En busca de Libertad

Capítulo 12: Reflexionar

Libertad se quedó sola en la sala de espera, viendo cómo desaparecían detrás de las puertas de la emergencia pediátrica. Tras dejar los documentos de ingreso firmados, se dejó caer en uno de los asientos plásticos, sintiendo un torbellino de emociones agolpándose en su pecho hasta cortarle la respiración.

Intentó ordenar su mente, pero las últimas horas la habían desbordado por completo. Su corazón latía con una violencia inusitada, atrapada en una encrucijada entre la furia del engaño descubierto, la compasión inevitable por la inocencia de aquella niña y la vieja herida de Buenos Aires que volvía a abrirse de par en par, sangrando de nuevo.

Había salido dispuesta a humillarlo, a saborear una revancha largamente esperada, y ahora se encontraba financiando la emergencia médica de la hija de su peor verdugo.

Trató de reconstruir la imagen que había visto en el departamento de doña Patty. La fragilidad de la niña era real, pero el cambio en Maximiliano era lo que más la perturbaba. Ya no quedaba nada de aquel hombre soberbio e inaccesible que había conocido años atrás. Su semblante evidenciaba una quiebra absoluta, el desmoronamiento de alguien que parecía haber llegado al borde del precipicio después de un día devastador.

Recordó la forma en que acariciaba a Dana, la manera en que intentaba consolarla mientras su propia desesperación parecía consumirlo por dentro.

El destino le estaba mostrando a un hombre completamente distinto; uno que la obligaba a odiarlo por el pasado, pero a compadecerlo por el presente.

Pero las preguntas comenzaron a desfilar por su mente:

«¿Y si tal vez él había cambiado?

Tal vez las circunstancias lo habían obligado a convertirse en alguien diferente»

Pero entonces, una oleada de enojo volvió a atravesarla.

¿Por qué tenía que enterarse así, después de tanto tiempo?

Era como si el universo quisiera burlarse de ella, presentándole las respuestas a todas sus dudas de la manera más dolorosa posible.

Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de mantener la calma. No importaba cuán diferente se viera ahora; nada podía borrar lo que él le había hecho sentir, ni la forma en que la había dejado hundida en su tristeza.

Dentro del box de urgencias, Maximiliano observaba con el corazón en un hilo cómo el equipo médico rodeaba la camilla de Dana. Le colocaron compresas frías para controlar la hipertermia, le tomaron muestras de sangre y una enfermera canalizó con destreza una vía venosa en su pequeño brazo para conectarla a un suero de hidratación. El pitido rítmico de los monitores llenaba el espacio, un sonido constante que le recordaba lo cerca que habían estado de una tragedia mayor.

Quiso acercarse para sostenerle la mano a su hija, pero el pediatra de turno le pidió amablemente que guardara una distancia prudente para permitir que el personal trabajara.

Se quedó quieto, aunque tenía los hombros rígidos y la respiración entrecortada.

La costilla fisurada le provocaba un dolor sordo que se intensificaba cada vez que respiraba demasiado profundo, y llevaba tantas horas sin comer que sentía el estómago vacío y retorcido. Los analgésicos que había tomado durante el viaje apenas habían conseguido mantener el dolor bajo control.

Su ropa estaba sucia y arrugada después de días de viaje. Tenía manchas de tierra en las zapatillas, el cabello pegado a la frente por el sudor y la barba de varios días le endurecía todavía más el aspecto. Los hematomas habían adquirido tonalidades violáceas alrededor del ojo y sobre el pómulo, mientras el corte de la ceja mostraba todavía una pequeña costra rojiza. Se miró las manos y contempló por primera vez sus nudillos estaban lastimados y las uñas sucias.

Entrelazó los dedos de forma nerviosa y comenzó a pasear la mirada por los azulejos de la pared, intentando aferrarse a cualquier pensamiento que lo mantuviera cuerdo.

La culpa lo golpeaba sin tregua…

Inevitablemente, la imagen de Libertad regresó a su mente. La había tenido muy cerca. La había visto de reojo mientras ella socorría a su hija con la misma noble determinación que lo había cautivado desde el primer día, pero no había tenido el valor de sostenerle la mirada.

Se transportó a aquella tarde soleada en Buenos Aires, cuando Libertad llegó por sorpresa y le tendió el alma entera en medio de las ruinas de su quiebra económica.

Y él la había rechazado. Por orgullo, por miedo y por esa necesidad absurda de convencerla y convencerse de que podía cargar solo con su propia miseria.

Ahora comprendía la crueldad de aquella decisión. Sabía perfectamente que le debía una explicación importante. Más que eso, le debía una disculpa de rodillas. Sin embargo, las palabras le parecían un recurso patético e inútil dadas las circunstancias.

Se había aferrado egoístamente a la última esperanza de que ella pudiera rescatarlos, abusando de la bondad que recordaba de sus llamadas, pero en el fondo sabía que no tenía el más mínimo derecho a exigirle nada.

«Soy un cobarde... un tremendo cobarde», se recriminó en silencio.

Pero, si la vida le estaba otorgando una inesperada oportunidad para salvar a Dana a través de Libertad, tal vez podía enmendar las cosas. Aunque ni siquiera estaba seguro de tener la dignidad necesaria para aceptarla.

«¿Y ahora qué se supone que le diga cuando cruce esa puerta?»

Sabía que esta vez no había espacio para las evasivas. Tendría que ser brutalmente honesto y enfrentar las consecuencias legales y personales de sus actos.

Pero un terror todavía más profundo le congeló los pensamientos.

¿Qué pasaría si Libertad, después de la emergencia médica, decidía llamar a la policía y echarlo de su vida definitivamente?

Maximiliano cerró los ojos con fuerza, no quería pensar en el rechazo. Tampoco en la pavorosa posibilidad de verse solo con Dana otra vez, en las calles de un país ajeno y hostil. No podía permitírselo, tenía que aferrarse con las uñas a lo único que lo había guiado hasta allí: la desesperada esperanza de que, por una última vez en la vida, la compasión de Libertad fuera más grande que su legítimo odio.




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