Ella... Bajo la sombra de un fantasma.

Capítulo 11 trabajando con Yena.

El trabajo con Yena comenzó casi sin que me diera cuenta.

Al principio solo asistía a sus reuniones como pianista invitada para pequeños eventos benéficos: encuentros educativos, conciertos modestos en escuelas, tardes culturales organizadas para recaudar fondos. No era un escenario grande, pero sí un espacio donde la música tenía propósito, y eso le daba un significado distinto a cada nota que tocaba.

La primera vez que ensayamos juntas, Yena se sentó a mi lado mientras ajustaba las partituras.

—No toques como si pidieras permiso —dijo con suavidad—. Toca como si estuvieras contando tu historia.

Aquella frase me desconcertó. Durante años había tocado correctamente, con disciplina, procurando no equivocarme. Nunca había pensado que el piano pudiera ser una forma de afirmación personal.

—¿Y si no gusta? —pregunté.

Yena sonrió.

—La música que nace de la autenticidad siempre encuentra a quien la escuche.

Con el paso de las semanas empecé a acompañarla también en la organización de los eventos. Descubrí que su trabajo no consistía solo en donar dinero, como muchos creían, sino en crear oportunidades reales: becas, talleres, espacios de formación para jóvenes que jamás habrían imaginado participar en un acto cultural.

—La filantropía no es caridad —me explicó una tarde mientras revisábamos invitaciones—. Es abrir puertas que alguien cerró antes.

Trabajar con ella comenzó a cambiar mi rutina y también mi manera de verme. Ya no salía de casa únicamente como esposa; salía como alguien que tenía un rol propio, una responsabilidad que dependía de mí.

Al principio, Clara observaba mis salidas con evidente desaprobación.

—La señora de esta casa nunca necesitó trabajar —comentó una mañana sin poder contenerlo más.

—Yo sí lo necesito —respondí con calma—. No por dinero, sino por identidad.

No discutió, pero su silencio confirmó que el cambio seguía incomodando.

Una tarde, después de un ensayo especialmente largo, Yena me invitó a quedarme conversando.

—El próximo evento será diferente —me dijo—. Se hará en mi casa, no quiero que solo toques el piano, quiero que participes en la presentación principal.

La miré sorprendida.

—No creo estar preparada para algo así.

—No se trata de estar preparada —respondió—. Se trata de aceptar el lugar que ya estás empezando a ocupar.

Me entregó un pequeño programa preliminar del evento: una gala educativa donde se reunirían empresarios, profesores y autoridades locales para financiar nuevas becas. Era el tipo de reunión al que antes jamás habría imaginado asistir como participante activa. Era una mansión dedicada a todas las organizaciones que había ayudado a crecer.

Sentí miedo. Pero también una emoción que hacía tiempo no experimentaba.

En casa, el cambio comenzó a notarse.

—Parece que ese trabajo te hace bien —dijo mi marido una noche mientras cenábamos.

—Me hace sentir útil.

—Siempre lo fuiste.

Negué suavemente con la cabeza.

—No es lo mismo sentirlo que escucharlo.

No discutimos. En lugar de eso, me preguntó detalles del evento, por primera vez mostrando interés genuino en algo que no giraba alrededor de la casa. Aquella conversación, simple en apariencia, marcó un pequeño avance silencioso entre nosotros.

Los días previos a la gala estuvieron llenos de ensayos, reuniones y decisiones inesperadas. Yena no solo revisaba la música; también me enseñaba detalles de presencia y comunicación que jamás había considerado.

—Cuando entres a un salón —decía—, no pienses si perteneces o no. Piensa qué puedes aportar.

Poco a poco comprendí que su enseñanza iba mucho más allá del estilo o la imagen. Me estaba enseñando a ocupar espacio sin pedir disculpas por ello.

Una tarde, al terminar el ensayo general, me observó con atención.

—Hace unas semanas tocabas con cuidado —dijo—. Hoy tocaste con intención. Esa es la diferencia entre sobrevivir y vivir.

Sus palabras me acompañaron todo el camino de regreso a casa.
Esa noche, mientras guardaba las partituras, comprendí algo que hasta entonces no había podido nombrar: la amistad con Yena no era casualidad. Había llegado justo en el momento en que yo necesitaba construir una versión de mí misma que no dependiera de la comparación con nadie, ni siquiera dentro de mi propio matrimonio.

Sentía que estaba empezando, lentamente, a convertirme en quien realmente quería ser.




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