Embarazo Millonario 3

8. LA REINA

—¡Tuuu, tuuu y puuummmm!

Christine acaba de invocar la figura de un cochecito destrozando la ventana de su casita de muñecas, metiéndose dentro y atropellando a sus juguetes.

Trago grueso mientras lo observo, mirando instintivamente la ventana blindada, sin estar del todo segura de que estemos a salvo, aún siendo este el cuarto de juegos. Pero si averiguaron dónde dormía mi hija en la casa, seguramente que también sabrán dónde juega; espero que no.

El asunto es que tenía una nota pegada en el ladrillo que hemos enviado a investigar porque tenía un dibujo de una equis y algo parecido a un martillo de tres puntas.

—Cariño, no...—murmuro.

En eso, Jesed entra en el cuarto, siendo ya en la noche el único momento que tenemos libre como para jugar con nuestra hija.

—¿Qué hacen en este lugar las mujeres más bellas del mundo entero?

Él se arroja para sentarse junto a nuestra nena e intenta acurrucarla a besos, sin embargo, se aparta y queda de piedra al ver el auto metido en la casa de muñecas, arriba de sus juguetes.

Automáticamente me dirige una mirada de alerta.

De mi parte, solo asiento.

—¿Los coches no van fuera de casa?

Pregunta Jesed, a lo que ella le contesta sacudiendo la parte de la ventana por donde el auto no pudo entrar, pero ella de todos modos lo metió ahí.

—Oh, ya, claro, tú juega tranquila—afirma Jesed.

Suspiro y le pregunto:

—¿No crees que sería conveniente un terapeuta? Se vendrán situaciones complejas para Christine.

—Sabemos el riesgo que implicaría un terapeuta para nosotros, sería ponerle en riesgo también y colocar nuestra vida privada en manos de un completo desconocido. No podemos, no ahora.

—No quiero relegar su bienestar…

—La estamos cuidando. Que de ello no quepa duda.

Él se acerca a mí y reposa un dulce beso sobre mis labios, de esos que me llenan de vida cuando parece todo ir mal.

Christine se arrastra y cierra sus bracitos alrededor de Jesed, reclamándolo. Él suelta una risita cuando se aparta, acomodándose los botones desprendidos de la camisa para poderla abrazar bien.

—Hay Jesed para ambas—dice él, riendo.

—Papi—dice ella cerrándose en un abrazo.

Él también la sujeta, mientras busca algo en el bolsillo de su pantalón y lo deja sobre el suelo, enseñándomelo.

El corazón se me viene a la garganta al verlo.

Es la nota de amenaza con la que el ladrillo rompió la ventana del cuarto de nuestra hija, una vez más en casa esa cosa.

—¿Qué? Aleja eso de mí.

—Ya sabemos qué significa.

Trago grueso y le pregunto:

—¿Cómo lo averiguaste?

—Lo investigaron algunos contactos que me quedaron de cuando ocupaba el cargo de fiscal de distrito.

—Oh. ¿Entonces? ¿Qué es?

—Es una señal mafiosa clásica para determinar que has sido marcado. Por lo general, va directamente dirigida a quien la recibe… Por lo general se envía cuando hay pactos que no se cumplen y, el asunto cambia, cuando el pacto se cumple. La persona recibe una flor blanca en gesto de paz.

—¿Qué?

Me siento tiritando.

Mis manos rápidamente se acomodan tratando de sobarle la espaldita a nuestra nena quien parece entender poco, pero disfrutando de tener a sus padres cerca, como en todo el día no ha podido ser debido a que las cosas son más jodidas de lo que pensábamos.

—Pero...—farfullo—. No puede ser. Esos canallas… Ella es muy pequeña, ¿la recibió por error? ¿Quizás iba dirigido a nosotros? ¡Es imposible que envíen una señal de amenaza a Christine, demonios!

Hay angustia en el tono de voz de Jesed cuando también me abraza con uno de sus brazos libres y me promete:

—Nadie le hará nada… Absolutamente nada… Te prometo que estará bien. Todos estaremos bien, ¿okay?

—Mami…

Dice ella y con una de sus manos me seca las lágrimas que me caen rodando por mi rostro, presa de una angustia brutal que jamás creí que sería capaz de sentir.

Santo cielo, ¿qué clase de madre soy?

—Jesed—le digo, acariciando la manita de Christine—. Si esto será así, no quiero seguir, no puedo…

—Es tarde. Estamos metidos en esto y ya, por mucho que intentemos huir, no habrá manera de pararlo. Y sabemos que la gente que ocupa lugares de poder es vilmente odiada por mucha más gente de la que la ama, aunque estos sean muchos. Quizá solo sea un estilo de vida al que aún no estamos acostumbrados y quizá, será necesidad el tener que incorporarlo como parte nuestra… Y habrá que saber cómo vivir. Pero no podemos dar marcha atrás, eso no les detendrá, solo saldremos del ojo público, con lo cual nadie se enterará luego si nos pasa algo o pasaremos rápidamente al olvido.

—No...—farfullo.

—Lo siento, Genesis.

—Si hay gente que nos ama, es la que está en mis redes sociales gracias al espacio donde pude comenzar a…

—No.

—¿Por qué? Ahí fue donde más de una vez tuve oportunidad de pronunciarme, denunciar injusticias y salir viva.

—Lo siento—insiste él—, pero me temo que no será una posibilidad el hacer público esto. Si se metieron a nuestra casa, al cuarto de nuestra hija con un ladrillazo, es muy probable que tengan estipulados planes mucho más crueles y terribles que esto.

—¿Entonces qué demonios haremos?

—Hay que hablar con Judith. Ella acostumbra seguramente a lidiar con situaciones o amenazas similares a esta.

Intento creer en eso como una posibilidad que nos deje tranquilos, que nos permita ser una familia feliz, pero nada me da las certezas de que eso pueda entrar como parte de las posibilidades.

Primero porque ella misma nos ocultó el pasado de Netsaj, no los galardones familiares sino los aspectos que les convierten en personas peligrosas.

Su padre, Emmet, es un verdadero peligro con un pasado criminal y aún así involucrado en asuntos políticos.




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