Fui a alquilar una habitación en la casa de una amiga lejana de mi hermana. Luisa vivía con su esposo Roberto y sus tres hijos en un pequeño departamento lleno de ruido, risas y juguetes desordenados. Me ofrecieron una habitación por un alquiler muy bajo hasta que consiguiera un empleo estable; a cambio, debía ayudar con algunas tareas del hogar y, de vez en cuando, cuidar a los niños.
En el tren ya había contactado al abogado para que entregara los papeles del divorcio a mi esposo. Creí que ese gesto marcaría el final definitivo de mi antigua vida, pero días después llegó la respuesta: él se negaba rotundamente a firmar. A menos que iniciara un juicio largo y costoso, seguiría siendo legalmente su esposa.
La noticia me dolió más de lo que esperaba. No porque quisiera volver, sino porque incluso lejos de él seguía sintiendo que mi vida no me pertenecía del todo.
Decidí entonces trabajar con más fuerza. Conseguí dos, luego tres empleos pequeños: ayudante en una cafetería por las mañanas, asistente de limpieza algunas tardes y, los fines de semana, colaboraba en un pequeño local de flores. Estaba cansada casi todo el tiempo, pero también comenzaba a sentir algo que había olvidado: independencia.
Cada noche, al regresar a la casa, escuchaba el bullicio de los niños corriendo por el pasillo. A veces me pedían ayuda con la tarea; otras, simplemente querían que les contara historias antes de dormir.
—Vera —me preguntó un día el más pequeño, Tomás, con la seriedad de quien está resolviendo un misterio importante—, ¿por qué los adultos siempre dicen que están cansados si igual siguen haciendo cosas?
No pude evitar reír.
—Porque aunque estemos cansados, hay cosas que valen la pena.
—¿Como los postres? —preguntó su hermana mayor.
—Exactamente como los postres —respondí.
Roberto, que escuchaba desde la cocina, comentó entre risas:
—Entonces mañana valdrá mucho la pena, porque yo pienso hacer un pastel enorme.
Aquella casa no era elegante ni silenciosa, pero estaba llena de algo que nunca había tenido: calidez.
Una tarde, mientras cuidaba a los niños, la pequeña Sofía me miró fijamente y dijo:
—Cuando sonríes, ya no pareces triste.
La frase me tomó por sorpresa.
—¿Antes parecía triste?
—Sí —respondió con naturalidad—, como cuando se rompe un juguete favorito.
No supe qué decir. Solo la abracé.
Esa noche, al entrar en mi pequeña habitación, me senté en la cama y observé mis pocas pertenencias: una maleta, algunos libros y el bolso donde guardaba los documentos del divorcio. No tenía mucho, pero por primera vez en mucho tiempo sentí que algo dentro de mí comenzaba a reconstruirse lentamente.
Desde el pasillo llegó la voz de los niños discutiendo por quién apagaría la luz, seguida de la risa cansada de Luisa y el comentario paciente de Roberto intentando poner orden.
Sonreí sin darme cuenta.
Tal vez mi vida no estaba terminando.
Tal vez, simplemente, estaba empezando de nuevo.
Pero lo que no me esperaba es que duraba tan poco tiempo...