Ella Es Mi Promesa

Capítulo 1-1

En el cálido verano de 2013, mi corazón quedó prendado de una mujer de hechizantes cabellos morenos. Al observar el destello en sus ojos cafés, percibí una chispa que emanaba desde lo más profundo de su ser, y en ese fugaz instante, comprendí la singularidad y la magia que la envolvían. No fue mi primer amor, ni mi primera pareja, ni mi primer beso, pero ella logró cautivarme de manera única.

Antes de sumergirme en la profundidad de sus ojos, todo comenzó con un gélido:

—Hola. —Un mensaje que resonó frío en el chat.

A lo largo de conversaciones esporádicas, floreció una amistad. A pesar de vivir en el mismo pueblo, decidimos mantenernos en la misteriosa esfera de la amistad virtual. Sus fotos se revelaban entre nuestras palabras, mientras en mi mente resonaba la duda:

—Esa mujer jamás se fijaría en mí. —

Mis inseguridades persistían; ella era deslumbrante, con varios años de ventaja y una vida más experimentada. Mi falta de confianza no permitía que mi imaginación la considerara interesada en un simple mortal como yo. Cada duda alejaba mi mente del presente, conformándome con largas charlas de temas triviales y gestos amigables por escrito. Aunque valoraba su amistad, no lograba visualizarla como la mujer que podía ser.

Un día, el teléfono sonó con un:

—Buenos días, dormilón. —Siempre encontraba la manera de llenar mi día con su primer mensaje.

Cada vez que su nombre iluminaba la pantalla de mi teléfono, mi corazón danzaba de alegría.

—Buenos días, mi negrola. —Era una confianza construida a través del tiempo de conversación.

Cada día nos regalaba un nuevo mensaje de buenos días, acompañado de conversaciones que parecían interminables. Entre idas y venidas de mensajes, la frecuencia de nuestras palabras creaba la ilusión de que no teníamos vida fuera de aquella burbuja digital. Sin embargo, un día todo cambió. Al leer en la pantalla de mi teléfono:

—¿Quieres ir al cine conmigo? —

Pasaron minutos leyendo sin pausa, un tiempo que se tornó eterno mientras mi mente procesaba el mensaje. Jamás imaginé que llegaría el día en que ella me invitara. Mi respuesta se limitó a un emocionado:

—SÍ... —

Con una sonrisa marcada y el corazón latiendo con fuerza, envié el mensaje. Ella dictó la hora y el lugar, optando por otro pueblo, lejos de las miradas curiosas. No me importó, acepté con ansias, y ese día se extendió como un largo y emocionante episodio. Fue aquel mensaje el que transformó mi vida, el momento que nunca creí posible, elevándome de ser simplemente un amigo de texto a conocerla en persona y sentir la vibrante realidad de su presencia.

La emoción flotaba en el aire mientras me preparaba para la cita. El verano se entrelazaba con cada hilo de mi ropa, cuidadosamente seleccionada para la ocasión. Opté por unos jeans azules casuales que se ajustaban al tono relajado del encuentro, combinándolos con una camisa blanca que resaltaba la frescura estival. Meticulosamente, me ajusté el cinturón, buscando encontrar la armonía perfecta entre comodidad y estilo.

Mientras me alistaba, el eco de música emotiva y alegre llenaba la habitación. Permití que las notas vibrantes me envolvieran, creando una banda sonora que resonaba con las emociones que se agolpaban en mi pecho. Los acordes de la melodía acompañaban mis movimientos, añadiendo una cadencia alegre a la atmósfera cargada de expectativas.

Frente al espejo, contemplé mi reflejo con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo. Cuidé de cada mechón de cabello con esmero, buscando que cada uno contribuyera a esa imagen relajada pero cuidada. Un suave toque de colonia, elegido con atención, completaba mi preparación. La fragancia, sutil pero envolvente, se convertía en la firma invisible que dejaba a su paso.

En mi mente resonaban las palabras del mensaje que alteró el curso de las cosas: "¿Quieres ir al cine conmigo?" La emoción se intensificaba a medida que me vestía, y las canciones de fondo se mezclaban con mis propios latidos, creando una sinfonía interna de anticipación.

Finalmente, listo y con una sonrisa expectante en el rostro, tomé las llaves y salí de mi refugio. El sol del atardecer pintaba el cielo con tonos cálidos, acompañándome en el camino hacia ese otro pueblo donde la cita aguardaba. Cada paso resonaba con la melodía que seguía danzando en mi mente, transformando el trayecto en una experiencia emocional.

Era un encuentro no solo con ella, sino también con la posibilidad de un nuevo capítulo. Con el eco de la música aún vibrando en mi ser, me dirigí hacia la cita que prometía ser mucho más que una simple velada. Era el inicio de algo especial, y yo estaba listo para sumergirme en la magia de ese instante único.




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