La mañana siguiente al regreso de la gala sentí una extraña mezcla de calma y cansancio. Como si todo lo ocurrido la noche anterior aún siguiera acomodándose dentro de mí.
Llegué a la casa de Yena un poco antes de la hora habitual de ensayo.
El gran salón estaba casi vacío. Solo el piano ocupaba el centro de la habitación, iluminado por la luz suave que entraba desde las ventanas altas.
Yena estaba revisando algunos papeles cuando levantó la vista y me vio entrar.
—Justo a tiempo —dijo sonriendo—. Pensé que hoy necesitarías dormir hasta el mediodía.
—Lo pensé —respondí mientras dejaba mi abrigo en la silla—. Pero el piano no suele esperar.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso es lo que más me gusta de ti. Cuando decides hacer algo, lo haces de verdad.
Me senté frente al piano y comencé a tocar una de las piezas que habíamos preparado para el próximo evento. Mis dedos avanzaban con más seguridad que semanas atrás, aunque mi mente parecía estar en otra parte.
Yena lo notó enseguida.
—Algo te distrae —dijo mientras se apoyaba contra el borde del piano.
—¿Se nota tanto?
—Solo un poco.
Terminé la pieza antes de responder.
—La gala salió mejor de lo que imaginaba.
—Fue un éxito —afirmó ella—. Todos hablaban de la pianista que parecía tocar como si estuviera contando su propia historia.
Sonreí levemente.
—Mi marido se la paso muy bien...
Las cejas de Yena se alzaron con interés.
—Eso sí que es una buena señal.
—Lo fue.
Le conté brevemente cómo había sido la noche, cómo él había permanecido atento, incluso orgulloso en algunos momentos.
—¿Y después? —preguntó ella con curiosidad.
Dudé un instante.
—Después… estuvimos bien.
No necesité decir más. Yena entendió.
-Pero aún así estás preocupada¿no?
Asentí.
—bueno un cosejo que te puedo dar es que lo Charles con alguien con quién te sientas cómodo porque si no terminará estallando en alguna enfermedad.
Guardé silencio unos segundos antes de continuar.
—Hay alguien en mi casa que me hace sentir como que le debo algo al mundo por ser quien soy.
—valka eso suena muy duro¿ y quién es si se puede saberse?
—Clara es la más de llaves —dije—. Siempre encuentra la forma de traer el recuerdo de Irene a cada conversación.
Yena me observó con atención.
Ella se cruzó de brazos.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
Cerré suavemente la tapa del piano.
—¿Podemos salir un momento?
—¿Salir?
—Necesito tu consejo antes de volver a casa.
Yena me miró unos segundos antes de asentir.
—Vamos por un café ¿Te parece?
El coche de Yena avanzaba con suavidad por la avenida principal. La ciudad se movía a nuestro alrededor con su ritmo habitual, pero dentro del vehículo todo parecía más tranquilo.
—Ahora cuéntame la historia completa
—dijo ella mientras conducía.
Y así lo hice.
Le hablé de Clara, de sus comentarios constantes sobre Irene, de la habitación cerrada, de las comparaciones silenciosas que parecían llenar cada rincón de la casa.
También le conté lo que había hecho con el diario.
Yena no me interrumpió en ningún momento.
Cuando terminé, guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Lo que describes tiene un nombre bastante claro.
—¿Cuál?
—Manipulación emocional.
La palabra me sorprendió.
—¿Manipulación?
—Sí. Algunas personas mantienen poder dentro de una casa controlando la narrativa emocional.
—¿La narrativa?
—La historia que todos creen que es verdad.
Pensé en las palabras de Clara, en su manera de repetir constantemente el amor entre Irene y mi marido.
—Entonces… ¿lo hace a propósito?
Yena se encogió ligeramente de hombros.
—Tal vez sí. Tal vez no. Pero el efecto es el mismo.
Miró el semáforo antes de continuar.
—La psicología moderna habla mucho de algo llamado límites emocionales.
—¿Límites?
—Sí. No puedes controlar lo que Clara dice. Pero sí puedes decidir cuánto espacio ocupa en tu mente.
Apoyé la cabeza contra el asiento.
—No es tan fácil cuando vives con esa persona todos los días.
—Lo sé.
El coche se detuvo frente a una pequeña cafetería.
Antes de bajar, Yena me miró con una expresión muy seria.
—Voy a darte tres consejos.
—Te escucho.
—Primero: no discutas con ella sobre Irene. Eso solo alimenta el juego.
Asentí lentamente.
—Segundo: cuando mencione el pasado, responde con algo breve y neutral. Sin emoción.
—¿Como qué?
—Algo como “Eso fue en otro tiempo” o “Ahora las cosas son diferentes”.
Parecía simple.
—¿Y el tercero?
Yena sonrió levemente.
—Empieza a actuar como la dueña de tu propia historia dentro de esa casa.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que no estás allí para reemplazar a Irene.
Hizo una pausa.
—Estás allí para ser tú.
Sus palabras quedaron flotando entre nosotras mientras bajábamos del coche.
Por primera vez en días, sentí que tal vez tenía una forma de enfrentar aquella sombra sin dejar que definiera mi vida.
Tal vez Clara podía seguir hablando del pasado.
Pero el futuro… todavía estaba abierto.
Y yo empezaba a aprender cómo ocupar mi lugar dentro de él.