Embarazada del hombre al que mi esposo me entregó

Capítulo 1. La otra mujer está embarazada

Capítulo 1. La otra mujer está embarazada

La primera vez que Adrián olvidó nuestro aniversario, lloré.

La segunda, me convencí de que estaba demasiado ocupado.

La tercera, preparé su cena favorita, me puse el vestido que llevaba el día que me pidió matrimonio y esperé durante dos horas a que regresara a casa.

A las diez y cuarto de la noche, las velas estaban consumidas hasta la mitad y el solomillo se había quedado frío.

Miré el móvil por decimocuarta vez.

Lucía: ¿Te queda mucho? Te estoy esperando.

El mensaje seguía sin leer.

Suspiré y dejé el teléfono sobre la mesa.

Había pasado toda la tarde preparando aquella cena. Compré una botella del vino que bebimos durante nuestra luna de miel, encargué una tarta pequeña en la pastelería donde habíamos celebrado nuestro compromiso y hasta fui a la peluquería.

Me sentía ridícula por haberme esforzado tanto.

Sin embargo, una parte de mí seguía esperando que Adrián entrara por la puerta con un ramo de flores, me besara y me dijera que lo sentía.

Antes hacía esas cosas.

Durante nuestro primer año de matrimonio, todavía me abrazaba por detrás mientras cocinaba. A veces me despertaba con besos en el cuello. Me llamaba a media tarde solamente para decirme que me echaba de menos.

No sabía cuándo había dejado de hacerlo.

O quizá sí.

Todo empezó después de nuestra primera visita a la clínica de fertilidad.

—No podemos garantizar que consigas quedarte embarazada —nos explicó el médico.

No dijo que fuera imposible. Ni siquiera que debiéramos renunciar a intentarlo.

Pero Adrián solo escuchó una cosa.

Puede que nunca tengamos hijos.

Desde entonces, comenzó a mirarme de otra manera.

Primero desaparecieron las caricias. Después, los besos. Finalmente, incluso hacer el amor se convirtió en una obligación desagradable que cumplía de vez en cuando, generalmente después de calcular mis días fértiles.

La última vez había sido hacía casi tres meses.

Me acordaba perfectamente porque, al terminar, se levantó de la cama sin besarme.

—Espero que esta vez haya servido para algo —murmuró antes de entrar en el baño.

Aquella noche lloré en silencio.

Y al día siguiente volví a sonreírle.

Porque lo quería.

Porque todavía creía que, si me esforzaba lo suficiente, conseguiríamos recuperar lo que habíamos tenido.

El sonido de un coche entrando en el garaje me arrancó de mis pensamientos.

Miré el reloj.

Las diez y veintisiete.

Me levanté rápidamente y me alisé el vestido.

Era negro, ajustado y tenía un escote que hacía años que no me atrevía a llevar. Lo había comprado especialmente para aquella noche. Adrián siempre decía que el negro me sentaba bien.

Me acerqué al espejo del recibidor.

El maquillaje seguía perfecto, aunque el pintalabios había perdido algo de intensidad.

Me lo retoqué con los dedos.

No le reproches que llegue tarde, me dije. No empieces una discusión. Hoy no.

Escuché abrirse la puerta principal.

—¡Cariño!

Me volví con una sonrisa.

—Pensaba que no ibas a...

Las palabras murieron en mi garganta.

Adrián no estaba solo.

A su lado, sujetándolo del brazo con una familiaridad que me revolvió el estómago, había una mujer rubia con un abrigo beige y un bolso de diseñador.

La reconocí inmediatamente.

Verónica Salvatierra.

Su exnovia.

La mujer cuyo nombre había escuchado demasiadas veces durante nuestro matrimonio.

—Hola, Lucía —saludó ella.

Sonrió.

No parecía avergonzada.

Ni incómoda.

Ni siquiera sorprendida de encontrarme allí, vestida para una cena romántica, con dos copas de vino esperando sobre la mesa.

Adrián cerró la puerta detrás de ambos.

—Tenemos que hablar.

Miré a mi marido.

Después a Verónica.

Y otra vez a mi marido.

—¿Qué hace ella aquí?

—Lucía, por favor. No empieces.

La sonrisa desapareció de mis labios.

—Solo te he preguntado qué hace aquí.

Verónica se quitó el abrigo lentamente.

Debajo llevaba un vestido de punto color crema.

Y entonces lo vi.

Una curva pequeña, pero inconfundible, bajo la tela.

Me quedé mirando su vientre.

No podía ser.

Sentí un escalofrío.

—Adrián...

Él siguió la dirección de mis ojos.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Después, Verónica apoyó una mano sobre su barriga.

Un gesto casi teatral.

—Estoy embarazada —anunció.

Me agarré al respaldo de una silla.

—Enhorabuena —conseguí decir.

No sabía por qué la felicitaba.

Tal vez porque todavía no entendía qué relación podía tener conmigo su embarazo.

Tal vez porque necesitaba desesperadamente que no significara lo que empezaba a sospechar.

Verónica intercambió una mirada con Adrián.

Él se pasó una mano por el pelo.

Conocía aquel gesto.

Lo hacía siempre que tenía que darme una noticia desagradable y esperaba que yo se la pusiera fácil.

—Lucía, siéntate.

—No.

—No seas cabezota.

—He dicho que no.

Mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.

Verónica suspiró.

—Adrián, quizá deberíamos haber esperado a mañana.

—No —respondió él—. Cuanto antes lo sepa, mejor.

Lo sepa.

Miré a mi marido.

—¿Qué tengo que saber?

Adrián se acercó a la mesa.

Se detuvo al ver las velas encendidas, los platos preparados y la botella de vino.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Esperabas invitados?

Lo miré sin comprender.

—Es nuestro aniversario.

Por primera vez desde que había entrado, pareció desconcertado.

—Ah.

Una sola sílaba.

Tres años de matrimonio resumidos en una sola sílaba.

—Lo había olvidado —admitió.

Tragué saliva.

—Ya lo veo.

—Lucía, no es momento de ponerte sentimental por una fecha.

Algo se rompió dentro de mí.



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En el texto hay: celos, drama, embarazo

Editado: 08.11.2026

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