Ella... Bajo la sombra de un fantasma.

Capítulo 12 Ecos en la casa.

La noche de la gala llegó más rápido de lo que esperaba.
Pasé gran parte de la tarde preparándome con una mezcla extraña de emoción y nerviosismo. El vestido era sencillo, elegante; uno de los pocos que había comprado con mi propio dinero desde que empecé a trabajar con Yena.
Cuando bajé las escaleras, lo encontré esperándome en el recibidor.
Me observó en silencio unos segundos.

—Te ves… diferente —dijo finalmente.

No supe si lo decía como elogio o como sorpresa.

—¿Es algo malo?

Negó con la cabeza.

—No. Creo que simplemente… estás encantadora.

Aquella respuesta me hizo sonrojarme.
El trayecto hasta la casa de Yena transcurrió en una calma poco habitual entre nosotros. No hubo reproches ni silencios incómodos, solo una conversación tranquila sobre el evento.
Cuando llegamos, la casa estaba iluminada con una calidez especial. Era una mansión amplia, pero la forma en que las luces y la música llenaban los espacios hacía que todo pareciera cercano. Personas conversaban en pequeños grupos mientras el sonido suave del piano flotaba en el salón principal.
Yena se acercó apenas nos vio. Ella había insistido en invitar a mi marido, pues quería conocerlo en persona.

—Sabía que vendrías —dijo con una sonrisa antes de mirarlo—. Estoy muy emocionada de conocerte. Espero que disfrutes la velada.

Él estrechó su mano con cortesía.

—Gracias por invitarme. Ha sido una agradable sorpresa. Creo que este lugar hace mucho bien.

Sus palabras me sorprendieron más que a nadie.
La noche transcurrió mejor de lo que había imaginado. Toqué dos piezas al piano, ayudé a presentar el proyecto de becas y, por primera vez, sentí que mi voz tenía peso propio en una sala llena de desconocidos.
En varios momentos descubrí a mi marido observándome desde la distancia.
Con algo parecido al orgullo.
Al regresar a casa, el silencio del camino fue distinto al de otras noches.
Era un silencio cómodo.
Cuando entramos en la casa, él se detuvo un momento antes de subir las escaleras.

—Estuviste increíble esta noche —dijo.
La sinceridad de su voz me tomó desprevenida.

—Gracias por venir conmigo.

—Creo que… debería haberlo hecho antes.

Aquella confesión quedó suspendida entre nosotros.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, nos permitimos acercarnos sin la tensión que había marcado tantos días. No fue una noche perfecta ni extraordinaria, pero sí sincera. Entre besos y caricias, parecía que ambos intentábamos, con cierta torpeza, reconstruir algo que habíamos perdido hacía mucho tiempo.
Cuando desperté a la mañana siguiente, él ya se había marchado al trabajo.
La casa estaba silenciosa.
Bajé a la cocina y encontré a Clara preparando el desayuno.

—Buenos días, señora —dijo con su habitual formalidad.

Pero había algo distinto en su mirada. Algo inquisitivo.

—Parece que la gala fue un éxito.

—Lo fue.

—El señor llegó de muy buen humor.

No respondí.
Clara dejó el plato del desayuno frente a mí.

—La casa ha cambiado mucho últimamente.

—Las cosas cambian —respondí con suavidad.

Ella levantó la vista mientras se giraba para secar los platos ya lavados.

—La señora Irene también creía en los cambios.

Su nombre cayó en la habitación como una sombra.
Guardé silencio.

—El señor estaba profundamente enamorado de ella —continuó Clara—. Mucho más de lo que la gente imaginaba.

No sabía si aquello era una advertencia o una nostalgia mal disimulada.

—Debe haber sido una gran mujer —respondí finalmente.

Clara inclinó ligeramente la cabeza.

—Su habitación sigue exactamente igual que el día que se fue.

La miré.

—No creo que deba entrar allí.

—Tal vez debería —replicó con calma—. Vería cuánto se amaban.
Sus palabras me provocaron una incomodidad inmediata.

—No necesito verlo.

—A veces es bueno conocer la historia completa de una casa.

Negué suavemente.

—Prefiero construir la mía.

Clara no insistió más.

Pero antes de irse añadió:

—Las puertas que permanecen cerradas demasiado tiempo suelen guardar verdades difíciles… tal vez por eso sea mejor que no entre.

Cuando salió de la habitación, el silencio regresó.
Subí las escaleras lentamente.
Sabía exactamente dónde estaba la puerta de la habitación de Irene. Siempre lo había sabido. Durante años había pasado frente a ella sin detenerme.
Esta vez me detuve.
La puerta permanecía cerrada.
Mi mano casi se levantó para tocar el picaporte.
Pero la bajé.
No necesitaba entrar para saber que aquella presencia seguía viva en la casa.
Me alejé unos pasos.
Sin embargo, antes de regresar a mi habitación, recordé algo que había visto tiempo atrás.
Un pequeño cuaderno.
El diario que Irene había escrito durante años.
Lo había encontrado por casualidad en una caja olvidada y nunca supe qué hacer con él.
Fue entonces cuando lo tuve claro: debía devolvérselo a su dueña.
Entré en mi dormitorio y lo saqué del bolso de viaje.
Lo sostuve unos segundos entre mis manos, con la tentación de romperlo en pedazos.
Pero no lo hice.
Caminé hasta la puerta cerrada.
La abrí apenas lo suficiente para dejar el diario sobre el escritorio que se veía desde la entrada.
No entré.
Cerré la puerta con suavidad.
Mientras regresaba por el pasillo, comprendí algo con claridad.
Irene seguía viva en los recuerdos de esta casa.
Pero no en los míos.
Y quizá había llegado el momento de que cada una tomara el lugar que le correspondía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.