿Qué podría esconder?
Dejé todo en su lugar. Al mirar la hora, supe que tenía una última habitación por ver antes de salir de aquel lugar insoportable.
El baño de ellos.
Este era amplio, luminoso, casi irreal. En el centro había un jacuzzi de mármol blanco, rodeado de velas cuidadosamente dispuestas, como si alguien aún las encendiera cada noche.
Sobre el borde descansaban sales perfumadas, aceites esenciales y pétalos de rosa secos, conservados como recuerdos que se negaban a desaparecer.
Las toallas, perfectamente dobladas, llevaban bordados con iniciales entrelazadas. Frente al espejo había frascos de cristal con esencias florales y pequeños jabones artesanales, todos ordenados con una delicadeza casi devocional. El aire estaba impregnado de un aroma suave, íntimo, el mismo perfume que había sentido en el dormitorio… el de Irene.
Me acerqué al jacuzzi y pasé los dedos por el borde frío. Imaginé sus cuerpos allí, el agua tibia, las risas, las promesas susurradas en voz baja. Imaginé un amor vivido sin miedo, sin sombras, sin reemplazos.
En una repisa había dos copas finas y una botella de vino antiguo, intacta. Como si el tiempo se hubiera detenido esperando que ella regresara para terminar lo que habían empezado.
Sentí un nudo en el pecho.
Ese baño no era solo un lugar de descanso: era un santuario.
Un espacio donde el amor había sido pleno, elegido… y eterno.
Salí de allí con el corazón encogido, entendiendo por primera vez que yo no estaba compitiendo con un recuerdo, sino con una historia que nunca terminó.
Y supe, con una certeza dolorosa, que mientras Irene siguiera viviendo en cada rincón de esa casa, jamás habría lugar para mí.