Libertad lo observó unos segundos antes de formular la pregunta que llevaba horas atormentándola.
—¿Dana es tu hija?
La pregunta salió de entre sus labios en una exhalación entrecortada, escondiendo muchas más interrogantes de las que se atrevía a manifestar por el dolor que podían provocar sus respuestas.
Maximiliano tragó saliva.
—Sí. Ella es mi hija, pero...
La conversación fue interrumpida por una enfermera que se acercó con unos formularios.
—Señor, necesitamos que complete esta documentación.
Maximiliano miró el papel con expresión desconcertada.
La enfermera señaló el mostrador de admisiones.
—Es un trámite de rutina.
Él asintió, pero antes de que pudiera moverse, Libertad extendió la mano.
—Dámelos.
La enfermera se los entregó y Libertad se dirigió al mostrador para asumir como aval.
Mientras completaba los datos, notó que en el documento no aparecía «Dana» como nombre, sino «María de Jesús Rossi».
Frunció ligeramente el ceño.
Le pareció extraño, pero imaginó que Dana podía ser un apodo y que el apellido... ya investigaría por qué no coincidía con el de Maximiliano.
Golpeó la ventanilla.
La recepcionista no soltaba su móvil, escribiendo en él con una expresión de ensimismamiento que a Libertad le resultó familiar. Por un instante, recordó que, unos años atrás, ella misma se había visto igual de ilusionada mientras intercambiaba mensajes con Maximiliano.
La joven reaccionó con una evidente mueca de frustración, procesó los datos del papel y tomó la identificación de Libertad para completar rápidamente el trámite antes de volver a sumergirse en su conversación por chat.
Al regresar a la sala de espera, se dio cuenta de que Maximiliano ya no estaba allí.
Miró la pantalla que mostraba el orden de los pacientes.
Era cerca de la medianoche.
El cansancio acumulado comenzaba a pesarle. Buscó una máquina dispensadora de café y snacks y, al encontrarla, introdujo unas monedas.
El olor del capuchino recién preparado avivó su apetito y añadió un paquete de galletas con chispas de chocolate. Cuando tomó el café, se quedó mirando por unos segundos el paquete que había comprado. Entonces pensó en él…
«¿Cuánto tiempo llevaría sin comer?»
Con un gesto decidido, compró otro café y otro paquete de galletas.
Encendió su teléfono y vio las llamadas perdidas y mensajes de Lucas, estuvo tentada a responder, pero desistió. No quería enfrentarse a los reproches y preguntas de Lucas y se tranquilizó pensando que, al fin y al cabo, esa cena a la que se había resistido a considerar asistir con su suegra no estaba destinada a suceder. Ya tendría tiempo para lidiar con eso.
Por ahora, sentía que había atravesado un vórtice hacia algún universo paralelo del que no sabía si quería salir.
Y haber escuchado nuevamente la voz grave de aquel argentino, después de tanto tiempo, hacía que reviviera sensaciones que había jurado no volver a experimentar.
Marcó el numero de doña Patty y le avisó que ya habían ingresado a la niña a urgencias.
Después se levantó y comenzó a caminar de un extremo a otro.
La sensación de estar atrapada entre la furia y la compasión la estaba desgastando.
Una parte de ella quería irse y dejar atrás todo. No volver a saber de él nunca más.
Pero cada vez que se acercaba a la puerta, la imagen de Dana aparecía en su mente.
«No es culpa de esa pequeña».
Cerró los ojos e inhaló profundamente. Sabía que, al final, no sería capaz de abandonarlos. Aunque eso significara abrir viejas heridas, aunque tuviera que enfrentarse a los fantasmas que pensaba haber enterrado.
Con un suspiro, se giró hacia la puerta por la que había entrado Maximiliano.
No sabía qué iba a pasar después de ese momento, pero tenía claro que no podía darle la espalda.
Dana necesitaba ayuda.
Y, tal vez, solo tal vez, ella también necesitaba encontrar en las respuestas de Maximiliano algo de paz en aquel caos de emociones.
Justo entonces escuchó su voz.
—Lib...
Levantó la mirada y se encontró con sus ojos clavados en ella.
Volvió a sentir aquel extraño nerviosismo que solo él conseguía provocarle. Disimuló tosiendo antes de acercarse y extenderle el café y las galletas.
—Toma. No es una cena navideña, pero servirá para apaciguar el hambre. Si quieres algo más, solo dime.
Maximiliano miró lo que llevaba en las manos.
Durante un segundo pareció no saber qué decir.
—Gracias, Lib.
El diminutivo de su nombre le produjo un pequeño estremecimiento.
Solo él le decía así. Y todavía le gustaba cómo sonaba pronunciado con su acento.
Maximiliano bajó la mirada hacia el café.
—Perdón por toda esta molestia... Tal vez deberías estar compartiendo una rica comida y abriendo regalos en este momento, y no aquí, conmigo.
Libertad sonrió apenas. Decidió no tocar el tema de lo que había dejado atrás por su inesperada aparición.
Maximiliano tampoco se atrevió a preguntar si había alguien esperándola.
El silencio fue breve.
Él abrió el paquete de galletas y comenzó a comer con una rapidez que no pudo disimular. Bebió el café casi con desesperación, como si recién entonces su cuerpo recordara que llevaba horas reclamándole alimento.
Libertad lo observó en silencio. No comentó nada, pero aquella forma de devorar la comida confirmó una sospecha que ya había tenido.
Maximiliano no había estado cuidándose; había estado sobreviviendo.
Cuando terminó, apoyó el vaso vacío sobre el asiento y se pasó una mano por el rostro.
La conversación pendiente era inevitable. No podían seguir adelante sin abordar la verdad, y ella necesitaba una explicación para continuar con lo que fuera que el destino les deparara.
Maximiliano respiró profundamente.
El movimiento le arrancó una pequeña mueca de dolor.
Libertad lo notó.